EL CAMINANTE: DE BURGOS A SILOS.

Abandonamos Burgos y siguiendo por la Estepa Castellana, después de saludar al de Vivar, nos dirigimos a Santo Domingo de Silos. Atravesamos el pequeño valle de Tapadillo. Hace más de setenta años que visité por primera vez este pueblo castellano y no puedo decir que en el discurrir del tiempo su evolución haya sido espectacular. Tampoco lo necesita para que su nombre se escuche por doquier, basta que entre sus muros albergue el Monasterio de los Benedictinos.

Una vez dentro del Monasterio y más concretamente en el Claustro no puedo evitar que Gerardo Diego se adueñe de mi persona y me haga repetir el mejor soneto escrito por pluma humana al Señor que preside el cuidado jardín.

Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ Que acongojas el cielo con tu lanza./ Chorro que a las estrellas casi alcanza/ Devanado a sí mismo en loco empeño./ Mástil de soledad, prodigio isleño:/ Flecha de fe, saeta de esperanza./ Hoy llegó a tí, riberas de Arlanza/ Peregrina al azar, mi alma sin dueño. / Cuando te vi señero, dulce, firme,/ Qué ansiedades sentí de diluirme/ Y ascender como tú, vuelto en cristales./ Como tú, negra torre de arduos filos,/ Ejemplo de delirios verticales,/ Mudo Ciprés en el fervor de Silos.

Después de recitar por enésima vez este poema, mi prosa siente pudor y solo se atreve a decir que contempléis las fotografías de algunas de las muchas maravillas que alberga esta Abadía.

De Silos nadie se puede despedir, porque allí se queda una buena parte de uno mismo.

EL CAMINANTE: VIAJE HACIA EL ROMÁNICO EMPEZANDO POR EL GÓTICO: BURGOS.

Por diversas razones, y todas buenas, Lorena y yo viajamos a la Capital del Reino. Al contrario que en cómo lo realizamos en otras ocasiones, esta vez nos apetecía hacerlo por la Comunidad de Castilla León. Se puede imaginar lo que significa recorrer Tierra de Campos en los primeros días del mes de Junio. Mares de doradas mieses se mecen al beso de la brisa, deleitando a quienes gocen del placer de contemplarlos. Horizontes infinitos en los que la vista no encuentra obstáculos que limiten su alcance. Nuestro primer contacto, después de atravesar pueblos con sabor y color a construcciones de adobes en los que la historia se recrea y por cuyos alrededores cabalga Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador, al frente de sus mesnadas. Dan fe de todo ello los bien cuidados Castillos que aún hoy jalonan toda la tierra castellana.

La llegada a Burgos nos produjo una muy agradable impresión. Lo hicimos por la zona Noroeste. El esmerado cuido de todo lo que hallábamos a nuestro, era admirable. Tanto las zonas ajardinadas como lo concerniente al Campus Universitario reflejaban el respeto y la educación de las personas que ellos comparten la vida. Con ese placer, llegamos a la Joya incomparable de la Catedral. Como casi siempre suele acontecer en el devenir de mi existencia, la Diosa Fortuna se alió conmigo.

Admirando como estaba desde la Plaza de Santa María la fachada que da al Sur, vi pasar por delante de mí un sacerdote.

Mi ángel que nunca me abandona me decía que aquel hombre llevaba consigo algo que me interesaba. Sin preámbulos lo abordé. Un instinto de lógica prudencia, adquirido en los setenta y tantos años que la vida le regaló, se me quedó mirando. Yo me dejé observar. El resultado fue tan rápido como positivo. Por respeto a su privacidad obvio su nombre. Veinticinco años estuvo como responsable, tanto de la restauración de toda la Catedral Arquitectónica, como de las más de setecientas imágenes que conforman el conjunto iconoclasta, tanto en el exterior como en el interior del singular Monumento. Me refería con sano orgullo la ardua tarea que había desarrollado, haciendo especial mención a la limpieza de las imágenes cuya piedra era blanca procedente de la localidad burgalesa de Hontoria de la Cantera.

Los trabajos que, como relataba el Canónigo Fabriquero-Conservador fueron intensos y largos, (25 años), sumaban al natural deterioro por los ochocientos años transcurridos, el hecho de los tres diferentes estilos ya que el barroco y el renacentista se suman al gótico imperante. Seguiremos hablando de Burgos y del exquisito cuido de sus habitantes.

