EL CAMINANTE: SIENTO MUCHA PENA.

Sí, me da pena contemplar el deterioro de una sociedad que cifra su bienestar en lo que concierne al concepto material de unos momentos. Es muy curioso escuchar a personas que lamentan no compartir con sus familiares o “allegados”, la palabreja tiene migas, una cena o una comida. Si observamos en nuestro entorno, estoy convencido que sin mucho esfuerzo nos encontraremos con personas que no visitan a los suyos en días meses y hasta años. Ni se acuerdan que existen. Sin embargo en estos días les entra la morriña y arden en ansias de compartir con ellos sentarse a la mesa, ya sea de noche o de día. Algunos ni terminan de comer cuando ya se están levantando para salir a otros ambientes más acordes con lo que ellos desean. El espíritu Navideño, que es lo que debería privar en estas fechas, tiene otro significado muchísimo más importante para el ser humano, sea de la creencia que fuere. Para el Cristiano no voy a ser yo quien descubra lo que representa, y para cada uno de los que profesan otros credos, lo reconocen, porque a ellos les sucede otro tanto cuando celebran un evento de idénticas características. Y ya no quiero ni mencionar el significado de las personas que nos han dejado fruto de la situación sanitaria que estamos sufriendo. A la mayoría de esas quejumbrosas gentes les importa un comino, no solo los que se fueron, sino, y eso es lo más lamentable, las que se puede llevar por delante esta maldita pandemia que nos castiga. Tampoco dedican unos segundos de su vida en pensar en todos aquellos que, por problemas de salud, carecer de lo más imprescindible, se tienen que conformar con la nada. Sabemos que los hay. Que la consciencia, la sensatez, la prudencia y sobre todo el respeto a los demás, se convierta en la razón de ser de todos nuestros actos. Y a los que profesamos la fe que da sentido a la Navidad, prediquemos con el ejemplo y yo desde mi parquedad expreso el más ardiente deseo de que el Niño Dios nazca cada día en todos los corazones.

EL CAMINANTE: OS LO AGRADEZCO.

Ante la imposibilidad de expresaros, uno a uno, mi más sincero agradecimiento por el honor que me hacéis, leyendo todo lo que escribo, os pido mil perdones, a la vez que os digo: GRACIAS. Solamente los que tenéis mi edad o andáis cerca de ella, podréis alcanzar el valor de mis palabras de reconocimiento a todos vosotros por lo que me regaláis. Llegar a los ochenta y cuatro años y escuchar a través de vuestros escritos e incluso silencios, los momentos de vuestras vidas que me dedicáis, miles de años tendría yo que vivir para agradecéroslo.

A los que profesáis el Credo Cristiano, os deseo FELIZ NAVIDAD y que el Niño Dios nazca cada día en vuestros corazones. A los que profesáis otros credos, mis respetos y que en estos días festivos aprovechéis para aumentar vuestra cuota de sonrisas. Ningún ser humano tiene capacidad de sonreír si su estado físico, anímico y de toda índole no es el que deseara tener. Sonreír es decirse uno a sí mismo y a los demás que su momento vivencial es óptimo.

EL CAMINANTE: EL TIEMPO TODO LO PONE EN SU SITIO.

Soberbio e indomable, ayer bajando de las montañas entonando canciones de guerra y gritos de muerte y destrucción, galopaba desbocado el Río de Magros. Desde lo alto de los montes los castrexos que un día se aposentaron a su vera, sabiendo de sus bondades, hoy, desde los espacios infinitos a donde el tiempo los regresó, siguen admirándolo y rindiéndole pleitesía. Después de mostrar su poder avasallador, viendo que su excitación no hace sino mostrar su fortaleza pasajera, prefiere lucir sus encantos, mostrándola a quien contemplarla quisiera, permitiendo a todos sus compañeros de habita luzcan su indiferencia a la bravura mostrada y aguarden pacientes su retorno compartiendo con ellos su generosa aportación al papel que el Eterno Poeta le asignó. Es el tiempo el juez de la equidad que con su parsimonioso o agitado discurrir, plasma la realidad de todo lo creado.

Desde los altos del Castro, sus habitantes, luminarios curiosos, contemplan su río y se ríen, recordando el ayer, cuando, como hoy se mostraba, amenazador para luego regalar sus impagables bondades, compartiendo con ellos fríos y estiajes. ¡Despierta Beariz y muestra al mundo tus incomparables montañas y ríos y así pueda reconocer tu infinita belleza.!

