EL CAMINANTE: CAMARENA EL ARTE DE CONVERTIR LO HUMANO EN DIVINO

     

   Lo divino y lo humano se hacen Camarena. Escuchar al pequeño gran hombre remontándose a lo más alto del Olimpo, es sentir el placer de ser persona y verte dignificada volando con él. Los Reyes Magos entregaron a mis hijos una carta encerrada en un sobre en blanco. Con muy buen criterio pensaron que, algo que llegaba a nuestros pagos sin un nombre determinado, solo podría ser para alguien que como tal, no significado, tendría que ser yo. De esa forma llegó a mis manos la misiva sin destino. Claro que ellos sabían muy bien que el Destino, con mayúsculas, a mí me cuida de una manera muy especial. Tan cierto es, que dentro del sobre había una entrada para asistir en el Conservatorio a un concierto del grandioso, inconmensurable tenor mexicano Javier Camarena. Es tanta la magia que transmite que ya en el vestíbulo sientes el ansia de escucharle. Y no defrauda. Ni él ni su compañero inseparable que se sienta e la banqueta frente al piano. ¡Cielos! Contemplar aquel proyecto de hombre, físicamente, pues no debe pesar cuarenta kilogramos, acariciar las teclas del piano y ajustarse con tanta perfección a las exigencias de las notas para conseguir tanta armonía con el tenor, es necesario ser un divo como él lo es. Gracias Reyes Magos por ser portadores de tan Buenas Nuevas y serviros de mis hijos para hacerlas realidad. Ah, no me importa que el próximo año repitáis algo similar, al contrario, os estaré muy agradecido. GRACIAS.

EL CAMINANTE Y LOS GATOS

Desde mi más tierna infancia, tuve poca simpatía por el los felinos domésticos, o sea, los gatos. Nadie hubiera hecho apuesta alguna porque sucediera lo que en estos momentos ocurre entre la especie gatuna y yo. El destino me va marcando mi vida y yo así lo acepto. De mi ventana, por unas y otras razones van desapareciendo los amigos que me han acompañado varios años. Posiblemente regresarán los nietos o biznietos de los Papo Rubio y Pico Amarillo, mientras tanto son los gatos quienes se ganan mi simpatía compartiendo conmigo momentos que antes ni por lo más remoto podría soñar.

Lo mejor de todo el acontecer, es que me estoy acostumbrando y me encanta tener unos cuantos amigos entre la familia gatuna. Y es que a todo se acostumbra uno por muchos años que peine su mermada cabellera. Os seguiré contando cosas de mis gatos.

Ah, no os extrañéis de ciertas anomalías en mis escritos. Hoy me han cambiado el sistema del Blog y lo estoy pasando fatal. Confío ir acostumbrándome y mejorar.

EL CAMINANTE Y MANOLO COTA

img-20200213-wa0004-27120664629050715494.jpgPor convicción he dejado de pronunciar ciertas palabras que en mi cotidiano vivir he utilizado miles de veces. He aprendido que el despedirse, es un poco el morir. Al menos pones fin a un momento que estabas compartiendo. Otro tanto me sucede con el tan utilizado, adiós. Decir adiós, es construir una barrera entre el que lo pronuncia y el que recibe el mensaje.img_20200214_101730418-44259871145425830208.jpg En Navarra, hace algún tiempo, me enseñaron a no utilizarlo y cambiarlo por el, hasta luego. Decir hasta luego, es mantener vivo el cordón umbilical entre quien lo dice y a quien le va dedicado. Algo parecido me sucede con el me voy. Nadie se va nunca. Se cambia de lugar, pero sigue ocupando un espacio donde quiera que sea. Hoy ha dejado de estar entre nosotros, solo físicamente, porque su recuerdo perdurará por siempre entre los que tenemos la fortuna de honrarnos con su amistad, Manolo Cota. La vida tardó en hacerme copartícipe de su amistad, sin embargo aquí puedo decir, haciendo honor a la verdad, que la calidad, suplió con creces la cantidad. Los pocos años que compartimos la vida me permitió conocer a un caballero, educado, elegante en su porte y amable en su trato. Pero el don más relevante en Manolo Cota era la grandeza de ser una excelente persona.img-20200213-wa0005-32872896657318051829.jpgLo que nunca te perdonaré, entrañable amigo, es que no me llevaras a Vilariño das Poldras a ver a tu amiga. Te prometo que iré y con ella brindaremos por el irrepetible Manolo Cota que entró en nuestros corazones y no saldrá jamás.