EL CAMINANTE: LA VIDA EN LA ALDEA.

Por razones estúpidas, producto de la ignorancia intelectual que padece nuestra querida España, escritores de la genialidad indiscutible de Don José María de Pemán, entre otros muchos, se les tiene secuestrados en el más ignominioso de los silencios. En mi libro UNO DE TANTOS, en la última página, tomo una estrofa de su delicioso poema titulado: ELOGIO A LA VIDA SENCILLA. “Ni voy de la gloria en pos/ Ni torpe ambición me afana/ Y al nacer cada mañana/ Tan solo le pido a Dios/ Casa para albergar/ Pan tierno para comer/ Un Cristo para rezar/ Y un libro para leer/. Porque el que se afana y se agita/ Nada encuentra que le llene/ Y el que menos necesita,/ Tiene más que el que más tiene”. En saliendo hoy de mi casa, con mi esposa, a recorrer los kilómetros que cada día nos comprometimos andar, hemos ido disfrutando de lo que la naturaleza regala a las gentes sencillas que le dedican unos momentos de su vida a contemplar. Además del agradecimiento natural que emana de los recovecos más íntimos del humano corazón, es indescriptible el gozo que uno siente contemplando todo lo que a continuación os muestro. Es una mínima expresión de lo que el campo de mi querido Beariz ofrece.

EL CAMINANTE: HACIENDO UN NUEVO CAMINO

Los caminos que con normalidad recorren las personas, son tan variados como la vida les ponga por delante. Sí, es cierto, si estás abierto a las perspectivas que se te brindan, tus momentos vivenciales son muchísimos. El problema es que nuestros ojos, la mayoría de las veces, se cierran a la realidad que tienen delante de sí mismo. Como es fácil comprender, dadas las limitaciones del ser humano, no se puede prever, cierto, pero no lo es menos que si ello limitara nuestras decisiones, permaneceríamos estáticos sobre nuestra propia inanición. No es complicado adivinar que mis reflexiones en estos momentos son muy subjetivas. Cierto. Pero no lo es menos que tiene muchas probabilidades de ser inherentes a la mayoría de las personas que me conceden el inmerecido honor de leerme. Vamos iniciar el camino y para ello se nos presenta la primera y más complicada situación: Hacerlo en soledad o en compañía. En el nuevo dilema, juega un papel muy importante lo que llamamos Destino. Como él es muy veleidoso te lleva por donde le place y te hace encontrarte en situaciones que ni por lo más remoto has pensado. Sin saber cómo ni por qué, te decides. Digo que el cómo y el por qué se ignora. No es así en realidad. La realidad es que la ignorancia no está en el momento de la decisión sino en lo desconocido que será el compartir el camino. No me haré más explícito, me limitaré a expresar algo de lo que sí estoy plenamente convencido: El conocimiento de dos personas no se produce nunca. Somos, como todos los seres vivos, mutantes y nada tiene que ver tu comportamiento en el segundo veintisiete como lo es en el veintiocho. Cualquier situación la hace pensar, actuar, reaccionar de modo totalmente diferente. He ahí donde entra en escena el ingrediente para la normal convivencia en el vivir de dos seres: El mutuo respeto.

EL CAMINANTE REDESCUBRE SEGOVIA.

No recuerdo cuántas veces visité Segovia. De niño como estudiante, allá por los principios de los cincuenta del siglo pasado, estuve unos días en el Colegio de los Claretianos Hijos del Corazón de María. A partir de entonces varias veces visité la Ciudad del Acueducto y fue precisamente ahora cuando de verdad empecé a conocer la bellísima ciudad de Cándido. Hoy no voy a escribir sobre la grandiosa Catedral ni sobre el Acueducto ni sobre la calidad de la gastronomía segoviana. Me quiero centrar sobre una edificación de la cual no había escuchado ningún comentario en uno u otro sentido: El Parador Nacional de Segovia. ¡Vaya belleza arquitectónica!

Tengo por norma decir que la calidad del establecimiento escogido para cualquier actividad que quieras realizar en él, se descubre en quien te da la bienvenida. En este Parador no tienes necesidad de llegar a la Recepción, los espacios que se te brindan en cuanto accedes al interior, hablan por sí solos. Ellos son un cántico al buen gusto.