EL CAMINANTE: DIÁLOGOS EN VOZ BAJA.

Tengo costumbre de hablar en voz alta cuando me encuentro sin que en mi proximidad haya alguien. Si alguien me escuchare, podría pensar que hablo solo. Quien así pensara, incurriría en un craso error. No hablo solo, sino conmigo mismo. Es cierto que esas conversaciones las sostengo con los que no pueden transmitirme sonidos fonéticos como los que yo les envío, sin embargo, su lenguaje, para mí, es tan claro y tan fácil de interpretar, que no me cuesta ningún esfuerzo entenderlo. Algunos de mis fieles y sufridos seguidores recordarán que en etapas de mi vida, ésta, la vida, la compartí con tres amigas: Mi Sombra, Mi Soledad y Mi Rumia. Esta última debe su existencia a la calidad de los momentos vividos. Es sabido que los rumiantes, dan sentido a su nombre por el tiempo que dedican a esa necesaria labor: Rumiar. Sin embargo no lo podrían hacer si antes en el lugar donde se alimentaron, no lo hubieran hecho lo suficiente como para después que ameritase la rumia. Del mismo modo, la conversación con mi escogido interlocutor, no podría existir si antes no hubiera vivido situaciones que lo propiciasen. Hoy hablo con la leña que antes fue robusto y sufrido árbol como el que encabeza este escrito, al que llamo “Mi árbol doliente”. No se necesita dar explicaciones por el nombre que le aplico. Vientos huracanados, rayos inmisericordes y algún elemento más poco amistoso, se empeñaron en convertirlo en su víctima propiciatoria. Ayer, árbol sufriente o doliente, que ambas cosas fue, hoy leña en el hogar mitigando los fríos invernales.

Mi conversación no se limita solo a la contemplación de la montonera de leña que es hoy, recuerdo lo que ayer me regalaron, cuando a su lado disfruté de la refrescante sombra envolviendo mis sueños en tules de ilusiones y realidades. Apoyadas mis espaldas en su recio tronco disfruté de los trinos de aves y pajarillos que en ellos construyeron sus viviendas y dieron cumplida cuenta del mandato divino: “Creced y multiplicaos”. No sufro viéndolos en leña convertidos porque ellos y yo sabemos que somos caducos y eternos a la vez. Caducos en nuestro propios vivir y eternos en lo que a los demás proporcionamos. Eso y mucho más nos decimos y ambos los dos seguimos el camino inexorable de lo eterno que es nuestro postrer destino.

EL CAMINANTE: MANUEL BECERRA UN GALLEGO EN MADRID.

Port razones que en este momento no vienen al caso, en los tiempos que tenía mi residencia en Madrid, muchas veces pasé por la Plaza de Manuel Becerra y siempre pensé, a veces es mejor no hacerlo, que este señor habría sido un gran torero o, al menos, un hombre muy relacionado con el arte del toreo. Nada más lejos de la realidad. Manuel Becerra, es un prohombre gallego natural de Castro de Rey (Lugo) Y, si de algo es minoritario el pueblo gallego, es por no tener hombres que se hayan dedicado al arte de Cúchares. Solo un gallego llegó a matador de toros y a tomar la alternativa y ese fue Alfonso Cela Villeito, ( Celita ) por los principios del siglo XX. Cuando me enteré que Manuel Becerra era gallego, como yo, rápidamente intenté averiguar qué relación tenía mi paisano con el hecho de que los toreros, en la Plaza de Manuel Becerra se subieran a la calesa a las cinco de la tarde para que los llevara hasta la Plaza Monumental de las Ventas, los días que torearan. No diré que sufrí una gran desilusión, porque realmente no fue así, pero tampoco puedo negar que me hubiera hecho ilusión saber que Becerra, en lugar de haber sido un ilustrísimo destacado matemático, Ministro del Reinado de Amadeo de Saboya, de Alfonso Xll, destacado masón, Gran Maestre del Gran Oriente y un sin fin de cargos importantes más, hubiera sido un destacado maestro de la tauromaquia. De todos modos, desde este incomparable marco del pueblo de Beariz, mando a todos los hijos de Castro de Rey mi felicitación en el segundo centenario del nacimiento de su ilustre vecino que, con todo derecho, deben sentirse orgullosos de tenerlo por paisano.

EL CAMINANTE: BEARIZ SE VISTE DE PRIMERA COMUNIÓN.

