LA MALDICION DE LAGO

 

LA MALDICION DE LAGO

 

 

El Otoño está inusualmente seco. En nada se parece a sus hermanos de años anteriores.

Las mañanas y los atardeceres son fríos, al igual que las noches, pero durante las horas centrales del día, el sol calienta y al resguardo de cualquier pared, se está de maravilla. Los árboles caduciformes, aún tienen la hoja verde en estos días próximos a la Navidad. El colorido del bosque es tan variopinto como impresionante.

Quedan atrás las duras jornadas de Africa, con los pies lacerados después de largas jornadas por las arenas del desierto. el ajetreo propio de los incómodos viajes y, sobre todo, el peso de los años, todo hay que decirlo. Se impone  la necesidad perentoria de buscar unos días para relajarse.

Hay quien dice de él, que es un hombre “suertudo”, y, aparte consideraciones que no vienen al caso, debe  ser cierto.

Recorriendo la vera del Río Miño, pasado ya Orense, camino del Sur, llegó al pueblo de Razamonde. Los pocos atractivos del  alargado casco urbano,  no llamaron su atención, si no fuera por un letrero de reducidas dimensiones que reza, encima de una flecha pintada con bastante mal gusto. “Balneario de Laias.”

Nada  más sugerente podría encontrar el Caminante que unas aguas termales donde entregarse, sin voluntad alguna, y sentir el placer del abandono físico y mental. No lo pensó dos veces. Dicho y hecho.

No caminó mas de seis cientos metros cuando llegó a una amplia zona ajardinada en medio de la cual se yergue un edificio de planta baja, muy largo y de sencilla y discreta arquitectura.

Pidió hospedaje y a los pocos momentos estaba tumbado en una cama comodísima con un olor a limpio que extasiaba, en una muy amplia habitación, sin preocuparse siquiera de quitarse la ropa.

No lo sabía ni le preocupaba el tiempo que había estado durmiendo. Sentíase relajado y eso era lo que le importaba. Se acercó a los amplios ventanales y corrió las cortinas.  Ante sus ojos se ofrecía un espectáculo increblemente bello. Estaba cayendo la tarde. Los últimos rayos del sol se filtraban entre la floresta creando senderos de plata y oro en la superficie de las aguas del río, remansadas por uno de los incontables pantanos que  regulan el caudal del  Miño. Por doquier saltaban los peces a la caza de los insectos que volaban a ras de agua, produciendo unas suaves hondas circulares que denunciaban la vida que bullía bajo la superficie. El ágil salto de alguna trucha de considerable tamaño, al caer de nuevo a la superficie, era el único ruido que rompía el monacal silencio del atardecer. Había abierto el Caminante las puertas que daban acceso al balcón y hasta que la oscuridad del bosque le devolvió a la realidad, estuvo extasiándose inmerso en aquel paisaje de ensueño.

Bajó al comedor y tomó una frugal cena. Después de orientarse salió a pasear por la orilla del río, cuidadosamente iluminada, hasta que el frescor de la noche lo animó a retirarse.

Pasó el Caminante tres días en el Balneario, como nunca había pensado pudiera hacer. El Tremendo cansancio acumulado durante muchas jornadas, se hizo historia cuando se metió en las sulfurosas aguas, las múltiples sales que conforman su composición, los chorros masajean músculos,  tendones y tejidos y las hábiles manos de unas excelentes profesionales le dejaron el cuerpo para enfrentarse a cuantos caminos le pongan por delante.

Salió de nuevo, el Caminante a la carretera y  le gustó el indicador que decía Eiras. Comenzó a subir la empinada cuesta, pasando por debajo de la Autovía de Las Rías Baixas, serpenteando por entre robles, pinos, viñedos y mimosas. Estas últimas, no sé si tienen categoría de árbol o matorral, están invadiendo toda la zona del Ribeiro, de una forma alarmante.

A eso del medio día, al coronar una pequeña cuesta y salir de una curva muy cerrada dio vista a una diminuta aldea, en la margen derecha de un arroyuelo, quien, a pesar de diminuto cauce e insignificante caudal le da nombre al poblado: Tras do Río.

