“…PERO HABERLAS HAILAS”

img-20180911-wa00085729470389555029194.jpgYa el sol se había cansado de subir y bajaba bastante rápido a su lecho, para descansar. Salí con ánimos renovados con el fin de realizar mi acostumbrada caminata, cuando a pasar “A Revolta”, me dí de bruces con mi amigo y vecino, Julio Janeiro. Julio lo fue casi todo en este mundo que le tocó vivir. Después de unas vivencias propias de la aldea, siendo aún muy joven, ejerció el oficio de panadero y según iba cumpliendo los años iba aumentando sus actividades. Corredor de maderas, aserrador, practicante (ahora ATS) director de banco, apicultor y un sin fin de profesiones más queocuparían todo el dina cuatro de mi ordenador. Entre todas esas cosas, Julio es, además, un buen conversador y como se te ocurra darle pie para iniciar cualquier tema, despídete de todo el programa que hayas podido hacerte, porque no lo cumplirás. Y lo bueno, es que la mayoría de las veces, por no decir siempre, a su lado se aprende mucho. Me salió una pequeña mancha en la sien izquierda y le faltó tiempo para darme el remedio que la hiciera desaparecer. Me dijo que cogiera una hierba llamada “Celedonia”    la cortara y con el jugo que suelta, rociara la mancha. Me eché a reir. No se molestó por ello. Y comenzó como siempre que le das la oportunidad de hacerlo. Ya lo dije al principio. “Mira, un día, cuando ejercía mi profesión de Sanitario o de Practicante, me llamó el Médico que entonces teníamos en Beariz y me dijo que teníaque hacerle unas curas a Don Manuel, el Cura. Que le había visitado, pero que visto el mal que tenía, poco podía hcer él como Médico, que yo le visitaría y le haría el tratamiento pertinente para curarlo. Dicho y hecho. Me fui a casa de Don Manuel y le dije lo que el Doctor me había sugerido. El buen Cura me agradeció mi presencia y mi disposición a curar sus posibles males. Me invitó a pasar a su habitación y se bajó los pantalones. Lo que aquel hombre tenía en sus glúteos, muslos y entrepiernas, no es para describir. Una pura llaga. Lo primero que le pregunté, ante lo que estaba viendo, fue si él había depuesto fuera de casa. Su respuesta fue inmediata. Me dijo que hacía unos días tuvo un apretón y no pudo resistirse. Paró el coche y se metió entre la maleza para vaciar su inquieto vientre. Que había mucha hierba que le invitaba para hacerlo. No pude sino decirle que, con mucho sentimiento por mi parte, el remedio para subsanar lo que él tenía, tampoco estaba en mis manos. Era necesario recurrir a una persona, concretamente, eso tenía que solucionarlo Salustiana (Nombre cambiado por respeto a la persona cuyos hijos están entre nosotros). Ella tiene los poderes que pueden curarla. Es necesario que ella lo vea y ponga los remedios adecuados. Don Manuel abrió los ojos que parecían salírsele de las órbitas, al mismo tiempo que contrariado y gritando como un energúmeno, me dijo que de ninguna manera. Esa mujer no podía curarlo, ni él quería ni ella, seguro ue tampoco. Que no se podían ver ni en pintura. Me costó mucho convencerlo para que yo pudiera hablar con Salustiana y ver si ella accedía a poner los medios para curar aquel cuerpo maltrecho. De no ser así, le auguraba un triste desenlace. Después de un buen rato conseguí que me permitiera hablar con la señora de los “poderes especiales”. Luego tuve que visitarla yo para ver si ella, que no tenía mejor querencia hacia el cura de la que éste sentía por ella, estaba dispuesta a poner sus “poderes” para curar al viejo cura. La batalla dialéctica fue muy similar a la que mantuve con el abade. Por fin conseguí arrancarle el deseado sí. La preparé  haciéndole saber lo que se iba a encontrar y que demostrara la máxima naturalidad. Me lo contaba Salustiana misma, que se quedó de piedra cuando contempló las llagas que aquel viejo cuerpo tenía. Inmediatamente le diagnosticó, sin que él abriera la boca. Le dijo que él había depuesto en el campo, donde había maleza de unas determinadas peculiaridades. Que entre esa maleza había una salamandra (“pinta” en gallego)  justo en el lugar donde había caido su excremento. El animalito al sentirse molestado por lo que le vino encima le escucpió su veneno y eso era lo que le había producido tal deterioro cutáneo. Que tenía que estar durante 15 días con un tratamiento que ella le preparó con hierbas que ella misma recogía. Todos los días iba la buena de Salustiana ha realizarle las curas y antes de una semana, para sorpresa de todos, los buenos oficios y los poderes sobrenaturales de la otrora mala vecina, puso al viejo cura a caminar con normalidad. Desde aquel momento, Don Manuel y Salustiana fueron dos buenos amigos. Eso sí, el burro en la linde. El con su credo y ella con sus podres paranormales.

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