Si todas las instalaciones interiores son admirables, las vistas que regalan al Caminante de toda la ciudad de Segovia y sus alrededores no le van a la zaga. Hacia donde quiera que mires te encuentras con un paisaje que te cautiva, además de todos los encantos que te brinda la monumental ciudad. No me duele mientes reconocer que para mí Segovia era El Acueducto, El Alcázar, Casa Cándido, la Nave de la Catedral y poco más. Hoy, al lado de mi Esposa Lorena, he redescubierto una nueva ciudad a la que pido disculpas por mi ignorancia al tiempo que le prometo, si Dios me lo permite, dedicarle unos días para propio gozo y justo reconocimiento.

EL CAMINANTE: UNOS BREVES MOMENTOS TOCANDO EL CIELO CON LA YEMA DE LOS DEDOS.

Así es. Ayer estuvimos mi esposa y yo, tocando el cielo con la yema de los dedos, mientras nuestros ojos se deleitaban con la incomparable obra de Mestre Mateo. Está prohibido tomar imágenes y las que circulan por las redes pueden estar sujetas a derechos de autor. No me duele no poder publicar ninguna porque se merecen todo mi respeto. De todos modos el inmenso placer de contemplar no lo puede suplir ninguna imagen impresa. Es la propia visión de las imágenes con sus expresiones que definen su estado anímico reflejo de los sentimientos que transmiten, del dolor que sufren o del placer que experimentan. Ni me atrevo a mencionar la maravillosa labor realizada por los profesionales de la restauración. Sencillamente, no hay en mí palabras capaces de reconocer el ingente, sutil y laborioso trabajo que pusieron al servicio de tan magna obra.

Salimos los dos del Recinto Celestial y nos incorporamos al no menos meritorio ámbito Catedralicio.

Todo en la Catedral Compostelana es grandioso. Estar dentro de la Casa dilecta del Hijo del Trueno es un honor que la capacidad humana es incapaz de agradecer. Siento repetirme, sin embargo tengo que reconocer mis absolutas limitaciones para no alcanzar a decir lo que mi alma piensa cuando me hallo dentro de la casa del Hijo de Zebedeo y Salomé.

Y ¡Cuál no sería mi alegría la que me tenía reservada el Primo de mi Señor Jesús cuando desde el fondo de la nave principal diviso allá, cerca del Altar Mayor dos personas!

Perdona, le digo a mi esposa, uno de aquellos dos hombres ¿No es nuestro entrañable amigo Ramiro? Para salir de dudas hasta ellos nos dirigimos y allí estaban: Ramiro y Francisco.

Un día providencial, en el decir de nuestros amigos. Con ambos profesionales de la Arquitectura estuvimos gozando de sus comentarios sobre el arte que encierra todo lo realizado por los magníficos canteros que nos legaron tan grandiosa obra. Añadir al placer que siente el alma contemplando con los ojos los mensajes que aporta al espectador todo lo que ve, los entresijos que el profesional es capaz de encontrar dentro de cada piedra que conforma el monumento, es trasladarte a la vera del profesional de la maceta y el buril y sentir las sensaciones más bellas que encierra el ser humano. Nos hicieron vibrar con sus comentarios que agradecemos de todo corazón.

Un día inolvidable en un marco irrepetible.

EL CAMINANTE: MI HERMANA CARMIÑA ES MUY PREVISORA

Mi santa madre tuvo once embarazos. De todos ellos, llegamos a sentarnos a la mesa ocho, los otros tres fueron interrupciones involuntarias. Decía ella, con su retranca gallega y regalando una sonrisa a las personas que la escucharan: “Basta que mi marido cuelgue los calzones a los pies de la cama, para que yo quede embarazada”. De esos once estados de gestación, en la actualidad solo quedamos dos, mi hermana Carmiña, la más joven de todos nosotros, y el que suscribe. En alguno de mis libros y en otros escritos, ya conté algo sobre esta hermana mía y su esposo. Solo diré, a título de pedagogía, que Vicente, su marido, era compañero mío allá por los albores de la década de los sesenta del siglo pasado. En una conversación desenfadada, Vicente, me dijo que estaba en relaciones con mi hermana. Comenzaban esas relaciones, según luego comprobé. Aquello me pareció una ofensa imperdonable. Vicente, una buena persona, pero a años luz de merecer el amor de la Princesa de mi vida.