La Madre Naturaleza quiso premiar en el día de hoy a su entrañable Beariz y lo vistió con sus mejores galas: El traje de Primera Comunión. Que nuestro pueblo es muy afortunado por su rico patrimonio, lo saben todos los que nos visitan. Somos poseedores de una orografía tan variopinta como bella. A tan poca distancia como estamos del mar, tenemos unas montañas que se elevan por encima de las nubes partiendo de cañadas profundas por donde discurren ríos y arroyuelos que bañan ubérrimas vegas en las que se crían racimos de los que exprimen los caldos que al mismo Baco, producen infinito placer. Criamos con maternales mimos al Niño Avia, educándolo con tanto agarimo que cuando llega al Ribeiro es un dechado de amor y ternura. En el terreno arqueológico, somo inmensamente ricos. Castros milenarios, que esperan pacientes, contarnos su pasado. Monumentos funerarios de miles de siglos, que duermen el sueño de lo eterno, jalonan nuestros ancestrales caminos, para mostrar a las gentes de otros pagos, que cruzan por estas tierras, que aquí se cuida a los vivos y se respeta a los que viajan al más allá. Por nuestras tierras discurre el Camino que otrora utilizaban arrieiros hacia la Capital del Norte. Esa calzada romana, guerrera y comercial, mostró al avispado portugués la ruta para visitar la tumba del Hijo del Trueno, el Apóstol Santiago. Muchísimos años después, los hijos de aquellos esforzados, convierten esas sendas y calzadas en caminos de conocimiento de sus propias tierras y de las del país hermano, haciendo un peregrinaje que enriquece de cultura y humanidad por donde quiera que pasen. Hoy El Camino de la Geira y de los Arrieiros (Caminho da Geira e dos Arrieiros) es un cordón umbilical entre Portugal y España, modelo de cultura, armonía y hermandad. Braga y Santiago hacía muchos años que nos se susurraban cuitas de buena hermandad como lo hacen en el día de hoy. Llenaría páginas sin límites hablando de las bondades del Beariz de mis entretelas, pero otros quehaceres reclaman mi presencia. Pronto habrá un momento más propicio. Buenas noches.

EL CAMINANTE:JUEGOS POCO EJEMPLARES

Los fríos otoñales comenzaban a reunir a las familias en torno al calor del lar. Los mozuelos y niños ya mayorcitos, también buscaban su lugar de reunión. Como no tenían cabida junto a los mayores, buscaban sus propios ámbitos en los atardeceres sin lluvia. El frío obligaba a buscar rincones donde, al menos el viento, no tuviera entrada libre. Además era necesario encender lumbre para calentarse. Leña no había, se necesitaba para las casas. Las únicas fuentes de calor, eran las cocinas, tanto para hacer la comida como para mantener la temperatura del hogar. Los rapaces de la aldea de la Forja, a la sazón había decenas de ellos entre ocho y quince años, tenían un lugar de encuentro al abrigo de los muros de la Alameda de La Porteliña. Además de que el muro propiciara su resguardo, en el camino que bordeaba la pared, se acumulaba muchísima hojarasca de robles y eucaliptos, dado que en dicha alameda había muchos árboles. Siempre nos mandaban a los pequeños a realizar el trabajo. Para combatir el frío, tardábamos nada y menos en conformar un montón del preciado combustible y al amor de la lumbre nos reuníamos todos. Allí se pasaban las horas contándose todos los aconteceres de la jornada, adobados con los comentarios propios de las vivencias de sus juveniles años. Los pequeños solo podíamos escuchar, no teníamos ni voz ni voto. Con frecuencia había algún descerebrado que tenía una ocurrencia peregrina, tan peregrina como poco afortunada. Fui víctima de una de ellas. A decir verdad, yo no era habitual en aquellas reuniones. Una de las veces que se me ocurrió asistir, andaría por los ocho años, fui víctima de esas felonías. No sé a cual de los mayores se le ocurrió ponernos a pelear a Emilio Rodriguez, un año mayor que yo, y a mí. Emilio era muy amigo mío y ninguno de los dos teníamos razón alguna para liarnos a tortazos, pero uno de aquellos retorcidos energúmenos nos incitó de tal manera que le hicimos caso. Bueno, yo no, pero Emilio sí que aceptó. Nunca fui gallo de pelea ni tenía cualidades para ejercerlo. El resultado es que Emilio no se debía haber cortado las uñas desde hacía algún tiempo, porque dejó mi cara como la de un Santo Cristo. Sangrando, con la cara toda arañada, como si me hubiera peleado con un jauría de gatos me fui a mi casa donde mi madre se dedicó a restañar mis maltrechas mejillas. El recuerdo de este, nada agradable momento, acaecido hace unos setenta y seis años, se lo dedico a mi entrañable compañero de escuela y amigo, Emilio que, dos años después, murió por el derrumbe del tejado de su casa. No guardo rencor ni a él ni a los promotores de los combates. Eran otros tiempos, no había diversiones ni lugares donde reunirse y en la edad difícil de la pubertad creaban situaciones que hoy nos pueden parecer totalmente absurdas y que entonces eran una razón, un tanto asilvestrada, de manifestar ciertas actitudes. Nunca en las pocas veces que asistí a las reuniones vespertinas de los muchachos de la aldea, escuché palabras soeces ni groserías de ningún tipo. Cuando la campana grande de la torre de la iglesia daba la señal de las ocho, todos los reunidos, con la ropa apestando a humo nos despedíamos de la lumbre y retornábamos a nuestras casas. Las ocho campanadas eran la orden inexcusable que todos cumplíamos a rajatabla. ¡Qué diferencia de tiempos!

