OIR PARA CREER

Me hallaba yo en mis quehaceres culinarios cuando sonó el teléfono de mesa, osea el fijo. Fui al salón a cogerlo para atender la llamada. Era una señora que llamaba desde una empresa para hacerme una oferta sobre determinado producto. Concretamente un filtro para aguas de beber. Le dije que no tenía necesidad del tal aparato. Además, estaba en otras labores y no podía atenderla. La señora conoce bien su oficio y lo que es mejor, sabe ejercerlo. Después de más de 15 minutos de discusiones, terminé por aceptar que me visitara un comercial que me  explicaría las bondadaes del aparato en cuestión. Aún no había terminado de almorzar y ya tenía al tal…… No, en absoluto era un comercial al uso. Era una jovencísima dama. Bella donde las haya. Con vestimenta sobria pero sabiendo lucirla y convertirla en elegante, dentro de su sencillez. Cuerpo escultural y rostro bellísimo y de los que pregonan a las claras que su dueña es portadora de los mejores sentimientos y los cultiva. Mientras daba cuenta de la comida, la invité a que hablara sobre la razón de su presencia. Comenzó y con un lenguaje basado en el conocimiento profundo de su cometido, me hizo saber lo útil que me sería colocar el depurador en el grifo de mi cocina. Bocalizaba como una experta locutora de radio. Su expresión facial era tan elocuente como sus palabras. No había vehemencia en lo que decía sino matices que definían lo que intentaba mostrarme. Duró un buen rato todo lo que me dijo. Cuando ya hbo terminado con el tema que la trajo a mí, entramos, como es lógico en el terreno de lo personal. Actitud propia en una buena profesional, para ganarse al cliente. Cincuenta y tres años nos separan. No obstante los conceptos a expresar no tienen edades. Se entabló una sincera conversación. A una pregunta mía, respondió, con un tono revelador que ya no tenía pareja. Nos mirábamos a los ojos, como suelen hacerlo las gentes que se abren con nobleza.

-Me casaba a principios de este mes-comenzó a contarme sin dramatismo de ninguna clase-y 8 días antes de la boda, llega mi novio a casa, yo le cuento los avances que habíamos tenido en nuestras gestiones para celebrar la boda y sin que mediara nada que, en apariencia lo motivara, me dijo que no continuara que no había boda. Yo creí que era una broma. Me acerqué a él para darle un beso y me repitió lo mismo que me había dicho un momento antes. Que no había boda. Sin mediar palabra alguna que lo esplicara salió de casa y no ha vuelto. Tuve que deshacer los compromisos adquiridos, de hoteles, viajes, restaurantes, en fin desbaratar toda la organización montada para el evento. Sus padres y los míos preocupados, pero de mi novio nada. No sabemos nada de él, como si se lo hubiera tragado la tierra.

Dentro del dramatismo de los hechos que me relataba, no había en ella ni la más mínima manifestación de odio, de disgusto o de rabia. Yo estaba convencido que no me había equivocado lo más mínimo, cuando, mentalmente pensé que tenía ante mí una gran persona, una gran dama, una gran mujer. Y desde lo más profundo de mi corazón no pude, sino felicitarla por haber  tenido la suerte de que aquel hombre, con el que ya había compartido dos años de su juventud, hubiera desaparecid de su vida, antes de que le hiciera un daño irreparable. Convencido estaba cuando le aseguré que ella se merecía mucho más y que el tiempo me dará la razón Estoy convencido de ello.

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