UN DÍA DE CAZA CON BONI

 

UN DIA DE CAZA CON BONI

A mi padre que me enseñó a disfrutar con el bello arte de la caza.

Está anocheciendo y los fríos otoñales ya hicieron su aparición. No conviene exponerse demasiado ya que es el tiempo de coger los catarros que luego no hay quien se los quite de encima en todo el invierno. Bonifacio  González, Boni para los amigos, lo sabe muy bien por lo que pone todos los medios a su alcance para que tan desagradables visitantes no se hospeden en su cuerpo.

Es sábado, el atardecer tiene  tonos rojizos allá hacia Los Bodegones. Presagia frío pero parece que la lluvia no va hacer acto de presencia ni por la noche ni mañana. Pero eso hay que preguntárselo a Boni, él sí lo sabe. Muchos años en contacto con la naturaleza, muchos años soportando las inclemencias del tiempo en todas las estaciones. Muchos años, desde su tierna infancia, durmiendo en las majadas con el techo azul estrellado, el olor a tomillo y a majano y el arrullo de las esquirlas de las ovejas, como compañeros. Allí aprendió a leer en el firmamento y en las brisas que traían en su tul nocturno, las lecciones que la vida da a quien quiere aprender a caminar por ella. Eso Boni lo aprendió bien y lo cuenta a las personas, pocas, que quieran escucharle.

Qué cosas. La gente ni te escucha, corre, corre y luego llega tarde a todas partes.

  • Buenas tardes Boni, cómo va la siega del maíz?
  • Bueno, ahí va, ni tan bien como quisiéramos ni tan mal como dicen otros.

Podía ser mejor pero también podía dar menos, así que bien está como está y  nunca peor.

  • Encuentro a Boni en su “Nave”, que es como decir su Palacio, su Centro de operaciones. Aquí en este tinglado enorme, donde guarda su maquinaria, con todos sus aperos de labranza, pasa muchas horas del día, todas las que los quehaceres del campo le permiten. Todo un mundo de ilusiones largamente soñadas y ríos de sudor de sangre, están almacenados entre estas cuatro paredes. Pero merece la pena luchar por algo y si se hace por los hijos, aun tiene más sentido. Me parece muy bien y estoy de acuerdo contigo

Bueno y cambiando de tercio, ¿Cómo se presenta el día de caza mañana?

-Pues hombre no se presenta mal. El tiempo parece que va acompañar, va hacer frío pero no creo que llueva, así que …. ahora depende de tantas cosas….. Te haces tus cálculos y luego, la caza es tan bribona que no te sale nada como  habías pensado. De todas las maneras yo creo que nos podemos divertir porque las perras son muy buenas y con ellas goza uno mucho.

Con Boni puedes hablar largo y tendido de lo que quieras, si no entiende te escucha con mucha atención o por lo menos es lo que te hace creer, aunque esté pensando en la poda de la viña de la Póveda o en la sementera del secano en el Campetón,  y si entiende hace sus exposiciones con un pragmatismo admirable, buscando siempre la corroboración en el símil campero. En el campo tiene él todas las referencias, sea cual fuere el asunto a comparar.

Amanece. Hace un frío auténticamente desenfrenado. El atardecer rojizo de ayer ya lo presagiaba, pero no tanto. Es Domingo y eso quiere decir que hoy se puede cazar.

Boni se dirije hacia el corralillo de los perros. Ellos desde que oyeron a su amo por las proximidades no dejan de aullar lastimera o sonoramente solicitando su libertad. Boni acercándose al chamizo donde los tiene, estupendamente cuidados, les va hablando, ellos sí le escuchan  y  lo entienden. El está convencido que así es, yo también, porque según lo que él dice así toman ellos la actitud que más se ajusta a lo solicitado por su amo. En cuanto se abre la cancela, salen como una exalación, atropellándolo todo a su paso, brincando con un frenesí de locura, dando saltos entorno a su dueño lamiéndole la cara, besándolo, corriendo y deshaciendo el camino una y mil veces al mismo tiempo que emiten sonidos lastimeros como acusándolo de tenerlos allí encerrados privándolos de su presencia. El les  corresponde con parecidas muestras de afecto hasta el punto de confundirse todos en un amasijo de  efusiones incontroladas.  Es el presagio de un día de disfrute en el campo, un día  de caza. Los perros tienen  un sentido especial de captación de sensaciones y las miden y guardan muy bien, hasta el punto que, aun estando comprobado que ellos no pueden medir el tiempo, tienen un sin  fin de elementos que los situan en las memorias de lo que hicieron en circunstancias semejantes, así que después de prodigar a su amo toda clase de caricias, comenzaron con los demás reunidos pero nunca con la profusión con que lo hacen con Boni, todo lo cual da pié para que él diga lleno de orgullo:

  • Qué cosas eh, qué inteligentes son los animales. Cómo saben quien los cuida y les da de comer – Dice mientras los mira y sonríe, un poco maliciosamente.

