RELATOS DEL CAMINANTE: UN PERRO HUSKY ANUNCIA Y LLORA LA MUERTE DE AMELIA.

Se nos fue la memoria popular de Beariz. No había en nuestro pueblo ni en las localidades limítrofes, persona o acontecimiento mínimamente relevante, que Amelia Valiñas Prieto no conociera. Dotada de una memoria tan prodigiosa que guardaba entre sus pliegues todo lo que te puedas imaginar. Nacida allá por los turbulentos años en que nuestra querida España se debatía en una contienda absurda matándose unos contra otros, septiembre de 1936, nuestra entrañable Amelia siempre tenía un momento para contestarte a cualquier pregunta, por peregrina que esta fuera, sobre aconteceres acaecidos, no solo en Beariz, sino en cualquiera otro pueblo del entorno. Amelia era, sobre todas las cosas, un ser inmensamente humano. Pasaba las horas sentada en la peluquería de Sara Rodriguez. Allí encontraba lo que ella más ansiaba, compañía. Además del cariño y la comprensión de Sariña, gozaba de la presencia del bueno de Enzo, un perro cruce de Husky Siberiano con Pastor Alemán y de Mica, una gatita a quien le encantaba rozar las piernas de Amelia. Era con Enzo con quien había mejor sintonía. En cuanto la Valiñas entraba, el perro se levantaba a saludarla. Sin temor a equivocarme puedo asegurar que Enzo y Amelia se querían de verdad. Cuando yo le reconocía su rostro terso sin una arruga siempre me respondía: pues no uso más que jabón Lagarto. Sariña se preocupaba mucho por Amelia. Como era habitual, al anochecer la llamó, pero el teléfono no emitió ninguna señal. Pensó que ella lo habría apagado sin darse cuenta. Por la mañana repitió la llamada y el teléfono sí tenía sonido, pero no hubo respuesta. Preocupada salió de inmediato a la casa de su amiga. La puerta estaba cerrada. Tomó una escalera que había al borde de la pared y subió por ella para acceder al interior por una ventana, pero no pudo. Sin embargo escuchó unos ronquidos bastante fuertes. Rápidamente retornó a su casa y al entrar la sorprendió la presencia de su esposo Ricardo quien se quejaba de los aullidos lastimeros que emitía Enzo desde hacía unos momentos.

Cuando pudieron entrar en la casa de Amelia la encontraron tendida en el suelo en posición decúbito supino. Todo hacía pensar que habían transcurrido solo unos breves momentos que había fallecido. Cuando Enzo aullaba, Amelia dejaba este mundo. ¡Cuánto limitada es nuestra capacidad para comprender tantos y tantos misterios que observamos en nuestro vivir!