EL CAMINANTE: ADIOS DE NUEVO

En mis tiempos, por los pagos de Tudela me dieron una lección que jamás olvidaré. Cuando me despedía de alguien, para unas horas o por cualquier otro espacio de tiempo, tenía por costumbre decir, Adiós. Las buenas gentes de aquellas tierras me corregían y me decían: ¿Te despides para siempre? Pues si así no es, no digas adiós, sino, hasta luego. De esa forma dejas el cordón umbilical intercomunicando nuestros sentimientos, nuestros recuerdos, nuestra amistad, en definitiva. El adiós, es una despedida definitiva, es el no querer saber nunca nada más de la persona de cuya compañía te separas. En este año que se va, he sufrido con los que sufrían, he compartido momentos inolvidables, y he agradecido a la vida que me permitiera seguir aquí abajo sorteando obstáculos y, aún me faltan diez horas, me regale la oportunidad de recibir al AÑO DOS MIL VEINTIUNO con una sonrisa

Respetando mis pronunciamientos en el escrito que ayer subía a este mismo espacio, hoy, sí quiero decir al año que se nos va, ADIÓS. Me encantaría envolver en ese mismo paquete a quienes tuvieron mucho que ver en que así se comportara, a los que teniendo los medios para que no hubiera sido tan cruel como lo fue, no los pusieron al servicio de quienes lo necesitaban, pero nada de eso quiero decir. Sencilla y llanamente, lo que ya hice:

Abrí la puerta de par en par, retiré todos los obstáculos que pudieran entorpecer su salida y le dije: Adiós.

EL CAMINANTE: ADIOS.

Me rindo a la evidencia de la realidad que encierra la tan manida frase: «cada día tiene su afán». Así es, y si cada día tiene su afán, ¿Qué diríamos de los afanes de todo orden que tiene un año? Este que se nos va, se lleva consigo muchas cosas. Personas que nos dejaron para siempre. Afanes que no se pudieron hacer realidad. Inquietudes que no llegaron a echar el fruto deseado. Y así podría enumerar, hasta cansar al ser más indolente. Siempre me repito y es que así lo pienso, que nuestro destino está prefijado, escrito y rubricado en el lienzo del tiempo. Nada podemos hacer en contra de ese estigma con que nacemos. Ninguna de las personas que nos abandonaron lo hicieron segundos antes o después del que tenían señalado. Entre los que perdieron un ser querido, estoy seguro que más de uno hizo la eterna pregunta: Dios de bondad ¿Tan ocupado estás que permites que esto me suceda? Todos los que creemos en Él, se la hicimos en algún momento de nuestra vida. Después, cuando la capacidad de reflexionar se asienta de nuevo en nuestra mente pensamos: Y, si no se hubiera ido, ¿Qué le depararía la vida? ¿Es un consuelo extremo? Tal vez, pero la mente humana no alcanza más allá. Es la simple opinión de una persona muy limitada que se siente infinitamente gratificada al amanecer y todos los atardeceres en el incomparable refugio de sus Cotiños. ¿La imposición de la edad? Tal vez, aunque no me lo llego a creer. Hay algo más que busco y no termino de aclarar. En esta tarde invernal, cuando la luz se va apagando y el Astro Rey, con una máscara que le tapa todo el cuerpo, pero adivino que se está echando en los brazos de la procelosa mar, reposando su cabeza en la Islas Cíes, repito lo de todos los días: Gracias Vida por regalarme un día más.

EL CAMINANTE: DIÁLOGOS EN VOZ BAJA II

Cada mañana, al amanecer, doy gracias a Dios por el magnífico regalo que me ha dado. Para mí es un premio insuperable sin parangón. Hoy, en cuanto descendí de mi habitación, lo primero que hice fue salir para dar los buenos días a Filomena, Cirila y Nicasia. Ellas son mis generosas ponedoras que, incluso estos días, me regalan un huevo cada una. Cupe se me adelantó y me obsequió un sonoro «cocarocó», su voz es tan ronca como la mía.

