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SANTA COMPAÑA V

-Te encuentras con ánimo para seguir escuchando y contemplar todo lo que están planeando? Te advierto que desde lo humano, es muy duro lo que esos seres perversos proyectan. Yo no puedo estar. A los que gozamos de la Luz, desde la proximidad que yo lo hago, no nos es dado compartir ciertas situaciones que realizan, tanto los humanos como las almas  que con su soberbia provocan la ira de La Luz. Por lo tanto tu decides Si me dices que quieres contemplar lo que están planeando y a continuación van a realizar, yo te llevo al lugar de los hechos, te envuelvo en mi hálito y presencias todo, sin ser visto. Tienes que estar convencido que tu actitud se va ajustar a lo que yo te diga. Tu decides.wp-1454233020834.jpeg

Estas últimas palabras, Ilusión las pronunció sonriendo. Seguro que estaba pensando por lo que yo iba a pasar si aceptaba de verdad la oferta que me hacía. Dentro de mí había varias fuerzas discutiendo qué decisión tomar. Seguro que Ilusión me iba a poner unas condiciones duras de cumplir, pero ello, en vez de retraerme, me empujaba a ver con mis propios ojos lo que aquel grupo rebelde y denostado por la misma Luz, estaban tramando hacer con la persona humana que estaba a punto de dar el paso. Le dije que sí, que deseaba oir y presenciar lo que estaba por acontecer.

-Bien. Hágase. Vamos. Primero  Como te dije, te envolveré con mi hálito y te convertirás en invisible. Ellos no sabrán que estás viéndolo todo. No puedes pronunciar palabra alguna. No puedes hacer ningún signo contrario a lo que ellos promulgan y hacen. No te puedes retirar hasta que consumen lo que van a realizar. Yo en ningún momento puedo acercarme a rescatarte. Vas a tener momentos de debilidad que pueden llevarte al borde de tu propia destrucción. Mi hálito te defiende de todo lo paranormal, pero una gran parte humana tuya, está ahí contigo. Esa parte puede derrumbarse. Vamos. Arrímate que te transforme. Así. Ya no te verán. Te acercaré a ellos para que escuches. Cuando  se muevan tu les seguirás. Sin que lo sepan, formarás parte pasiva en todo lo que hagan, repito, únicamente como oyente y vidente.

Dicho eso, desapareció de mi vista. Tenía aquel bosque de huesos y harapos frente a mí. Mi estado en nada se parecía al que tenía momentos antes al lado de Ilusión. Hablaban todos. aquello era un garigay  insoportable. De pronto uno se adelantó y esgrimió algo indefinible que portaba en la mano izquierda.

-¡Silencio! ¡Silencio! Repitió con voz desgarrada. Es la hora. Tenemos que ir. La Reina Muerte nos reclama.

Una fuerte corriente de aire nos barrió e inmediatamente nos encontramos en un lugar muy oscuro donde solamente los fluorescentes destellos de mis compañeros de viaje despedían ráfagas amarillentas, mensajeras de muerte. En cuanto nos paramos, un nuevo personaje se unió al grupo. Se diferenciaba de los demás en que su vestimenta era absolutamente negra. Era la Muerte misma. Enfrentándose al que había dado la orden de moverse, le dijo:

-Hay que dividirse. Hay dos personas que van dar el paso. Tiene que ir un grupo a cada casa. Uno de ellos es un hombre. En la otra casa es una mujer. Todos sabemos qué clase de vida llevó cada uno de ellos. Yo os los entrego en unos instantes. Vosotros hacer lo que se os han encomendado para conseguir llevarlos. Tu, escoge al grupo más fuerte para  el hombre, que es al que te costará más conseguir y el otro grupo a la mujer, donde lo puedes tener más fácil.

Inmediatamente la misma ráfaga huracanada nos arrastró antes, ahora nos llevó  a otro lugar. Yo, sin que pudiera elegir, me fui con el grupo donde iba la Muerte y el Jefe de aquellos seres esqueléticos. En breve nos paramos. Nadie se movía. En las manos de cada uno de ellos comenzó a brillar una luz mortecina que iluminó la tétrica figura de la Muerte quien avanzó con paso lento hacia una casa que se hallaba al frente. Los demás la seguimos a una distancia prudencial. Entramos en la casa. Una cocina donde ardían unos leños, calentaba el local el espacio donde dormitaban silenciosas  varias personas. La muerte siguió avanzando, nosotros la seguimos. En un cuarto muy reducido había dos personas sentadas y otra tendida en una cama. La Muerte lo mismo que hizo en la cocina, con las gentes que dormitaban, las ignoró y se acercó al que yacía en la cama. Lo miró. Inmediatamente le dio un beso en la frente y le dijo al que comandaba a todos mis compañeros. Ya es vuestro.

