EL CAMINANTE: PARA MAYORES DE OCHENTA

Esta noche he tenido un sueño y me desperté riendo: Había bajado hasta A Revolta, para montar en el parachoques del Cachafeiro. En la cabecera de las fincas, lo de fincas se refieree a leiriñas de noventa metros cuadrados, más o menos, pues bien en el frente norte que daba a la empedrada carretera, ésta tenía un pequeño cambio de rasante, o sea, se empinaba un poco más. En ese preciso punto, el señor Pombo, el conductor, tenía que realizar un cambio de marchas. Ese era el instante preciso que los rapaces aprovechábamos para colgarnos en la parte trasera del autobús, agarrándonos a la escalerilla o cualquier otro elemento que sobresaliera de la propia carrocería. A veces nos asíamos unos a otros ignorantes del peligro que ello entrañaba. No importaba, esa era una de las más relevantes diversiones a la caida de la tarde. En el Auto Industrial no podíamos colgarnos porque había que hacerlo en el Comercio, donde paraba, porque allí dejaba todo lo relacionado con Correos y después atravesaba el pueblo y nos podían ver las personas mayores con las consiguientes broncas. De la Montañesa, que venía de Carballino, tampoco nos podíamos colgar dado frente a la taberna del tío Emilio, en el fondo del pueblo, le llenaban la caldera de carozos, porque el autobús que conducía el señor Pepe o su cuñado el señor Ramón, utilizaba una caldera de vapor. Nada de gasolina ni gasoil, los carozos eran su combustible. Y como las calderas iban en la parte trasera, nos quemábamos si queríamos subirnos. ¿Seré yo tan viejo o habrá cambiado tanto la vida en el discurrir de mi existencia? Sea lo que fuere, es maravilloso haber vivido tantas experiencias. ¡Gracias mi Dios por permitírmelo!.

EL CAMINANTE: LAS CAMPANAS DE MI ALDEA

LAS CAMPANAS ERAN EL ALMA DE LA ALDEA.

Eran tiempos en que nadie llevaba en sus muñecas un reloj y en muy pocas profesiones los de bolsillo salían de la funda que tenían destinada en el chaleco. Solo aquellos que realizaban trabajos de “alto copete” lucían un Savonnette u otra marca de parecido estilo. Eso estaba reservado a directores de bancos, y no todos, los demás, los trabajadores artesanos utilizaban el Roscopf, que aguantaban todos los golpes sin inmutarse.

Ahí comenzaba una de las principales labores de las Campanas de la torre de la Iglesia. A las doce en punto, el sacristán hacía sonar para que dejaran la guadaña, la hoz o la azada y la madre dijera al resto de la familia que se iba a preparar el yantar. A las ocho de la tarde, de nuevo la campana grande tornaba a expandir su sonoro tañer invitando a todos al recogimiento familiar. Si se producía un incendio, las cuatro campanas repicaban con su explosivo y variado sonido llamando a todo el mundo para acudir a sofocar el fuego, ya sucediera en el monte o en alguna vivienda. Los diferentes toques con sus peculiares tañeres nos convocaban a los diferentes eventos, casi siempre de índole religioso o marcando las diferentes horas del día y los quehaceres a realizar en esos precisos instantes. Recuerdo a mi madre, un día que estábamos cavando una estivada en la Devesa, dejar la azada, secarse el sudor de la frente y preguntarse: ¿A quién llamaría Dios? Las tres campanas encargadas de anunciar la muerte de alguien sonaban así: Primero la grande, después la xoca (hueca) y finalizaba la pequeña, encargada de sofocar el llanto. Así eran los sonidos Tóuuuuuunnnn  Tóuuuuuunnn  Táaaaaaaaeeeennn Tic. Los dos toques de la grande seguidos era para hombres, para mujeres, se eliminaba uno de los toques de la campana grande y sonaba así: Tóuuuuuunnnn Táauuuuuunnn Tic.

Eran las campanas de la torre de la Iglesia la compañera en todos los momentos del día. Con su lenguaje sonoro nos contaba todo lo que necesitábamos saber. Y, cuando te hallabas en el monte en medio del silencio que todo lo invadía, qué alegría escucharla. Te quitaba todos los miedos. ¡Cuán sencilla y a la vez grandiosa es la vida de la aldea! Cada día disfruto más viviendo en mi Beariz del alma.

EL CAMINANTE: ILUSIONES Y REALIDADES

Siempre he sido un enamorado de la geometría, en todas sus vertientes. Su utilización en mi lenguaje se manifiesta con harta frecuencia. No solo las maneras de conformar sus infinitas figuras, sino en la simplicidad de sus más elementales procedimientos. Tal me sucede con la línea o con su hijo más afín, el segmento.

En esta parte de mi vida, en la que existe la línea como inicio de mi existencia, hasta que se convierta en segmento, mi fertilidad creativa me viene dada por el afán que pongo en rumiar, a pesar de tener un solo estómago. De niño, en los prolegómenos de mi vivir, mi cerebro era una exuberante fábrica de proyectos, realizables unos pocos e ilusorios la mayoría. Esa creación siguió vigente en mi pubertad, en mi juventud y, a fuer de ser sincero, en todo mi devenir y en mis manifestaciones vitales. Venciendo toda clase de lo que pudiera considerarse lógico, vivo mi segunda niñez, cuando no tenía bagaje para rumiar y sí futuro para ilusionarme. Sin entrar en los entresijos, siempre complicados para descifrar lo que es el amor, me siento plenamente enamorado. La mujer que me ha brindado la oportunidad de que eso suceda, reúne todas las connotaciones para, no solo crearlas, sino, y ahí estriba lo realmente, bello, mantenerlas y fomentar su crecimiento. Ahí se produce la inverosímil metamorfosis: El niño crece. Por razones que obvio, pernoctamos en diferentes casas y por ende, en camas separadas. En cuanto mis ojos se abren al nuevo día y dar gracias a la vida por el regalo que me hace, la traigo a mis pensamientos. Su luminoso sonreír, provoca mis deseos de besarla, estrecharla entre mis brazos, desnudar su cuerpo y su alma, reposar mi cabeza en su juvenil vientre y sentir sus manos acariciar mi cabellera, friccionar mis sienes mientras de sus labios brotan unos aterciopelados susurros de ansiosos contenidos. Mis manos, hambrientas de expresiones amorosas hacia quien tanto me regala, estrechan su cintura, acarician sus caderas y mis labios besan sus muslos. Las vibraciones más gratificantes se apoderan de nuestros cuerpos. Retornamos de los etéreos espacios del placer. Por delante la vida en todas sus manifestaciones. Deseamos vivirla.

Bebo todos los segundos de mi existencia convirtiendo en realidad mis más ilusionantes proyectos. ¡Qué bello es soñar despierto y compartir ese soñar al lado de la mujer que amo.