A pesar de la ropa que cubría mi cuerpo, pijama, gruesa bata, calcetines y zapatillas, el frío mañanero no tuvo piedad de mí y la barba se encrespó. Ahí comenzó mi charla con el mejor compañero. Previendo algo así, anoche dejé en el hogar un leño grueso. Lo hago con frecuencia. Y no fue desacertada mi precaución. Se había consumido por completo, pero observé que había algunos carboncillos que parecían apagados. Abrí el tiro, y unas tímidas lucecitas comenzaron a brillar. Les puse al lado leña seca y guardé silencio para que hablaran entre ellas. No os cuento lo que yo le dije a los pequeños carboncillos y a la leña que les arrimé, porque no es nada difícil suponer. Comencé a preparar mi desayuno, sin dejar de mirar para mis mejores amigos en esta decembrina mañana. De pronto escuché un suave, tanto como deseado, despertar sonoro de la llama que estaba esperando ser el Ave Fénix en mi lar. La sonrisa que afloró a mi rostro es indescriptible. Desayuné hablando con ella y ambos los dos nos regalamos toda clase de elogios, Yo agradeciéndole sus imágenes y caricias y ella, mi generosidad y acierto, por haberle proporcionado unos compañeros que le permitieron volver a la vida y regalarme su calor. Os lo aseguro, en esta Navidad, gozar de la venida del Hijo de Dios, es el credo que profeso, al amor de una buena lumbre, es un regalo maravilloso que Papá Noel, difícilmente podrá superar.

EL CAMINANTE: LA CARA BUENA DE LA SOLEDAD

No hace mucho escribía aquí, en mi Blog, que la maldad y la bondad absolutas no existen. Hoy en mi pequeño mundo se me presenta una prueba fehaciente de ello. Por razones que en algún momento comentaré, celebro en soledad física, aún estoy en ello, la noche en la que hace dos mil veinte años que el Hijo del Hombre vino a la tierra. Cualquiera puede decir: «Qué pena». Os aseguro que una vez más, los que me seguís ya sabéis algo sobre mi Soledad, pocas veces me encontré más acompañado. Esta Noche Buena la he celebrado en plenitud. Como cada año, desde hace sesenta y cuatro, me he vestido con mis mejores galas, he preparado mi cena, me sentado a la mesa y rodeado de todos mis seres queridos y con la presencia del Niño que esta noche nos visita, he dado cuenta de los manjares suculentos que había dispuesto para cenar. Una taza de leche a la que le añadí una cucharada de Eko, una tostada con un poco de aceite de oliva, al lado de una buena lumbre y, eso sí, un recuerdo para todos aquellos que ni eso tienen para saciar sus necesidades.

¡Qué poco hace falta para conseguir regalarle a la vida una sonrisa a cambio de todo lo que ella nos da. Sonriamos que el hacerlo enaltece el espíritu. Recibamos al Niño Dios, Dios mismo, con la mejor de nuestras sonrisas.

EL CAMINANTE: EL LADO BUENO DE LO MALO.

Alguien lo dijo: Ni el bien absoluto existe, ni el mal absoluto existe. Desde la pequeñez de mi conocimiento, admito ambas. El momento social que estamos viviendo, con todas sus ramificaciones, es peor que malo. En mi manera de entender la vida, busco entre los recovecos de la existencia, la posibilidad de que algo bueno pueda haber y sacarlo a la luz.

Estas Navidades no puedo compartirlas con mis hijos y nietos y la vida me ha hecho un regalo de valores incalculables: El amor de una mujer que llena mi casa de luz. Ella y su hijo van llenar a plenitud la ausencia de mi prole. Y no solo, por si el amor que pone en todo nuestro vivir fuera poco, con su bien hacer convierte nuestro refugio en un rincón de símbolos que consiguen que mi corazón rebose de alegría.

