COMO LA EXISTENCIA DE DIOS

 

A todas las mujeres, una de ellas, fue mi madre.

Buenos días querida y desde ya, amada, aun sin conocerte: Para ti que pasas por la vida dejando jirones de tu quehacer diario sin que nadie reconozca tu generosa aportación al mundo que te tocó en suerte, sin que pusieras nada de tu parte para estar en él, tal como es , porque si te dan a escoger, con seguridad que lo hubieras pensado muy mucho antes de aceptarlo. Para ti va hoy mi cántico a la vida y al enamoramiento que de ella tengo. Tú eres hoy, que lo sé, lo fuiste ayer, sin saberlo y lo serás en los días que la vida me permita compartir con  ella, mi amor desconocido. Y me haré Dios para ser brisa y acariciar tu curtido rostro en los campos abiertos de horizontes infinitos, y me haré luz para envolverte en la obscuridad, y  me haré fuerza para  convertir mi pecho en sutil punto de apoyo  en los momentos que flaqueen tus energías. Seré agua, en la ducha, para acariciar todo tu cuerpo, mesar tus cabellos, recorrer tu rostro, humedecer tus labios, contornear tu boca entreabierta. Y bajaré por los hombros a la procura de tus senos, convirtiéndolos en manantiales vivos de tu exuberante sentir,  mientras tú, maravillosa ignorada, me retendrás con alevosa y sugerente voluptuosidad, convirtiéndome en cascada y remanso, valle y montaña, grito y silencio y torrente en las montañas de tus vírgenes y turgentes pechos y río en los meandros que me llevan al calmoso mar del placer.

Y tomo del amanecer el tul rosáceo de la ilusión, del medio día el fogoso ardor del deseo, el rosa púrpura acariciante y el rojo apasionado del atardecer, para confeccionar nuestro lecho de amor. Y con las primeras estrellas engarzar un collar de diamantes para ponerlo sobre tu cuello, en juramento de amor eterno. Para ti que eras mi añorada desconocida y que ya eres mi eterna enamorada, desde el rincón menos utilizado y más sensible de este loco corazón, te mando, ahora que intentas sumirte en el reposo reconfortante de la noche, mi ilusión de enamorado, mi deseo  y mi afán incontrolado de hacerte mía y poseerte por toda una eternidad y resarcirme así de tu ausencia.  Acéptame, amada mía y no permitas que arda por más tiempo en este fuego que, cual zarza de Moisés, me abrasa y no me consume, convirtiendo mi espera agobiante, en mortal necesidad de sentirte.

Amame y te amaré y si no me amares, moriré amándote.

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