El yacente emitió un gruñido sordo, opaco, ahogado. Las dos personas que estaban sentadas se levantaron y comenzaron a gritar. En tropel se presentaron los que dormitaban en la cocina. Todos gritaban y lloraban. Los unos no oían a los otros. A mí me había sido dado el derecho de ver y escuchar a ambas partes. Aquello era horrible. Me volvía loco. La negra Muerte apremió a a las huesudas figuras:

-Daos prisa porque…

No bien había pronunciado la última palabra, aparecieron varios componentes de La Santa Compaña que yo viera salir de la Mámoa Grande y se interpusieron entre ellos y el difunto. Uno, que parecía ejercer de jefe, les gritó que ni lo tocaran que les pertenecía y no le iban a dejar que se lo llevaran. Se libró una batalla entre ambos grupos donde a la brusquedad de los cadavéricos respondían los recién llegados con argumentos que silenciaban su desaforado griterío. Nada de lo que allí sucedía trascendía a las personas que había en la habitación y en la cocina. Sin embargo el crujir de huesos y la violencia de ademanes para llevarse al muerto eran horriblemente violentos, pero siempre fuera del ámbito humano. Antes de retirarnos de allí, escuché al jefe de los vencedores decir que aquella persona que yacía en aquel lecho había contribuido con su actitud a que la vida en su en torno tuviera una mejor calidad para él y para todos los que consigo compartieron los años que estuvo vivo. La Luz lo había marcado con el signo de los elegidos y no podía permitir que las fuerzas del Averno lo llevaran con ellas. Cuando salimos de la casa, al momento nos encontramos con el otro grupo y por los comentarios que les escuché, les sucedió algo muy parecido a lo que yo había presenciado. Cuento esto con mucha naturalidad, pero nadie se puede imaginar cuánta razón tenía Ilusión cuando me dijo que lo que  contemplaría iba a ser muy impactante. Estoy convencido que ella al convertirme en lo que me convirtió, reforzó muy mucho todos los signos que sabía estarían en peligro, para que yo aguantara lo que fui capaz de soportar.

Iba la noche muy avanzada y La Santa Compaña que de Santa solo tiene el nombre y La Santa Compaña que espera la redención de sus pequeñas culpas para disfrutar de la plenitud de La Luz, tenían que retirarse a su lugares diurnos.

Algo similar a un placer rayano en lo infinito invadió todo mi ser y de nuevo tuve una  sensación maravillosa al tiempo que escuchaba una voz susurrante que acariciaba mi oido al tiempo que me decía:

-Has sido testigo de unos hechos que muy pocos mortales pueden contemplar. Que ello te sirva de motivación para hacerte acreedor a ser rescatado como lo fueron lo que has contemplado. Ellos lo merecieron.

Gracias Ilusión. Una última pregunta, mejor dicho, dos. Las almas con las que me mandaste, ¿Nunca serán redimidas? Y la Muerte, ¿porqué solo avisa a ellos y no a vosotros?

-A la primera solo te puedo decir que depende de su actitud para con La Luz. La Luz siempre está dispuesta al perdón. Solo hay que solicitarlo y merecerlo. La muerte, contestando a tu segunda pregunta, cumple con su deber. No va a nadie hasta que tiene que hacerlo. No tiene normas, solo escoge el momento que a cada uno le toca.

LA SANTA COMPAÑA IV

Perdona Ilusión, ¿Cómo es posible que estando tan cerca de la Luz, como tú dices y disfrutando de todos los beneficios  que esa situación aporta, pueden haber miembros de esa Luz que renieguen de ello?

-Buena pregunta. Sin embargo tú tienes la respuesta en tu vida humana. Porque tú también eres parte de esa Luz, a la que llamas Dios. Dios, la Luz lo es todo. Sin embargo tu condición humana muchas veces se sobrepone a tu parte espiritual, siendo ésta infinitamente superior a la otra. En el lenguaje humano, y en la realidad misma, te das cuenta que lo cercano siempre domina a lo que se halla en la distancia. Cuando damos el paso y vamos hacia la Luz, hay un periodo de transición y de perfeccionamiento para merecerla. Es en ese momento de casi plenitud, hay quien llega a pensar que la luminosidad de la Luz ya no  es necesaria. Creemos que la nuestra nos basta. Ese instante de soberbia nos manda al lado opuesto. Al destierro. A la carencia.

