
En una de mis novelas figura el título: LA FUERZA DE LOS HELECHOS. En ella establezco un paralelismo entre esa humilde y prolífera planta de nuestros montes y la mujer. El helecho, como se puede observar en las fotografías que se adjuntan es en apariencia tan débil como vulnerable. En su proceso vital es perenne, nace en la primavera y se agosta al principio del otoño. En los montes gallegos es abundantísima y nace en los lugares más insospechados. Tanto es así que en lo arcenes de las carreteras donde hay una capa más o menos gruesa compuesta de grava, arena y alquitrán, todo ello duramente compactado, es frecuente ver a los helechos que después de romper esa capa de hormigón asfáltico salen y crecen dando colorido al negro pavimento. Y, si tienes la osadía de comprobar la consistencia de su punta de lanza, verás que es un mínimo rizo vegetal que, con solo intentes comprobar su textura se deshace.

Que mi respeto y admiración por la mujer no tiene límites, lo confieso y mantengo contra viento y marea. Ella es, para mí, el sujeto de todo lo existente. Con su ternura, su sensibilidad, su saber estar, su capacidad de sufrimiento, su tesón para vencer todos los obstáculos que se le presenten refrendan todo lo que se pueda decir de ella. Y, para colmo gozan del don de engendrar vida. ¿Habrá mayor acontecimiento que ese?