Suponía el Caminante que difícilmente habría allï donde tomar un refrigerio, sin embargo se adentró por la angosta carretera hasta las primeras casas. Un perro tan feo como descastado, le saludó ladrando sin mucha convicción. Se paró un momento para echar un vistazo al entorno y le gustó. Pequeños y verdes prados, cercados de mimbreras y huertos familiares bien cuidados, protegidos de toda clase de espanta todo, para evitaar que el jabalí los destroce, le hicieron sentirse a gusto. El perro, cansado de ladrar y de que no le hicieran caso, se fue tumbar a la sombra. Desde un balcón, una señora menudita con cara simpática y voz grave, producto de muchas mojaduras, llamó su atención ofreciéndose por si necesitaba algo. El Caminante se lo agradeció, diciendo que lo que buscaba era un poco de comida para reponer fuerzas.

Mal sitio escogió el señor. Aquí no hay ningún comercio donde usted pueda comprar algo. Si no es muy exigente, yo puedo ofrecerle una taza de caldo, precisamente iba a tomarle  ahora. Conocedor el Caminante de la bondad de estas gentes, no dejan de impactarle los gestos que, en más de una ocasión, tienen con él. Aceptó encantado el ofrecimiento y subió a la solaina donde se hallaba la señora.

Ella le franqueó la pequeña cancela de hierro que cerraba la escalera y, un poco nerviosa se apresuró a decirle a su inesperado huésped

El caldo es de pobres y para mí sola no le pongo mucha cosa, porque aun no tengo cerdo y no me gusta derramar la vida.

El Caminante le dijo que no se preocupara, que lo bonito era el gesto que ella había tenido invitándole a su casa, eso es lo que de verdad le alimentaba, lo demás, cualquier   cosa sería estupendo.

La señora le dijo que se llamaba Gloria, que tenía ochenta y un años. Que vivía solita desde que falleciera su esposo y que no paraba. Con los animales o en los huertos siempre tengo que hacer. No entiendo como hay gentes que se aburren cuando a mí me falta tiempo para todo.

Le pidió permiso el Caminante para lavarse las manos. Ella le indicó el baño mientras sacaba de un baúl, una toalla con aroma de membrillos. Se la ofreció. El, mas que secarse, la retuvo un buen rato pegada a su rostro respirando el suave perfume.

Con movimientos impropios de sus años la Señora Gloria puso un plato, cuchillo, tenedor y cuchara enfrente del suyo y le invitó a que tomara asiento, mientras ella llenaba una fuente de patatas, verdura y habas que colocó encima de la mesa. Tomó otra fuente y de la misma olla extrajo un buen trozo de lacón, un pedazo de tocino y una, nada despreciable, parte de cacheira “cabeza de cerdo”.

Ante todo aquello, el Caminante alucinaba.  Pensó en la frase de la anfitriona “yo puedo ofrecerle una taza de caldo….” Comenzó a comer y según lo iba haciendo manifestaba su admiración por todo aquello que la buena señora había puesto ante sus ojos y al alcance de sus manos para deleite de su paladar. Cada vez que paraba para tomar un poco de aire, la señora Gloria le repetía sin cesar

-Pero coma. Si no come nada. Y beba vino. Este año no es muy bueno pero es que las uvas no maduraron porque el tiempo estuvo hecho un asco pero….

-No diga eso, está buenísimo. Es de lo mejor que he bebido en mi vida.

– Eso sí, no tiene ninguna química, es natural.

Prendado quedó el Caminante de aquella encantadora mujer quien después de ofrecerle una opípara comida aún quería que llenara sus mochilas de viandas para el camino. Con la promesa de que volvería a verla se despidió el saciado huésped que, sin lugar a dudas, hizo honor al buen yantar que le ofreció la generosa y encantadora señora. Ella no se metió en la casa hasta que le vió perderse en  la última curva de la carretera y él aún retrocedió unos pasos, agitando la mano despidiéndose.

Una vieja cañota, de la que solo queda una parte perimetral, al lado de un bello y alargado pazo, hablan del pasado histórico de Eiras. Caseríos a derecha e izquierda hasta llegar a Salamonde, dejando hacia el Este el Castro de San Ciprián de Las, construcciones evocadoras de un pasado ya lejano que vive una palpitante y  reveladora actualidad.

Por doquier se ven mujeres, ya entradas en años cultivando los minifundios plantados de todo tipo de verdura y solo de vez en cuando, muy de vez en cuando, alguna vaca pastando en los prados y una que otra oveja triscando los brotes de riberas y caminos. Algún tractor transportando estiércol o labrando alguna finca para sembrar maiz o cereales.