¿Para siempre? Interrogué asustado.wp-1454233020834.jpeg

-Mientras lo humano condiciona el espíritu, no se puede establecer comparación ni de periodos de tiempo ni de distancias. Ya lo decimos. Aquí todo es presente. Vamos hacia el infinito.

Ilusión, si yo te preguntara por mis seres queridos que ya dieron el paso. Mis abuelos, mis padres, mis hermanos, mi Esposa. Tú ¿Me podías dar una respuesta positiva?

-Ya te la doy cuando te digo que somos como gotas de agua, que, siendo diferentes, formamos un solo todo. Sé que no lo entiendes, es porque aún no ha llegado tu momento.

Tienes razón. Me sonrío. Ilusión me mira y también se sonríe. Sabe porqué lo hago. No obstante, yo le exteriorizo.

Cuando mi Esposa vivía y hablábamos de donde tú estás y los que dicen saber de ello, nos comentaban, que una vez dado el paso, las parejas de  enamorados dejaban de existir como tales. Ella se enfadaba. Decía que La Luz no podía permitir eso,  que  era una injusticia. Mi interlocutora se sonrió más abiertamente.

Desde que Ilusión se paró a mi lado, no volví a sentir la mínima sensación del frío. Sin embargo hasta ese momento mi cuerpo estaba como un trozo de hielo a pesar de ir muy abrigado. Mi compañera hizo un gesto para mí desconocido. Sentí una sensación nunca experimentada. Un aura de infinita sutileza recorrió todo mi cuerpo y me vi surcando los espacios mientras escuchaba lo que Ilusión me decía

-Para que entiendas algo más, por ti mismo, de lo que  te explico, vamos a seguir a ese grupo de La Santa Compaña que acabas de ver. Te depositaré en el lugar donde deliberan. A mí no me es dado estar. Te quedarás solo. No temas. Aunque no me veas, yo estoy. Me producía inquietud todo en ella. De manera muy especial cuando hablaba de sí, siempre en presente y, sin embargo, cuando se refería a mi persona, me situaba en el momento que procedía. Yo no tenía capacidad para separar lo de aquí y lo de allá.

De pronto me sentí depositado en el suelo. A poca distancia de donde me dejó Ilusión, un numeroso grupo de esqueletos y calaveras cubiertos de harapos desgarrados, tal cual salían de la pequeña Mámoa, discutían entre gritos guturales; algo, para mí, indescifrable. Sus huesos, al moverse, sonaban con ruidos herrumbrosos Volvía a tener frío. Lo que estaba presenciando me oprimía el pecho. Las piernas me temblaban. No obstante sentir mis carnes heladas, un sudor de muerte corría por todo mi cuerpo. Aquel grupo de seres de ultratumba, seguían planificando alguna cosa que les hacía emitir guturales risotadas que aceleraban aún más mi desbocado corazón. Sin embargo yo quería oir lo que decían. La insaciable morbosidad humana me podía. A pesar de la cercanía a que me hallaba, no entendía nada de lo que allí se trataba. De nuevo ese estado de gracia que sentía cuando Ilusión me aproximaba a ella,invadió todo mi cuerpo. Dejamos de tocar el suelo. Yo me dejaba ir.

-Ven. Te explicaré lo que ellas tratan. No te va gustar. Planifican la muerte de alguien. Por eso viste y escuchaste esas risas.

 

 

SANTA COMPAÑA III ALGUNAS ACLARACIONES

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Toda la conversación que tuvimos, bueno, todo el tiempo que ella me habló, permanecimos de pie. En ningún momento sentí el frío que antes de que ella apareciera, me mantenía congelado, a pesar de la ropa con que me abrigaba. Por nuestro lado seguían pasando sus compañeras en número incalculable. Todas salían de la misma Mámoa. En menos de una hectárea hay 5, todas de menor tamaño que la que ellas ocupan. A la izquierda está una de menor tamaño que, según cuentan los que han tenido experiencias con la Santa Compaña, están las que no tienen nada de Santa puesto que las experiencias que se han tenido con ella, en nada merecen un calificativo que tenga que ver con la Santidad de sus componentes. Y fue eso precisamente lo primero que le pregunté a mi amable compañera. Pero antes quería saber con quién estaba hablando. Tomando aire le espeté con lo que yo quería que fuera una pregunta cargada de fuerza y decisión. Me salió un susurro que yo mismo ni casi escuché

¿Qué eres, hombre o mujer?

