UN MOMENTO EN MI VERDAD

Ahora le quedan pocas horas al año 2015, el espíritu está proclive a realizar algún pequeño balance de tiempos pasados. Mi mente se fue al momento que le escribí a mi Esposa algo que hoy quiero reiterarle. Sí, Amor. Después de 10 años de tu partida, no ha decrecido en nada el amor que siento por t. Por el contrario, cada vez te amo más conscientemente y con más intensidad. Tengo que aclararte algo. Ya no son 7 nietos, son 9. Después de marcharte vinieron Jacobo y Manuel. Y se les quiere igual. El amor llega pra todos, porque cuanto más das más tienes. Te amo y te amaré toda la eternidad.

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Muchas veces he cogido la pluma entre mis dedos y he cantado a la vida, en sus múltiples vertientes, pero nunca, como hoy, he sido tan sincero conmigo mismo.

Esta noche gélida, cuando dos mil seis comienza a dar sus primeros pasos, mientras la lluvia repiquetea con monorrítmica insistencia sobre los cristales de mis ventanas, he sentido en mi alma la necesidad imperiosa de decirte amor, todo lo que siento por ti y todo lo que llevo sintiendo desde hace muchos, muchos años, tantos que estoy por pensar que se remonta al principio de los tiempos, donde comienzan mis quereres.

Con qué frescura asoman a la ventana abierta de mis recuerdos, aquel día en que por primera vez, te vi bajar del coche de Eloy, “El Coche de las Cinco”.

Aún eras una niña, sin embargo yo, ya zagal y descarado, te seguí con admiración mal contenida, con malévola insistencia, y es que tú ibas tan luminosa, tan radiante,  con tu falda en forma de campana, apoyada en un “can-can” que hacías revolotear con el garbo que el paso de los años convirtió en sobria elegancia, que era muy difícil quedarse indiferente.

Tocabas tu cabeza con una espléndida pamela, color rosa, que transmitía a tu cara un arrebol juvenil que hacía resaltar, aún más, tu incipiente y exuberante juventud.

Subiste por la calle Don Silvino Real Martínez y con tal donaire movías tu cuerpo, que suspiré, no entendí entonces aquel suspiro,  pero si sé que fue profundo y sincero.

Pasaron algunos años y parece, según tu misma me confesaste,, que, en algún momento nuestras vidas se cruzaron pero yo, sin embargo, necio de mí, no supe nada de ti, hasta que un día, ya mozuela y tremendamente impactante, nos encontramos en la ribera del río Tajo.

Nunca sabré si los motivos que te indujeron a no sentarte en aquella orilla, a la  sombra de un sauce frondoso, luego sabría que era tu árbol favorito, fueron los que tú manifestaste o realmente estaba en el interés de no compartir aquellos momentos con nadie y hacerlos íntimamente nuestros.. Cualesquiera que fueran las razones, siempre me ha gustado pensar que eran estas últimas y por ello te lo agradecí desde lo más profundo de mi ser.

Lo cierto es que aquel atardecer terminamos en el baile de La Tía Laura. Te invité a salir a la pista y no aceptaste. Es muy posible, creo   podría asegurarlo que, en esa negativa, estuviera el germen que prendió en nuestros corazones, convirtiendo un NO juvenil, en una promesa eterna de amor profundo y continuado.

Al día siguiente me desperté como si algo importante me fuera suceder, hasta madrugué. El azul del cielo era más azul, más brillante, el color de la mies en las besanas era más dorado, el arrullo de las palomas sonaba con más ternura, y las flores, siempre bellas, esta mañana lo parecían más. Hice un pequeño ramillete para darte los buenos días con él y ofrecértelo antes de que regresaras a tu pueblo. ¡Qué gracioso! Me faltó valentía para dártelo. Sentí vergüenza, yo, que tenía fama de atrevido, no tuve valor para regalarte un ramo de flores que con tanto cariño había recogido para ti. Terminó en el Camerino de La Virgen de Alarilla.

En compensación nos pasamos horas y más horas hablando. ¿De qué? No tengo ni la más remota idea. Nunca he conseguido recordarlo. Lo que sí guardo en mi memoria es que fueron unos momentos muy bellos. Creo que aquel fue realmente el día en que me enamoré de ti. Y, aunque después hubo un largo paréntesis de silencio, sigo pensando que, ciertamente,  aquel fue el día de la sementera. Eso es. Ocurrió al igual que con los sembradores, que echan la semilla a la tierra, luego élla pasa allí un tiempo y después nace, crece y da fruto. Con certeza que fue así.

Cuando pasado ese tiempo nos volvimos a encontrar, las cosas discurrieron con más naturalidad, pero no menos bellas, por el contrario, todo comenzó a teñirse con tonos de ilusión, sumergida en la desbordante juventud que henchía nuestras vidas, y que aún hoy, menos jóvenes, sigue llenando.

Recuerdo aquella tarde que te fui buscar a tu casa. Eran las fiestas de Tarancón. Mes de Septiembre, año de….. qué más da.