Abre el maletero del coche y los perros luchan por ser los primeros en entrar, no quieren quedarse en tierra. Esa es otra, antiguamente  íbamos de caza andando; desde las tapias del pueblo ya te ponías en mano y venga a caminar, ahora no, ahora vas en coche hasta el mismo sitio que vas a cazar.

  • Qué cosas. Yo que me recorría todo el campo andando, ahora todo lo hacemos a lo señorito, hasta los perros.
  • A los pocos momentos llegamos al barranco escogido para cazar en el día de hoy. Es el, barranco del Sotillo, un paraje con mucha maleza, carrizo, juncos y taray. Los perros, una vez que se vieron libres del maletero salieron corriendo para desentumecer los músculos restregándose por la yerba llena de escarcha para limpiar un poco su pelo y para hacer desaparecer su olor característico, con el fin de pasar más desapercibidos para los animales del campo.

Hoy  somos tres en la cuadrilla y llevamos cuatro perros, al decir perros, es por la semántica de la conversación, porque realmente lo que se dice perro no hay ninguno, ya que todas son perras. Las perras son más dóciles, en la mayoría de los casos tienen mejores vientos y comienzan mucho antes que los perros a cazar. Nos ponemos en mano como nos indica Boni y empezamos a caminar en absoluto silencio, solo roto por las llamadas de atención que él hace a Pelos, una joven perra, cruce de  bretón con no sé que otra raza, pero que entre su juventud y su poderío se recorre la mano a velocidad de vértigo. Estrella y Muchacha son más serenas, cazan más despacio y siempre mirando dónde se encuentra su amo y atentas a cualquiera indicación que éste les haga. Antes de bajarnos al barranco recorrimos un pequeño trecho por una zona muy abundante de atochas de esparto y justamente cuando llegábamos al inicio de un aguacero, donde los “alastrones” (hiebajos muy ásperos que nacen en los barranquillos que arrancan casi en lo alto de los cerros y llegan hasta el barranco principal y que son un refugio muy apreciado por las liebres y sobre todo por los conejos)  Rosi, una perrilla blanca, cruce de, sabe Dios qué razas, muy pequeñita  y vivaracha, dió un tremendo salto por encima de una atocha de esparto y cayó al otro lado mientras emitía un chillido de alerta. A los tres nos cogió un poco sorprendidos, y aun estaba yo cargando la escopeta cuando un estampido seco rompió el religioso silencio que en esos momentos reinaba en todos los cerros de las Dehesas. La primera liebre era abatida de un certero disparo. Los perros corrieron hacia ella disputándose el placer de llevarle a su dueño la primera pieza del día.

  • Fíjate dónde estaba la bribona. Cualquiera podía sospechar que estuviera aquí tan cerca del camino. Ya lo dice el refrán, “ A liebre corredora, escopeta prevenida” – Y me miraba a mí como diciendo  que me aplicara el cuento.
  • Bueno pues no empieza mal el día. A ver si sigue así.
  • Seguimos caminando en mano y no habían pasado cinco minutos cuando la Pelos parando en seco su carrera ante una espesa mata de tomillo y alastrón, puso su menuda cabeza casi en posición horizontal quedando toda ella estática, petrificada, conteniendo la respiración. Al cabo de unos segundos, con mucha suavidad, miró hacia nosotros esperando que Boni le diera la orden pertinente. Este aguantó un poco para que nos recreáramos en el espectáculo y realmente merecía la pena. La plasticidad del momento solo se entiende viéndolo.
  • ¡!!Entra bonita ¡!! – Y la perra como impulsada por un potente resorte se incrustó materialmente en la mata de la que, no con menos ímpetu salió un conejo justo en la dirección en que yo me encontraba. Lo apunté sin prisas, ya que lo tenía muy cerca y cubriéndolo fui siguiendo su recorrido para abatirlo en el momento justo. Los compañeros respetaron mi privilegiada posición y se mantuvieron expectantes, los perros hicieron lo mismo esperando el mortal disparo. Cuando consideré que el animalillo estaba a la distancia apropiada apreté el gatillo y en vez de un estruendoso disparo solo se oyó un “clí” casi imperceptible. La escopeta, por primera vez, en el tiempo que lleva conmigo, picó el fulminante con tan poca consistencia que éste no llegó a explosionar y como además es una repetidora no hay posibilidad de reclamar el otro tiro.

