
No es mi intención especular sobre las bondades o maldades del juego del Dominó. Lo único que esta tarde quiero realizar son unos sencillos comentarios sobre las actitudes que tienen los jugadores de Beariz cuando se enfrentan a su cotidiana partida para ver quien paga el café. Me encanta observar a los cuatro jugadores concentrarse para decidir qué ficha colocar. Algunos tardan hasta minutos para hacerlo. Otros lo hacen rápido y muy decididos. Los hay que, contrariados o sabedores de que es esa la que deben poner en juego, dan tan violento golpe con la ficha sobre la mesa que me confirman el buen material del que están elaboradas. Siempre me sorprenden aquellos jugadores que, después de pensarlo detenidamente provocan la ira de su compañero. Ahí me asalta la duda de «¿qué pensaría?

También me produce sana envidia cuando uno de ellos realiza una jugada que resulta positiva para la culminación de la misma y es capaz de razonarla con todos los detalles. Tengo mi particular frustración al no poder acceder al cerebro de mis favorecidos vecinos cuando presencio sus enconadas y a la vez relajantes partidas. Eso sí, es tan descomunal su ego que la bronca con que tratan a sus compañeros cuando pierden que, hasta temo que lleguen a las manos. Afortunadamente nunca sucede. El dominó da para mucho más, hoy me conformo con observar a mis entrañables vecinos cómo se juegan su café y, sobre todo su orgullo en su partida cotidiana.