Te estaba esperando en el fondo de la escalera.  Mis ojos fijos mirando hacia arriba para ver cuando asomabas. Y de pronto apareciste allí, en lo alto de aquel rellano que tenía detrás un ventanal por donde entraba la luz a raudales. Tu lo llenabas todo, la luz solo orlaba tu figura. Linda, exuberante, sensual, majestuosa, con auténticos aires de Princesa, aunque en aquel momento mi corazón te nombró su Reina indestronable.

Llevabas un vestido de volantes, con un corpiño muy ceñido que hacía resaltar más tus proporcionados senos.

A pesar de la admiración que me embargaba, lo recuerdo con nítida claridad.

Sus motivo ornamentales eran muy sugerentes y vistosos,  propios de su país de origen,  ya que te lo había traido tu hermana de Guinea Continental.

Piñas, bananas y una gama infinita de frutas y plantas tropicales, maravillosamente conjugados. Pero yo no veía más que tu imponente figura, sustentada sobre unos zapatos negros que te realzaban aún más, si ello fuera posible,  bajar con aquel porte juvenil, desbordante, arrollador,  sonriéndome y sonriendo, al ver la cara de bobo que debía poner al contemplarte.

Yo embobado y tú disfrutándolo, una situación, hasta entonces nueva, y que después se convirtió en una constante en nuestra existencia.

Empezamos a conocernos mejor, aunque mas bien pienso que comenzamos a disfrutar mutuamente de nuestra compañía. Porque ¿ Qué es conocerse? Para ello hay que cumplir muchas premisas insoslayables: Tolerancia, respeto, permisibilidad, coherencia y otras.

Cada segundo de una vida exige un comportamiento determinado,  ajustado a ese preciso momento y siempre renovado y diferente.

 

No existe un estudio previo ni unas normas preestablecidas para actitudes de comportamientos humanos en las relaciones de pareja, sino  el respeto y el amor, únicos manantiales donde fluyen todos los demás que alimentan el vivir de un matrimonio.

Hay que descubrirse, uno al otro, cada día, cada momento y en ese descubrirse, cimentar la base de nuestra conducta y apoyada siempre en  los dos pilares ya mencionados, el amor y el respeto., sin dejar paso a la plena creencia del total conocimiento ya que en ese preciso instante, comenzarían a tomar posición de señorío  la rutina y con ella la vulgaridad.

Tal vez por eso y por si se nos apaga la capacidad creativa, hemos puesto en lo actos de interpretar la vida,  tan variada escenografía.

Seiscientas  treinta y dos pesetas era nuestro patrimonio económico aquel diez y seis de Agosto de mil novecientos sesenta y dos, en que sellamos nuestro compromiso en el Altar, ante Dios y ante los hombres. Poco más de seis cientas pesetas y no cobrábamos hasta el día dos. No recuerdo si nos llegó o no el dinero hasta final de mes. Lo cierto es que comimos todos los días y no echamos  nada a faltar. Y los dos sabemos muy bien porqué. Era muy sencillo, nuestras ambiciones estaban en el límite de nuestras posibilidades y no  el conformismo, sí la capacidad de conocer nuestras propias limitaciones, ha de marcar la pauta de nuestras exigencias. Eso creo que elevó enormemente el listón de nuestra felicidad, porque nunca pretendimos nada que estuviera fuera de nuestro alcance. De ahí que la vida no nos negara aquello que le pedimos, jamás hubo en nuestras peticiones nada inalcanzable.

Es posible que esa situación estuviera también cimentada en lo que siempre hemos dado en llamar Providencia, a la que otros llaman destino, azar, casualidad o suerte fortuita. En nuestras mentes nunca tuvo asiento  de realeza la casuística.

Será amor, que tiene razón El Mensaje cuando dice “Ved  las avecillas del cielo y los lirios del campo…..” Tal vez y sin tal vez, amor, que ni uno solo de nuestros cabellos se caería si El no lo permitiera.

No fue muy fácil, pero tampoco tan difícil, nuestro inicio en aquella etapa. Pagamos el justo precio a nuestra juventud e inexperiencia. Seguro que dirás, cuando leas estas líneas: Te ibas de caza, al trabajo o donde se te antojara y yo….

Una pequeña sombra en la meridiana manera que tuvimos de entender la vida. Y élla, la vida, comenzó a tener aún más sentido, cuando pasados once meses, se llenó nuestra cuna azul, la ropa azul, los pensamientos azules, los deseos, por supuesto, azules, con aquella cosita rara, aquella niña bonita como un sueño de primavera, con  carita de luna  llena y ojos redondos como platos, hambrientos de verlo todo desde el momento de nacer. Hoy sé porqué deseaba almacenar tanta luz. Por algo el tiempo la convirtió en mi parte luminosa.

