EL CAMINANTE COMPARTE UN MOMENTO IMBORRABLE

img_20191111_1437504248109002761386721736.jpgAyer, día 11 de Noviembre del año 2019, asistí a un acto en que tuve el inmenso placer y honor de conocer a un hombre irrepetible: Alfonso Sobrado Palomares. Entre los dos sumamos 167 primaveras, otros tantos veranos, los mismos otoños y con diferencia de minutos iguales inviernos. Se le premiaba con toda justicia con el título OURENSANÍA 2019. Su prestancia en el escenario, lo llenaba todo. Su dicción galaica perfecta y la narración de alguna de sus infinitas anécdotas, para ser grabadas con caracteres diamantinos. Solo narraré una con la que dejó al descubierto su arrojo, su olfato periodístico y sobre todo su calidad humana, capaz de domar leones solo con la mirada. Es preceptivo decir que nació en una aldea próxima a la Ribeira Sacra, en la provincia de Orense., O sea, un aldeano más. Solo un apunte, mencionando uno de los pequeños cargos que desempeñó: Director General de la Agencia EFE,  con más de 3000 periodistas a su cargo, repartidos por todo el mundo. Vamos a la anécdota de Argelia.

Destinado en el país norafricano cuando Argelia terminaba de emanciparse de la Metrópoli, le destinaron para que informara de lo que allí acontecía. Habiendo nacido en el 1935 y esto sucedía en la década de los 50, no hace falta decir que estaba viviendo los primeros años de su exuberante juventud.

Un día se levantó con la sana intención de hacerle una entrevista al recién nombrado presidente Ahmed Ben Bella en el año 1963. Cuando hizo el comentario ante compañeros del oficio, estos se echaron a reír. Alguno de los veteranos y muy considerado llevaba tiempo esperando la ocasión y nada conseguía. Legó a comentárselo al embajador de España en Argel. La respuesta fue idéntica: imposible llegar a Ben Bella.

Un día, estando en una cafetería, entró el embajador español y a título de curiosidad le comentó: “¿qué hace aquí el periodista en el momento que el presidente Ben Bella está dando una conferencia de prensa.? No pagó ni el café. Agarró un taxi y se fue al palacio presidencial. Al llegar a la entrada, los ocho guardias que había en la puerta, le saludaron militarmente y le franquearon el paso sin cumplir ningún signo de identificación. En el recorrido hasta el palacio, todos los guardias que flanqueaban el trayecto le saludaban a su paso del mismo modo que lo hicieran los de la entrada. Y así llegó hasta entrar en los salones de palacio. Estando en uno de ellos, muy amplio, escuchó voces en otro adyacente al que daba paso una puerta medio entornada. Hasta allí se llegó, entrando sin ningún problema. Se quedó algo sorprendido con aquello que él creía era una conferencia del presidente, viéndole a él rodeado de militares todos rigurosamente  uniformados. Justo delante de Ben Bella había una silla vacía y en ella se fue a tomar asiento. Al instante, el militar que estaba a su derecha, le preguntó en árabe que quién era. Nuestro hombre le dijo que no entendía y entonces la pregunta se la formuló en francés y Alfonso le respondió identificándose. La respuesta hizo reir a todos los presentes y el militar que le hiciera la pregunta, le invitó a que se retirara, que aquello no era ninguna conferencia de prensa, sino un consejo superior militar del gobierno de la nación. Obediente, el periodista se marchó y al llegar al salón contiguo observó que no había más puertas que la que él utilizó para entrar. Pensó que el presidente tendría que salir por ella y decidió esperar. Tal cual pensó, sucedieron los hechos. Al verle el presidente, se dirigió a él sonriendo y le preguntó qué planes tenía para aquella noche. Le contestó que ninguno. Entonces Ben Bella le llevó hasta el centro de la ciudad y le invitó a cenar con él. Así lo hizo y aquel día Alfonso Sobrado Palomares, no solo entrevisto al presidente Ahmed Ben Bella, sino que, además escribió una inolvidable página de su polifacética vida que jamás olvidaría. Pero todo ello, ¿por qué sucedió así? Sencillamente porque su parecido físico con el jefe del espionaje del FLN era tal que, todos los guardias creyeron que era él.

El hecho, por sí mismo es aleccionador, escucharlo de su boca es  un regalo impagable. Cuando me despedí de él, no pude por menos que decirle, en un gesto de auténtica y espontánea sinceridad: “Gracias, Alfonso, si no te hubiera conocido y compartido contigo esta tarde, mi vida sería incompleta. Gracias una vez más” Nos abrazamos y prometimos volver a regalarnos mutuamente, algunos momentos más.

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