Su rostro se iluminó con una sonrisa que en nada entrañaba extrañeza o compasión por mi ignorancia. Su respuesta fue inmediata:

-Después del paso, no hay hombres o mujeres. Todos somos más imagen de la Luz y no hay diferenciación en nada. Todos somos iguales, dentro del momento que pasamos para llegar a la plena identificación. El Amor lo iguala todo y esos sentimientos que regulan la vida de los mortales, desaparece. Ni existe la temporalidad. Aquí solo hay el presente. El tiempo pasado o futuro aquí no se contempla, existe. Yo te puedo hablar como lo hago porque mi momento es singular. Te puedo decir………

De pronto un gran estruendo que hizo temblar la tierra a mis pies, interrumpió a mi informante. La Mámoa que se halla a nuestra izquierda, se vio envuelta en una nube tenebrosa de la que  emergieron un sin fin de figuras esqueléticas, con las  cuencas de los ojos vacías, de las que brotaban rayos centelleantes que se hundían  en la oscuridad de la noche, como afilados puñales clavándose en las carnes de propiciada inmolación. En el borde la nube, una figura de exagerada estatura e idéntica conformación que las demás, las iba cubriendo con unos harapos que hacían más inquietante su ya lúgubre imagen. Mi compañera me arropó con su blanco sayo, haciéndome invisible a los nuevos personajes que invadieron la escena, portando en sus manos velas y esquileos que hacían sonar con fúnebres acordes. Pasaban por encima de nosotros sin que percibieran nuestra presencia. Cuando terminó de pasar aquel hediondo grupo, mi compañera me liberó de su protección. Quería preguntarle quienes eran aquellos personajes que habían salido de la pequeña Mámoa. No fue necesario. Ella misma, percibió mi curiosidad y me dijo:

-Entre la ingente multitud de almas que vamos hacia la Luz, hay una facción que incurre en soberbia y la Luz los posterga a un estado como el que has visto.

Perdona ¿Cómo te llamas? Llevamos toda la noche hablando y no conozco tu nombre. ¿Quién eres y de dónde vienes?

-Aquí nadie tiene nombre. Todos somos todo, a la vez que todos somos uno. Puedes llamarme como te sea más fácil. A mi me gustaría que me llamaras Ilusión. Referente a la otra pregunta, la respuesta que te doy, está fuera de tu capacidad humana de comprender. Llevo miles de millones años , en tu medida humana, acercándome a la Luz y aún no llego ni sé cuándo la Luz me inunda. El grupo que has visto son los rebeldes y que se encargan de hostigar a los humanos creando un ambiente de hostilidad que redunda en fomentar la antipatía entre los humanos. De ahí, que a muchos de ellos les molesta llamarles Santa Compaña porque entienden que Santidad hay poca, en sus comportamientos.

 

LA SANTA COMPAÑA II

Ante aquella pregunta, las carnes no me cabían en la piel. Sentía que me rompía. Infinitas veces había pensado en un momento así. Nada de lo pensado tenía que ver con lo que allí estaba aconteciendo. La imagen  que tenía frente a mí no inspiraba miedo. Aquella imagen, no era de hombre ni de mujer. Yo no tenía capacidad para definirla. Es incalculable la aglomeración de conceptos que en fracción de segundos se agolpaban en mi mente. No podía articular palabra. Sentía que me faltaba aire para respirar. quería decir algo pero no podía. Mi boca era un desierto. Mi garganta estaba estrangulada y amenazaba con desgarrarse. La figura que estaba frente a mí, lo percibía todo. Estaba gozando con lo que yo sufría. De pronto fue ella quien rompió el silencio. No sufras.

-Entiendo tu momento. Serénate. Respira.