EL CAMINANTE: UN CUARTO DE SIGLO.

Hola Dani: Felicitaciones por este cuarto de siglo viviendo en el corazón de los que te queremos. Tristes de nosotros si no pensáramos que después de este breve caminar por esta contaminada tierra, no tuviéramos una eternidad sumergidos en la Luz. Nos sucedería lo mismo que el gran jamón que había detrás de la silla donde tú te sentabas. ¿Te acuerdas de lo grande que era aquel jamón de poco Celta de tres años? Pues ya ves lo que falta para que se agote. Así nos sucedería a nosotros si no hubiera otro mundo sin límite de tiempo. Siempre gozosos y felices en la Luz. Para que te rías un poco te contaré alguna cosilla de tu padre. Ya sabes que se ha jubilado, pues bien, tan jubiloso está que ahora trabaja más que nunca. No para, siempre tiene alguna ocupación, aunque tú y yo sabemos muy bien que algunas son para disimular. Como buen padre os quiere mucho a los tres, pero como tú no lo necesitas, al pobre Juan lo trae de cabeza. Eso es lo que quiere aparentar, porque yo sé muy bien que en Juan viven dos personas, una que se llama Daniel y otra que lleva el mismo nombre que el más joven de los Apóstoles. No hay momento que compartamos sin que tú salgas a colación. Te ponemos como ejemplo de joven valiente, porque lo eres querido amigo. Aunque suene reiterativo, no puedo olvidar aquella vez que le dijiste a tu mamá en un reproche que ella le hizo a la vida: “Mamá, ¿pero tú qué esperas”? Sabías que te ibas a la Luz y eras tú el que nos dabas ánimos a los demás. Eso solo lo hacen las personas grandes de espíritu como tú lo eres. A tu abuelo Alfredo, antes de que se encerrara en casa, por no sé qué motivo, lo encontramos con su perro, por ahí, en medio del monte. Siempre tiene una sonrisa para regalar. ¿Has visto que te digo “encontramos”? Es porque ya no voy solo a caminar, pero eso te lo contaré en otra ocasión. Ah, he tomado tu nombre para un personaje de la próxima novela. El protagonista se llama Daniel Prado López. Es un tío muy valiente y buena persona. Confío que no te enfades. Querido y entrañable amigo, reitero mi felicitación de esos veinticinco años y añado un ruego que confío me concederás: No dejes ni un segundo, de ser mi valedor ante la Luz. Cuando ella me sumerja en Infinito resplandor, quiero estar contigo. Te quiero CAMPEÓN.

EL CAMINANTE: LAS PULGAS SEGUÍAN VIVAS.