EL CAMINANTE: LA GRANDEZA EN UN CUERPO PEQUEÑO

img_20200207_183442077        Cuando irradias alegría, hasta las piedras te sonríen. Caminaba yo, como niño con zapatos nuevos, tarareando una canción por el parque que une el metro de Ribas con el Paseo de los Almendros. Infinitas razones había para sustentar el estado de ánimo. En ese momento dos eran los encargados de hacerlo: Uno, el haber amanecido, otro, el llevar en mis manos mi último hijo. Siempre lo es, pero, a ciertas edades, amanecer, es un regalo que por fuerza tienes que dar gracias a la vida por habértelo obsequiado. La “FUERZA DE LOS HELECHOS”, terminaban de de unir todas sus hojas en un volumen para su último examen, después de más de un año de peregrinar por mi mente.img_20200207_114132644_hdr ¿Verdad que son razones para cantar a la vida? Estamos de acuerdo. Y ella, la vida, me tenía reservado otro maravilloso  regalo. Caminando, como digo, por ese bello y frondoso parque encontré una mujer sentada en un banco de los que abundan por los espacios de recreo. Con solo mirarla, sin detenerme, algo descubrió mi mente en aquella persona. Me detuve. Me acerqué a ella y sin más preámbulos le pregunté: — ¿Qué pensamiento ocupa tu mente en estos instantes?– Sin dudarlo ni un instante, respondió: — Ese árbol. — Y señaló uno que había a mis espaldas.–Sus ramas retorcidas llaman mi atención y me hacen pensar si en ellas no se reflejarán las vidas de muchas personas. –Como es fácil comprender, la respuesta era un cántico a la sensibilidad y a la capacidad de expresar un sentimiento. No podía perder la oportunidad del regalo que la vida me brindaba en tan dulce momento de mi existencia. Me senté a su lado. ¿Cómo te llamas?, le pregunté. –Teresa, me respondió. ¿De dónde eres?, quise saber. –De Ponferrada, del Bierzo, — me dijo esbozando una sonrisa. –Llevo aquí muchos años. Voy a cumplir dentro de poco noventa. Vivo en un piso que me regaló uno de mis hijos y estoy muy enamorada de la vida. Escribo poesías que luego recito en una residencia de mayores. img_20200207_114123620_hdrLos divierto mucho a ellos y yo me lo paso muy bien haciéndolo. Hago teatro, pertenezco a un grupo de canto. No paro. Vivo, me gusta mucho vivir y gozo viviendo. Tengo dos hijos maravillosos. Soy viuda desde hace muchos años. Quise mucho a mi marido pero amar, lo que se dice amar, solo amé a mi Valentín. –¿Era ese el nombre de tu difunto esposo? quise saber. –No. –La respuesta fue rápida y contundente. –Valentín era, mejor dicho, es porque en mí sigue vivo, el nombre del joven que conocí en Ponferrada cuando yo vivía allí y pertenecía a un grupo de amigos que salíamos todos los domingos. Nunca se me declaró, tampoco yo a él, pero los dos sabíamos que nos queríamos. Por motivos familiares tuve que venirme a Madrid. Aquí aprendí a leer y a escribir, en mi pueblo no pude ni ir a la escuela, había que ayudar en la casa y no había tiempo par otras cosas. Eran años muy duros, pero éramos muy felices con pocos. Escribía a mis amigas y ellas me decían que Valentín desde que yo me vine, no había vuelto a sonreir. Le sucedía lo mismo que a mí. A los siete meses de separarnos, se murió. Nunca he podido olvidarlo. Sigo enamorada de él.

          img_20200207_114132644_hdrAsí estuve más de dos horas hablando con Teresa, esa encantadora jovencita de noventa años que la vida me concedió en el día de hoy, el placer de conocerla. Volveré a escribir sobre ella. Hoy solo dejaré esta perla que me regaló y que pongo aquí para deleite de quien la escuche. Es un pequeño poemita compuesto por ella y que me recitó, cuando le rogué que lo hiciera.   “Amanecía el día con esperanza/ Tenía cosas bellas / Dentro de mi alma/ Me quedé dormida/ Mirando al sol/ Aturdida y ciega con su resplandor/ Tuve un sueño/ Que fue hermoso/ Lleno de felicidad/ Mi corazón me decía/ No tienes que despertar/ Fui feliz con ese sueño/ Mi alma podía amar/ Alumbraba el sol mis ojos/ Y no quise despertar”. Mis limitaciones en las nuevas técnicas de la información me impiden no poderos transmitir su voz recitándolo. Pone el alma en cada letra y el arte brota por todos los poros de su diminuto y grandioso cuerpo. Le prometí reencontrarnos de nuevo y aprender de ella mirar al paisaje, creer en las personas, descubrir la belleza donde la mayoría no la encuentra, mar la vida en las dobleces más recónditas de su existencia, aprender, en definitiva, nuevas formas de vivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a