Desde hace quince años esta humilde casita de aldea no había gozado pequeñas cosas que engrandecen el momento que rememoran: El nacimiento del Niño Jesús. Flores, corderos, Reyes Magos, nueces, miel y pequeñas cosas que hacen reverdecer unos sentimientos y cubren de un velo de opacidad, otros.

ELCAMINANTE: UNA BUENA NUEVA.

Buenos días. Hoy me he despertado con necesidad de darte los BUENOS DÍAS y, como no quiero marearte, lo voy hacer con la imagen que recrea mi corazón todos los días de mi vida, pero en estas fechas, reverdece con más fuerza. Ahí la tienes, representada en ese pequeño Portal que preside mi casa. Tan pequeño y sencillo como lo ves. Sin embargo, es la representación del acto más grandioso que contemplan los siglos: El NACIMIENTO DE TODO UN DIOS que, dentro de unos días, cumplirá años.

EL CAMINANTE: SIENTO MUCHA PENA.

Sí, me da pena contemplar el deterioro de una sociedad que cifra su bienestar en lo que concierne al concepto material de unos momentos. Es muy curioso escuchar a personas que lamentan no compartir con sus familiares o «allegados», la palabreja tiene migas, una cena o una comida. Si observamos en nuestro entorno, estoy convencido que sin mucho esfuerzo nos encontraremos con personas que no visitan a los suyos en días meses y hasta años. Ni se acuerdan que existen. Sin embargo en estos días les entra la morriña y arden en ansias de compartir con ellos sentarse a la mesa, ya sea de noche o de día. Algunos ni terminan de comer cuando ya se están levantando para salir a otros ambientes más acordes con lo que ellos desean. El espíritu Navideño, que es lo que debería privar en estas fechas, tiene otro significado muchísimo más importante para el ser humano, sea de la creencia que fuere. Para el Cristiano no voy a ser yo quien descubra lo que representa, y para cada uno de los que profesan otros credos, lo reconocen, porque a ellos les sucede otro tanto cuando celebran un evento de idénticas características. Y ya no quiero ni mencionar el significado de las personas que nos han dejado fruto de la situación sanitaria que estamos sufriendo. A la mayoría de esas quejumbrosas gentes les importa un comino, no solo los que se fueron, sino, y eso es lo más lamentable, las que se puede llevar por delante esta maldita pandemia que nos castiga. Tampoco dedican unos segundos de su vida en pensar en todos aquellos que, por problemas de salud, carecer de lo más imprescindible, se tienen que conformar con la nada. Sabemos que los hay. Que la consciencia, la sensatez, la prudencia y sobre todo el respeto a los demás, se convierta en la razón de ser de todos nuestros actos. Y a los que profesamos la fe que da sentido a la Navidad, prediquemos con el ejemplo y yo desde mi parquedad expreso el más ardiente deseo de que el Niño Dios nazca cada día en todos los corazones.

EL CAMINANTE: OS LO AGRADEZCO.

Ante la imposibilidad de expresaros, uno a uno, mi más sincero agradecimiento por el honor que me hacéis, leyendo todo lo que escribo, os pido mil perdones, a la vez que os digo: GRACIAS. Solamente los que tenéis mi edad o andáis cerca de ella, podréis alcanzar el valor de mis palabras de reconocimiento a todos vosotros por lo que me regaláis. Llegar a los ochenta y cuatro años y escuchar a través de vuestros escritos e incluso silencios, los momentos de vuestras vidas que me dedicáis, miles de años tendría yo que vivir para agradecéroslo.

A los que profesáis el Credo Cristiano, os deseo FELIZ NAVIDAD y que el Niño Dios nazca cada día en vuestros corazones. A los que profesáis otros credos, mis respetos y que en estos días festivos aprovechéis para aumentar vuestra cuota de sonrisas. Ningún ser humano tiene capacidad de sonreír si su estado físico, anímico y de toda índole no es el que deseara tener. Sonreír es decirse uno a sí mismo y a los demás que su momento vivencial es óptimo.