Los perros se me quedaron mirando con cara de incredulidad. Mis compañeros, mis compañeros no sé   lo que hicieron porque ni me atreví a mirarlos, solo me pareció oir, pero muy bajito a Boni que susurraba

  • ¡Qué cosas. – Lo que siguió si siguió algo, no lo llegué a oir.
  • Cuando me repuse un poco los miré con la cara de acelga que se me debió quedar y la verdad que no fueron duros conmigo. Me miraron, sonrieron y alguno de ellos me animó comentando.
  • ¿ Qué pasó, falló la escopeta verdad.? También las buenas tienen derecho a fallar alguna vez .
  • Le agradecí el apoyo moral que me daba e hizo un gesto que más que tal debió ser una mueca. Porque ya ninguno de los dos me hizo ninguna alusión.
  • Seguimos con la mano y Boni ya no se separó mucho de mí, seguramente pensando que mi escopeta y yo no éramos mucho de fiar y si ocurría algo parecido siempre podría echar una mano o lo que hiciera falta.

A las dos de la tarde, hora de dar de mano, según las normas del Coto habíamos colgado unas buenas perchas que hacían que nuestras caderas acusaran el peso y deseáramos llegar a los coches para descargarnos.

  • Qué alivio cuando soltamos las piezas en el suelo. Estábamos realmente cansados pero muy contentos porque había sido una mañana muy divertida y cinegéticamente muy generosa. Las perras habían hecho las delicias de los cazadores más exigentes y los tres así lo reconocíamos cuando Boni soltando una de sus imprecaciones observa que Muchacha no está con nosotros.
  • ¿Dónde habrá quedado el demonio de la perra? – Comenzó a llamarla con insistencia pero no obtuvo respuesta, por lo decidimos volver sobre nuestros pasos a ver qué había acontecido.
  • No, no vosotros quedaos poniendo todo en orden y haciendo los lotes que yo voy en su busca. Seguro que se quedó en este último prado. Habrá encontrado el rastro de algún conejo y se habrá liado con él por los juncales. Porque esta tiene tanta afición que no asuela ni un segundo.
  • Mientras pronunciaba estas últimas palabras ya había salido hacia el barranco donde presumía debía haber quedado Muchacha. A los pocos minutos vimos que los dos regresaban, Boni hablando a la perra y ésta muy seria, con la cabeza baja, tanto por el cansancio acumulado como por la reprimenda que le debía venir echando su amo. Cuando ya se hizo perceptible su voz, la verdad es que la bronca no era muy agria.
  • Es que eres muy tontita, ya te tengo dicho montones de veces que cuando se acaba, se acaba y no hay más que hablar. No ves que los conejos son muy bribones y al ver que no hay nadie que te ayude se ríen de ti. Así que ya lo sabes, cuando yo digo vámonos, nos vamos y se acabó. Veis como yo tenía razón – Nos dijo al llegar a nuestra altura. – El animal es tanto el afán que tiene que no asuela. Fijaos como tiene el hocico ensangrentado de rozar con la maleza, pero le da igual. Lo mismo le pasa a Estrella, aunque ésta como es más vieja también es más tranquila. Pero son las cuatro muy buenas con ellas se pasan muy buenos ratos. Esto es parte de la vida, las pequeñas cosas que te ayudan a sobrellevarla.
  • Levantó sus ojos hacia la profundidad de los montes y no sé qué pensamientos acudieron a su mente porque después de unos momentos de silencio con lentitud giró sobre sí mismo con la cabeza agachada como rememorando viejos recuerdos y solo se oyó decir:
  • Qué cosas.

 

José Balboa Rodriguez.

 

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