Absorto iba el Caminante en estas y otras reflexiones, sobre el abandono del agro gallego, cuando a la vera de un muro cultivando su huerto, se alzó la figura de una señora ya entrada en años.  Manejaba la azada como si fuera una moza.

Como el predio se hallara en una encrucijada de cuatro carreteras, El Caminante inquirió de la hortelana hacia dónde se dirigía cada uno de ellos. La aldeana, de gestos solennes ymesurados,  se atusó un poco los cabellos que se escapaban del sombrero con el que cubría su cabeza y mirando al hombre con unos ojos verdes llenos de luz y de nostalgias, le sacó de dudas. Y contnuó:

-Depende de a dónde quiera llegar, pero yo le aconsejo que vaya en la dirección de Lago, la carretera tiene menos tráfico, aunque tampoco por las demás andan muchos coches, pero la de Lago tiene menos. Preguntó el Caminante si realmente había allí algún lago que ameritase tal nombre, a lo que la señora contestó que en algún tiempo sí debía haberlo pero después de la Maldición todo había cambiado. Preguntole el curioso an darín qué significaba eso de la Maldición. La señora, que ya debía estar harta de cavar el huerto, se colocó de nuevo el pañuelo y con la falda del sayón secó el sudor de su rostro y apoyándose en el muro le dijo al Caminante:

-Es una historia muy antigua. A mí me la contó muchas veces mi madre. Antes los hijos y los padres hablaban y se contaban las cosas que se sabían de nuestros antepasados. Ahora ni eso se hace. La juventud no tiene tiempo para nada.

Apoyó el hombre sus mochilas en el muro y se presentó a la buena señora, mientras admiraba sus bellos ojos verdes.

-Pues yo me llamo Veneranda y ya voy camino de los ochenta y ya ve, cuidando la tierra que nos dejaron nuestros padres porque si no lo hacemos los viejos, no hay quien lo haga. Cuando desaparezcamos esta generación, las “silvas” entrarán en las habitaciones donde dormimos.

Pero sobre lo que usted me pregunta de Lago, como le decía, mi madre me contaba que en ese pueblo vivía una familia, el matrimonio y siete hijos. Los padres, sobre todo el marido era muy egoísta, por lo menos eso era lo que decían los vecinos. La hija mas pequeña tenía quince años, se llamaba Nair y la pretendía un rapaz de aquí, de Salamonde. El padre no estaba muy de acuerdo porque el muchacho, que se llamaba Alejandro,  era más bien pobre, él pretendía algo mejor para su hija que, según, era muy bonita. Dicen que tenía una sonrisa preciosa. Cuando reía, los ojos le brillaban como dos estrellas en noche de luna nueva. Era bajita pero tenía una simpatía tan grande que hacía que todos los hermanos la adoraran. Por eso, ellos, lo mismo que el padre, no le gustaba mucho que X la pretendiera, aunque después, viendo que el rapaz era muy buena persona y sobre todo que la quería mucho, lo toleraron mejor. Eso y la insistencia de los dos mozalbetes y que no había mucho dónde escoger, hizo que el padre accediera a las relaciones entre ellos. El mozuelo todos los días que visitaba a la mocita, le llevaba una rosa roja, incluso cuando era muy difícil encontrarlas, él se las arreglaba para agradar a Nair con su flor.

Un día que estaban cociendo el pan, llegó a su puerta un “hermano” (mendigo) pidiendo una limosna. Como dinero había poco o ninguno, para socorrerlo le dijo el hombre a la mujer:

-Hazle una Bica (especie de torta que se hace antes de que la masa fermente)

La buena señora hizo lo que le mandaba su marido para socorrer al “hermano”. Pero cuá no sería su asombro cuando vió que la bica que, normalmente, tiene de treinta cuarenta centímetros de diámetro, comenzó a crecer y crecer que sobrepasó todo lo calculado. La mujer, asustada, llamó a su marido que tampoco salía de su asombro ante lo que estaba viendo. Pero rápidamente su egoismo le hizo reaccionar.

-No, no se te ocurra darle es bica tan grande al pobre, es demasiado. Hazle otra y echa menos masa.

La mujer obediente se dispuso a cumplir lo mandado por su marido pero de nada le sirvió. La segunda bica, a pesar de tener menos masa, aún creció más que la primera. El hombre ante lo que estaba viendo, ordenó a su mujer que nada de darle la bica entera al mendigo. Con un trozo bastaba.