EL CAMINANTE: EL TIEMPO TODO LO PONE EN SU SITIO.

Soberbio e indomable, ayer bajando de las montañas entonando canciones de guerra y gritos de muerte y destrucción, galopaba desbocado el Río de Magros. Desde lo alto de los montes los castrexos que un día se aposentaron a su vera, sabiendo de sus bondades, hoy, desde los espacios infinitos a donde el tiempo los regresó, siguen admirándolo y rindiéndole pleitesía. Después de mostrar su poder avasallador, viendo que su excitación no hace sino mostrar su fortaleza pasajera, prefiere lucir sus encantos, mostrándola a quien contemplarla quisiera, permitiendo a todos sus compañeros de habita luzcan su indiferencia a la bravura mostrada y aguarden pacientes su retorno compartiendo con ellos su generosa aportación al papel que el Eterno Poeta le asignó. Es el tiempo el juez de la equidad que con su parsimonioso o agitado discurrir, plasma la realidad de todo lo creado.

Desde los altos del Castro, sus habitantes, luminarios curiosos, contemplan su río y se ríen, recordando el ayer, cuando, como hoy se mostraba, amenazador para luego regalar sus impagables bondades, compartiendo con ellos fríos y estiajes. ¡Despierta Beariz y muestra al mundo tus incomparables montañas y ríos y así pueda reconocer tu infinita belleza.!

EL CAMINANTE: DIÁLOGOS EN VOZ BAJA.

Tengo costumbre de hablar en voz alta cuando me encuentro sin que en mi proximidad haya alguien. Si alguien me escuchare, podría pensar que hablo solo. Quien así pensara, incurriría en un craso error. No hablo solo, sino conmigo mismo. Es cierto que esas conversaciones las sostengo con los que no pueden transmitirme sonidos fonéticos como los que yo les envío, sin embargo, su lenguaje, para mí, es tan claro y tan fácil de interpretar, que no me cuesta ningún esfuerzo entenderlo. Algunos de mis fieles y sufridos seguidores recordarán que en etapas de mi vida, ésta, la vida, la compartí con tres amigas: Mi Sombra, Mi Soledad y Mi Rumia. Esta última debe su existencia a la calidad de los momentos vividos. Es sabido que los rumiantes, dan sentido a su nombre por el tiempo que dedican a esa necesaria labor: Rumiar. Sin embargo no lo podrían hacer si antes en el lugar donde se alimentaron, no lo hubieran hecho lo suficiente como para después que ameritase la rumia. Del mismo modo, la conversación con mi escogido interlocutor, no podría existir si antes no hubiera vivido situaciones que lo propiciasen. Hoy hablo con la leña que antes fue robusto y sufrido árbol como el que encabeza este escrito, al que llamo «Mi árbol doliente». No se necesita dar explicaciones por el nombre que le aplico. Vientos huracanados, rayos inmisericordes y algún elemento más poco amistoso, se empeñaron en convertirlo en su víctima propiciatoria. Ayer, árbol sufriente o doliente, que ambas cosas fue, hoy leña en el hogar mitigando los fríos invernales.

Mi conversación no se limita solo a la contemplación de la montonera de leña que es hoy, recuerdo lo que ayer me regalaron, cuando a su lado disfruté de la refrescante sombra envolviendo mis sueños en tules de ilusiones y realidades. Apoyadas mis espaldas en su recio tronco disfruté de los trinos de aves y pajarillos que en ellos construyeron sus viviendas y dieron cumplida cuenta del mandato divino: «Creced y multiplicaos». No sufro viéndolos en leña convertidos porque ellos y yo sabemos que somos caducos y eternos a la vez. Caducos en nuestro propios vivir y eternos en lo que a los demás proporcionamos. Eso y mucho más nos decimos y ambos los dos seguimos el camino inexorable de lo eterno que es nuestro postrer destino.