Yo lo intenté. No era nada fácil. Lo conseguí cuando aquel rostro que tenía frente a mí, esbozó lo que me pareció una sonrisa. Aún así tardé en poder emitir un sonido.  Lo primero que pude articular fue la palabra gracias. Su sonrisa, al oir mi voz, se amplió, o al menos a mi me dio esa sensación. Y de nuevo fue ella, la figura, la que deshizo el nudo gordiano en el que se convirtió aquel encuentro. Ambos permanecíamos de pie. Según pasaban los segundos, aquella figura iba creando en torno a mí una aureola de tranquilidad que yo agradecía por lo que entrañaba de bienestar escénico. Tanto así, que comencé sentirme parte de lo que allí estaba aconteciendo. Incluso intenté pensar. No me era fácil. Qué distinto aquello que esta sucediendo con lo que yo tantas veces había pensado que sería si consiguiera llegar hasta aquel momento. Fueron efímeros segundos que para mí se convirtieron en toda una eternidad. de nuevo, la figura de blanco que solo dejaba ver su bellísimo rostro, tomó la palabra.

-Leo en tu mente todo lo que en estos instantes intentas pensar. Libérate. Déjate ir y no temas.

Su voz seguía siendo un susurro. Como un soplo de brisa sobre una piel acalorada. Eso era lo que producían en mí sus palabras. Yo quería que siguiera haciéndolo, convencido, como estaba de que eran el mejor bálsamo para mi decrépito estado anímico. Su sonrisa, ante mi falta de reacción, se hacía más evidente. Pero no ra ofensiva. Todo lo contrario. Inspiraba cercanía, comprensión.                                                                                                                                                                                                          -Mientras consigues serenarte, te diré algunas cosas que estás deseando saber. Te advierto que nuestro diálogo no es nada fácil por muchas razones que no puedes comprender. No lo puedes comprender porque yo te hablo desde el espíritu, desde lo infinito y tus limitaciones lastran tu capacidad de comprender. Pero hablaremos cosas que satisfarán tu ambición de saber. Además. por esa razón has venido aquí esta noche, a observarnos a comprobar si realmente somos lo que te han contado. Si nos reunimos en este lugar y no en otro. Y porqué esto es así y no de otra manera. Pues mira, los miles de almas que pasaron por delante de tí, conforman una porción de lo que en estas tierras terminaron por llamarnos La Santa Compaña. El nombre es lo de menos. Pocos humanos tienen la capacidad de vernos. Solo nos mostramos en muy determinados momentos y a personas muy especiales. Nosotros abandonamos los cuerpos, la parte del ser humano perecedero, que está sujeto a la muerte, los abandonamos para ir en pos de nuestro destino que es la Luz. Pero la Luz, en la que reside la plenitud, no la alcanzan las almas inmediatamente después de liberarse del cuerpo. Tenemos un periodo de purificación. En nosotros el tiempo no cuenta. Todo es presente. No hay el don de la ubicuidad. En el mismo espacio cabemos todos. Porque siendo todos, somos solo unos. Para que lo entiendas desde tus limitaciones humanas. Somos todos agua. Fuentes, arroyos, ríos lagos mares océanos. Cada uno una gota. Todos, formamos los grandes océanos. A muchos no nos es dado, como te dije, gozar de momento, a plenitud, de la Luz, pero somos luz. Muchos no somos océanos pero nuestro objetivo es el mismo. Cumplimos un destino que nos lleva a El. En esta tierra uí nos llaman La Santa Compaña. Otros definen nuestra situación como el Purgatorio. Lo único verídico es que la proximidad de la Luz nos reconforta y siendo, como somos, parte de ese todo, nosotros los espíritus puros. lo poseemos todo. ¿Tiene un sin fin de preguntas para hacerme. Si estás ya sereno puedes comenzar. Las que sepa que puedes comprender te las responderé, las que no te las dejo en suspenso para cuando llegues a la Luz. Ya te hice saber que en mi estado no existe ni el pasado ni el futuro. Todo es presente. Lo que para tí son miles de años, en mí son un presente. Pero soy el elegido para compartir contigo este momento. ¿Quieres preguntar? Hazlo.

Con una voz que no me oía yo mismo, me armé de valor e intenté  probar mi capacidad de  hablar en tan extrañas circunstancias. Lo primero que se vino a la mente, fue preguntarle quién era. Desde cuándo estaba en la Santa Compaña. Si era hombre o mujer. Qué espiaba, qué culpas tenía para no poder gozar de la Luz a plenitud. Quería, sobre todo, preguntarle por mis seres queridos que ya dieron el paso. Un sin fin de interrogaciones que se aglomeraban en mi cerebro.