Hace muchos años. Allá por la década de los setenta, vivíamos en Sevilla. Entre mis múltiples aficiones estaba la de la caza. En cuanto tenía la oportunidad, con mi escopeta y mi perra, al igual mi padre, nunca quise tener perro, por aquello de la confusión de …”es el perro de Balboa…” y no saber a quién se referían, me marchaba al monte. Con ello cumplía varios quehaceres, ejercicio, ver trabajar a mi perra Morita y llevar alguna pieza para cambiar los menús que preparaba mi esposa. Que por cierto, cocinaba maravillosamente bien. Un día me invitaron a una cacería en una finca situada en el término municipal de El Garrobo. El dueño nos pidió que si veíamos algún zorro, que le disparásemos, ya que abundaban tanto que no dejaban un perdigón o conejo en el monte. Al asomar en una vaguada, salió corriendo al otro lado un zorro, a mucha distancia, pero por aquello de darle gusto al gatillo le disparé. Tan mala suerte tuvo el pobre raposo que uno de esos perdigones guía, que nunca se sabe hasta dónde pueden alcanzar, le dio en la cabeza. Anduvo unos metros más y se cayó redondo. Como me hacía ilusión que me confeccionaran un gorro como el de Davi Crockett, pedí que lo cargaran en mi coche y me lo llevé a casa. Al día siguiente le dije a mi esposa lo que tenía en el maletero del coche y fue tal la regañina que me echó que, para evitar males mayores, le pedí a mi hija Beatriz y a Toñi, una amiguita suya, que siempre estaba en casa, que bajaran al garaje y se llevaran el zorro a un solar que había no muy lejos de donde vivíamos. Se me quedaron mirando, sin pronunciar palabra, aunque sus ojos lo decían todo. Saqué cien pesetas del bolsillo y se fueron corriendo locas de alegría a cumplir el encargo. Al poco tiempo se presentan las dos chillando y rascándose como poseídas del Demonio. Su madre les preguntó la razón de aquel desasosiego. Las niñas que por entonces debían andar por los trece y quince años, señalaban sus cuerpos. Fue entonces cuando María del Pilar, se dio cuenta que la ropa de las jóvenes breaban de pulgas que se las comían. El zorro estaba muerto pero sus pulgas seguían entre su pelaje hasta que encontraron la sangre joven y cálida de Toñi y Beatriz no lo abandonaron. Han pasado unos cuarenta y cinco años y hasta hoy, tanto Toñi, felizmente casada con Manuel Candedo, viviendo en México y Beatriz, esposa de Carlos López, en Madrid, si las quiero sentir rascarse y saltar, solo tengo que recordarles el zorro que traje de las Pajanosas. Fueron las cien pesetas más saltarinas que gasté en mi vida.

EL CAMINANTE: MÁS SOBRE MI GALLO.

Ante ciertos comentarios vertidos sobre mi gallo, en lo que publiqué sobre él, me encuentro en la obligación para descubrir algunos otros detalles que le identifican como un animal un tanto especial. Es cierto que su canto no puede identificarse con el de Plácido Domingo, sin embargo se esfuerza mucho en mejorarlo. Arranca muy bien y así continua hasta la mitad del “cocoro… y es ahí, en ese especial quiebro que los gallos jóvenes imprimen al cántico de su despertar mañanero, donde no puede completar. Cupe, en ese momento tendría que mantener la nota alta, pero, ignoro la razón, pierde fuerza y remata de forma algo plañidera. No es que me preocupe esa incapacidad para rematar bien esa muestra de alegría, sin embargo, no puedo ocultar la tristeza de pensar si será la edad la que tal falta de ímpetu se denuncia en ese postrer envite. Hay otra situación que, vista desde una perspectiva nada cercana, me resulta muy divertida. Esa diversión se disipa cuando la objetividad desaparece y la afinidad se halla en el piélago de tus ojos. ¿ Que cual es? Os la muestro. Por la mañana les abro el portón de su pazo que mide treinta centímetros de largo por otros tantos de alto, aparece mi gallo sacando pecho. Bate las alas con una fuerza increíble y espera a sus tres damas. Cuando Filomena, Cirila y Nicasia salen al exterior, Cupe se dirige a la más próxima, abre con fuerza el ala derecha y golpea el suelo con la pata del mismo lado. Si la moza no le hace caso, va en busca de la siguiente. Si la actitud de ésta es similar a la anterior intenta conseguir algo de la tercera. Cuando la última requerida tampoco accede a sus deseos, se va corriendo al comedero y sin resquemor alguno por las negativas obtenidas intenta consolarse llenando su buche con el suculento desayuno que el ama puso a su disposición. Lo observo con detenimiento y deduzco, convencido de no equivocarme demasiado, que Cupe más que molesto, porque sus pollitas no aceptaran sus requerimientos, se siente liberado y piensa, si es que los gallos pueden pensar: Otro momento más propicio habrá.