Mi hermana del alma, a la que yo adoraba y sigo adorando. Cualquier príncipe que se presentara requiriéndola de amores, tendría que vérselas conmigo. Y aquel hombrecillo que no medía más de ciento sesenta y siete centímetros quería…Tuvo que intervenir María del Pilar, a la sazón novia mía, después sería mi esposa, que físicamente nos dejó hace dieciséis años, fue ella, digo, la que me quitó la idea de que interfiriera en la relación de Carmiña y Vicente. Me costó mucho acceder, pero María del Pilar se salió con la suya. Nos casamos los cuatro en la misma ceremonia. Llevan cerca de sesenta años casados y se dicen las mismas tonterías, idénticas frases como cuando eran novios recientes. Se adoran, son muy, pero que muy felices y yo, estúpido, bisoño engreído, intenté desbaratar aquella maravillosa unión.

Pero lo que trae a Carmiña en el día de hoy, a esta sección del Caminante, es que esta mañana me llama Victoria Eugenia, la más joven de sus hijos, para decirme que estaba con su madre en el cementerio de Guadalajara visitando el nicho que había comprado, para que ella lo conociera e incluso mandara grabar en la lápida el nombre, sin fecha claro. Mi sobrina, después de unos sensatos razonamientos, muy bien concebidos, consiguió convencerla que no le parecía nada bien colocar una lápida con esos detalles porque si venían algunas personas conocidas, alucinarían si después de leer tal letrero la vieran a ella por la calle. Que conste, y de ello doy fe, que mi hermana se encuentra en total posesión de su cordura. Solo el convencimiento de que su segmento vivencial que considera que es ya muy corto, por la edad que tiene y que la llegada del final, lo vive con absoluta naturalidad. El bueno de Vicente, no podía ser menos, asiente totalmente a los deseos de su amada. La que no lo hace es Victoria Eugenia y les ordena que sigan viviendo como lo están haciendo, que los trámites ya se harán en su momento, cuando proceda.

EL CAMINANTE: UN MOMENTO CON VICTORIA, SIN BOOM

Esta mañana he compartido unos breves minutos con Victoria. Digo breves y digo bien, porque si su amabilidad es proverbial, su sentido de la responsabilidad en el trabajo, es aún superior. No hacía falta que ella se pronunciara para hacérmelo saber, ni en sus gestos hubo en ningún momento nada que revelara indisposición para brindarme unos instantes que yo deseaba con ansias.

No soy persona que le dedique mucho tiempo a la televisión, si acaso algún programa donde se muestre el tesón y la capacidad de la persona por superarse o algún que otro reportaje sobre la fauna que habita en este planeta Tierra. Alguno de mis hijos me invitó a que viera BOOM. Le hice caso y me quedé enganchado. Fue así porque cuatro personas sencillas, DISPERSOS (así se hacían llamar en los 320 programas en los que intervinieron) pertenecían a diferentes lugares de España, de ahí su denominación, uncían su saber en pro del objetivo que ellos se habían propuesto. Comencé por gozar con su sencillez, con la actitud de normalidad que en todo momento demostraban y, sobre todo, con el agrado hablaba cada uno de ellos de sus ciudades o pueblos de procedencia. Ahí me enganchó la única fémina del grupo, Victoria. Gallega ella, para más datos, oriunda de la bellísima ciudad que besa al Océano Atlántico donde Europa acaba y la mar comienza, A Coruña. Unía, en sus expresiones, un amor especial por la terriña y un singular lazo de afectos a todo lo que significa la familia, en esta bendita tierra nuestra. Hoy Beariz se honra con la presencia de esta mujer estudiosa cuya basta cultura adquiere, bebiendo en muy diversas fuentes. Por el momento que atravesamos de la maldita pandemia, dejo aquí este comentario que, Dios mediante, será más explícito para cuando, precisamente ese Dios en el que creo, nos regale la tranquilidad de la que hoy carecemos. De todas formas, gocemos de la luminosa sonrisa de esta joven coruñesa, que en la fotografía superior se aprecia y en la que va al pie de este escrito, ni la mascarilla es capaz de ocultar, al menos a través de sus ojos.