 

 

 

 

LA SANTA COMPAÑA

A los habitantes de estas latitudes nos han colgado algunos “San Benitos”. Unas veces con razón y otras, también nos hicimos acreedores a ellos. No nos regalaron nada, nos lo ganamos a pulso y tampoco nos duelen prendas llevarlos. Uno de los más socorridos, es de dominio universal. ” Yo no creo en las Meigas pero haberlas hailas”. Muchos autores trazan una diferencia abismal entre las Meigas y las Brujas. A éstas le conceden el privilegio de ser benefactoras de aconteceres de los mortales, asignándole a las Meigas la condición de pérfidas que con sus malas artes, contribuyen a las desgracias de los seres humanos. Por todo lo mucho vivido y por lo mucho oído y escuchado, en las ruadas, en época que, aún no conocíamos luz eléctrica, al amor de la lumbre y a la luz de un candil de gas, cuyo olor contribuía a crear el ambiente adecuado, las brujas eran las consideradas malas, otorgándoles el papel de buenas a las Meigas.  Es mucho de tener en cuenta el eufemismo dialéctico de las personas en el ambiente rural. Rara vez a ninguna persona o cosa que se le tenga cariño o simplemente, aprecio, si en su denominación hay una “j” o una “g” con la “e” o con la “i”  se mitiga su dureza dialéctica intercalando la “u” en el segundo de los casos y suavizando la dureza de la “j” en los primeros. A pocas personas se les escuchará decir “Virgen María” y sí, Virguen María. O cuando nombran a Jesús, el Mesías. Siempre oirás decir Guesús. Es como si no quisieran agredir a las personas y cosas con la dureza de la garganta con la pronunciación dura. El problema se soluciona diciéndolo en gallego con la “x” como protagonista y sustituta de la “j” y de la “g” Pero no siempre se hace. De ahí que la consideración hacia las meigas era mayor que para las brujas. Cuando mi madre uncía la yunta, siempre rezaba unas oraciones mirando a la cruz que había en el centro del yugo y sus plegarias terminaban siempre con las mismas palabras “……Bruxas fora, mañá é martes” (….Brujas fuera, mañana es martes). Podía ser lunes martes, miércoles o cualquier día de la semana. Siempre decía lo mismo.

Es frecuente aunar los temas de meigas con La Santa Compaña. Las meigas tienen mucho que ver con la actitud de los mortales y La Santa Compaña en nada intervienen en los quehaceres de las gentes. Yo tengo mis propias creencias sobre las situaciones que viven los componentes de las peregrinaciones de esas almas noctámbulas. Aprovechando las bondadosas temperaturas que el clima nos regala estos días, con la idea de confirmar estas creencias me he acercado a un lugar de concentración de Mámoas, donde, según yo creo, están deliberando para después realizar sus propios destinos. La Santa Compaña, contra la opinión emitida por muchos, son almas que no tienen opción a llegar a la Luz y están vagando por el “Purgatorio” haciendo eso, purgando ciertas situaciones vividas antes de dar el paso.                                                                                                                                                                                                               Aunque la temperatura, como dije, era agradable, el relente de la noche se metería en los huesos si no fuera debidamente abrigado. Así que envuelto en mi equipo nórdico me acurruqué contra un ribazo, justo frente al  pasillo que da acceso a la Cámara de la Mámoa. Desde donde me hallaba escuché las campanas de la Iglesia de Beariz que dieron las 9, luego las 10. Sentía entumecerse los huesos cuando escuché las 11. Comenzaron los nervios a hacer acto de presencia y según pasaban los minutos, se acentuaba con más vehemencia. La niebla también quería su espacio según avanzaba la noche. De nuevo la campana grande de la torre de la Iglesia sonó 12 veces. Aún el último tañer de la campana bagaba por medio de la niebla, entre los arbustos que crecieron en la puerta y en el pasillo de la Mámoa, sin que influyeran para nada en el sutil modo de desplazarse, comenzaron a salir imágenes,  como si de una Comunidad religiosa de hábitos blancos se tratara, decenas, centenas, millares, incontables figuras compartiendo movimientos y espacios sin que unos interfirieran con los otros. Pasaban casi rozándome. Ninguno de ellos me prestó la mínima atención. Tal vez porque no me veía, o me ignoraba. De pronto uno de ellos se paró frente a mí y con voz, que más que tal, era un susurro, diáfano e increiblemente inteligible, me dijo:                                                         -¿Qué sientes?                                                                                                                               Ante aquella imagen parada frente a mí y aquel susurro, una descarga de alto voltaje,  sacudió todo mi cuerpo. Tardé en reaccionar. Me animó a que me expresara.