EL CAMINANTE RECIBE UN REGALO MARAVILLOSO

img_20181218_154507612_burst000_cover5431818998055471364.jpgNo quiero pecar de indiscreto, por lo que intentaré ser prudente. Más de sesenta años estuvimos sin vernos y, tanto el respeto como el cariño que nos teníamos entonces, no han mermado ni una micra en el día de hoy. La persona con la que me voy a encontrar es Doña María Victoria González Zamora, hija de Doña Josefa Zamora y Don Emilio González. Acompaña a María Victoria su esposo Don Juan, un asturiano de pro, Ingeniero Agrónomo, reconvertido a Veterinario, por su amor a los animales y cuya profesión ejerció hasta su jubilación, hecho que aconteció hace ya algunos años. Inexplicable la emoción que sentí cuando abracé a María Victoria, para los íntimos, siempre será la entrañable y muy querida Pochola. La quería cuando era niña, aquella niña dulce, hija de Don Emilio, a la sazón Secretario del Ayuntamiento de Beariz y que lo fue también de Montalvo, en Cuenca, Tragacete, sito en la Serranía de la misma provincia y de otros lugares. Fue, el ilustre Sr. González quien me inició en el arte de la pintura. A él le debo yo mi amor por la pintura. Y no solo, sino las acertadas lecciones que me dio para ayudarme a ser mejor persona. En Pochola veo yo la imagen de aquel gran señor. Por cierto, ya en su edad madura se domicilió en Santander, donde realizó varias exposiciones que obtuvieron gran éxito y no solo obtuvo, como digo, enorme éxito, sino que hubiera sido aún mayor, si no tuviera él tanto cariño a sus cuadros que no quiso venderlos poniéndole el disco rojo de “vendido” para que los presuntos compradores intentaban obtener. Es fácil suponer que la conversación se centró en los recuerdos que ambos tenemos de aquellos años compartidos en su niñez y mi pubertad. Del ambiente de Fuentidueña de Tajo en aquellos años cincuenta. Juan, su esposo, nos escuchaba mientras con cara de enamorado miraba a su esposa los relatos de los aconteceres de nuestro querido Fuenti. Nos divertimos y nos emocionamos recordando amigos mutuos que ya dejaron este mundo. Quedan muy pocas personas que todavía vivan. Normal. No hay reunión importante que se precie, que no acabe frente a un buen yantar. Y a fe que Juan sabía muy bien dónde hacerlo. Y tuvo Juan un gran acierto eligiendo el Restaurante de Castañeda. Allí dimos, los tres, cuenta de una suculenta comida Cántabra. Suculenta, sobre todo, por su sencillez y buena elección de los productos de la tierra. Y, no podía faltar una sobremesa que complementara y estuviera acorde con el momento compartido: Visitar una de las más relevantes joyas de la Arquitectura Española, la Basílica Románica de Castañeda. Con la promesa de repetir otro encuentro en cualquier lugar, para seguir recordando tantos y tantos momentos, nos separamos, llevando cada uno de nosotros la mochila cargada de recuerdos reverdecidos y siempre añorados por la belleza y ternura con que se vivieron en nuestros infantiles y juveniles años. Gracias, bellísima y entrañable Pochola por tan lindo regalo. Y para tí, admirable Juan, muchas gracias también, por haberlo propiciado.img_20181218_155449806_burst000_cover3781554117579787914.jpg

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