La mujer cortó  un trocito de la torta y salió a la puerta donde pacientemente el “hermano” había esperado la limosna. Cuando la mujer tendió la mano para dársela, él la cogió y extendiendo su brazo hacia el campo gritó con una voz muy potente LAGO SU LAGO, LO DE ARRIBA PARA ABAJO.

El Caminante escuchaba con suma atención el relato  de la Señora Veneranda, quNo bien terminó el Hermano de pronunciar la terrible maldición, se escuchó un ruido muy , muy grande, como si hubieran explotado muchos barreno a la vez. Se quedó todo a oscuras y cuando se volvió a ver, solo se veía tierra negra y agua, ni casas, ni personas ni animales ni árboles, solo unos trozos de tierra negra y agua, mucha agua y silencio, todo silencio.

Cuando al atardecer Alejandro fue a ver su amada Nair, al coronar la pequeña loma que daba vista al poblado, donde su corazón todos los días aceleraba las pulsaciones, se paró en seco. Pensó que soñaba. Se pellizcó y al ver que estaba despierto, sonrió y se dijo a sí mismo cómo podía ser tan despistado y equivocarse de camino, porque lo que estaba frente a él no era Lago. No era posible que la casa de su amor y todas las demás casas, hubieran desaparecido de golpe Allí no había nada, ni casas ni caminos ni perros ladrando ni gentes que  fueran de uno a otro lado. Solo tierra negra y agua. Despavorido echó a correr como un loco hacia la zona donde debería estar la casa de su amada Nair. No le importó mojarse,  meterse hasta donde el agua casi le  cubría, pero allí no había un vestigio de lo que él buscaba. Se quedó así paralizado, sin moverse, sin darse cuenta que las aguas iban desapareciendo hasta que sus pies se quedaron en seco.

No supo nunca cuánto tiempo estuvo allí, quieto, llorando desconsoladamente, con su rosa en la mano. Ya era de noche. La luna llena estaba casi en lo alto del cielo y vió que entre unas piedras quedaba un charco de agua. Se acercó a él, vió su cara descompuesta, casi difuminada en el espejo grisaceo de la noche. Se tambaleó, sus piernas no le sostenían. Lloraba sin lágrimas, con desgarro, la garganta no tragaba la saliva y los pulmones no respiraban aire. Se ahogaba. Le dio un beso a la rosa y la depositó en el charquito.

Sin dejar de llorar cayó rendido. Cuando se despertó ya estaba amaneciendo. Le dolían los ojos. Miró hacia el pozo y le vio rodeado de piedras primorosamente colocadas. Un brocal perfecto. Se acercó hasta él y miró hacia el agua. Ahora el pozo era muy  profundo y en lo más hondo, allí estaba la rosa que él había arrojado. Roja, muy roja, con los pétalos muy abiertos y con brillos refulgentes, como si quisieran sonreir, iluminar la oscuridad. El silencio era total. Solamente el ruido de sus lágrimas al golpear la superficie del agua lo rompían. Ahora lloraban sus ojos lágrimas que escocían, escocían con sabor acre, a muerte.. De pronto oyó un sonido estremecedor. Unas campanas repicaban desde lo mas profundo del pozo. Repicaba la campana ronca, la que tenía el tañer de rota, sonaba la que se metía entre los oidos haciendo rechinar los dientes Después el silencio. Solo se oía el silencio. El silencio con sabor a muerte lo invadía todo

Dicen que todos los días veintiuno de marzo, a las doce de la noche, las campanas repican atronando los valles, los cerros y las cañadas. Dicen, quienes lo han visto, que todos los catorce de febrero, cuando el nivel del pozo llega a ser muy bajo, y la falta de agua amenaza con secar la rosa,  el mozo, vestido con sus mejores galas, con ropas blancas, se apoya en el brocal del pozo y mirando la rosa, las lágrimas, llorando a su amada hacen que el nivel del agua se restablezca.

Muchos siglos han pasado desde que los hechos que Mamá Veneranda narró y las gentes de los pueblos que rodean el lugar donde estuvo Lago, siguen contando con mucho respeto la historia de la Maldición de unas gentes que dejándose llevar del egoismo consiguieron que desapareciera un bello pueblo y dejando patente, una vez mas,  que solo el amor sigue prevaleciendo sobre todos los males de una humanidad deshumanizada.

 

 

 

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