Luego otra, si cabe más linda, y luego otro, el Persa,  el que vino cruzando los etereos espacios cabalgando sobre la roja alfombra de la ilusión hasta ser depositado, no sin grandes riesgos y esfuerzos por tu parte, en la Travesera de las Corts, junto al viejo Campo del Barcelona, un veinticinco de Diciembre. Hasta el día que escogió para venir fue especial. Y luego otra, con palillos en las manos y vestida con bata de cola y bailando por sevillanas. Y se nos llenó la cara y se nos llenó el cuerpo de cosas bellas. Cuatro hijos, cuatro, que valen cada uno de ellos por todo un mundo. Un mundo que desde siempre se nos hizo pequeño y que recorrimos con ellos de extremo a extremo y que ahora ya recorremos solos, sin ninguno, sin pereza, sin prejuicios, en nuestra madurez, emulando a Machado “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Pero siempre viviendo el lunes antes del martes y llenando cada día el compartimento correspondiente de nuestras alforjas, porque estamos convencidos que no se repite la ocasión perdida.

Dicen los papeles que el mundo está lleno de fronteras. Fronteras físicas y dialécticas, morales y sociales y psicológicas. ¿ Dónde estarán?  ¿No será más bien que las personas se dedican a construirlas en torno a su propia existencia?.

En nuestro discurrir juntos me enseñaste muchas cosas, me enseñaste a utilizar parcelas de la vida que yo nunca había utilizado, en siembras que redundara en beneficio del cotidiano vivir.

Supiste enamorarte de lo desconocido solo por el placer que a mí me reportaba tal actitud

Fuiste cediendo siempre en tus anhelos, pagando un canon, en razón de algo que tú nunca tenías que pagar.

Tú Castellana enamorada de tus tierras de ocre y siena,  de mares infinitos de doradas mieses de tonos indescriptibles, de colinas que semejan mujeres preñadas y de turgentes senos.

Tú, enamorada de agostados rastrojos y pardos barbechos, te enamoraste de mi verde Galicia, solo por el placer que  te producía verme a mí, felizmente enamorado.

Y no solo. Además supiste enamorar a sus gentes, haciendo tuyos sus gustos y costumbres y así te aceptaron sin reservas ni fisuras.

Impregnaste nuestro mundo, tu mundo, que hiciste nuestro,  de colores, sabores y olores que son patrimonio de entender la vida, contagiosa y aleccionadora.

Casa, ropas, comidas, muebles, tienen los gustos de cada uno, pero en el ambiente flotas tú,  en el estilo, en el toque mágico,  en la sutil sugerencia enseñada y no manifestada.

No imprimiste, ello  sería imposición, pero sí creaste escuela de respeto, dentro de unas normas de amor a la libertad, patrimonio que cada uno de los miembros de la familia ue hemos constituido,  amamos con infinito ardor, dentro de nuestras propias limitaciones.

Desaparecieron las lindes y en las parcelas de nuestro amor entraron, con savia nueva, gentes dispares y no concordantes con nuestra forma de entender maneras de actuar.

Entraron y su sintonía es rayana con la perfección. Y trajeron consigo un bagaje rico en vivencias que van acrecentando el patrimonio ya existente.

La prudencia, la sobriedad, la inteligencia, la tolerancia, el respeto y sobre todo el mor que manifestaban en su acercamiento,  les hacía acreedores a nuestra más profunda predisposición.

Cuando nuestros corazones ya estaban repletos de amor, fatua creencia, y pensábamos que no podía caber nada más, aparecieron en nuestras vidas, uno detrás de otro, y cada uno  con sus serones repletos de amores, Diego, el deseado, Pablo, el carismático, Adrián, el meloso, Rodrigo, el gracioso, Alejandro, el querubín y para completar la serie, de momento, nuestra anhelada Coletas. Y en los pliegues no descubiertos, no utilizados de nuestras ilusiones, entraron como entra el dueño en su casa, sin llamar, con la naturalidad por estandarte y el amor como leyenda.

Y una vez más le encontramos a la vida una nueva dimensión y comenzaron a estirarse los pliegues de los quereres y se nos salen los amores por los ojos y “La Abuelita Barbi” intenta  no reir demasiado para que las arrugas no orlen  su cara y su juventud sea perenne.

Hoy, cuando el pelo blanco tomó posesión de nuestras cabezas, siguen nuestros corazones rejuveneciéndose con las ilusionantes vivencias de cada día.

Están lejanos, en el tiempo y en el espacio, aquellos momentos en que caminábamos por las calles de Madrid, hacíamos proyectos asentados únicamente en el amor. He dicho únicamente, ¿ Habrá soporte más consistente que el amor para cimentar las ilusiones de futuro de dos seres enamorados? Con toda seguridad que no.

Amor, cuando hagamos ,un día balance de nuestro deber y haber, será bello contemplar que fue ese y no otra, la energía que movió nuestra fuerza motriz.

Qué razón tenía el sabio cuando dijo “Amor omnia vincit” Porque él y solo él, allana obstáculos, construye puentes, aplaca montañas y une corazones.

Ningún proyecto puede llegar a feliz término si no está calculado con las tablas del respeto y del amor.

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