EL CAMINANTE: RECUERDOS DE PRIMERAS EXPERIENCIAS (l)

Sin lugar a dudas que el campo es una fuente inagotable de inspiraciones. Caminando este atardecer veraniego por las trochas que habitualmente recorremos mi fiel y adorable compañera y yo, me vinieron a la mente una serie de recuerdos que me apetece compartir. Para justificar que me dedique a pensar caminando en tan buena compañía, es sencillamente porque el silencio es el mejor amigo para hacer camino.

          El primer recuerdo que guardo en el rincón más recóndito de mi cerebelo data del día uno de abril de mil novecientos treinta y nueve. Mi madre me trajo al mundo el veintiocho de Septiembre del año mil novecientos treinta y seis. Echando la cuenta, yo tenía ese uno de abril, dos años y medio justos. Lo recuerdo con una nitidez absoluta. Estaba yo en la carretera, frente a mi casa. No había peligro, pasaba dos o tres coches al día, mejor dicho, el mismo coche se repetía. Tenía las manos metidas en los bolsillos, que no eran tales, no había nada que guardar en ellos, los agujeros servían para meter las manos hasta las ingles y calentarlas. De pie mirando hacia la salida del sol. Las cuatro campanas de la iglesia repicaban hasta atronar los aires. ¿ Por qué? Años después supe la causa: La Guerra Civil de España había concluido.

          El segundo recuerdo, es más triste. Andaba yo entre los tres y los cuatro años. Éramos seis hermanos. Yo era el penúltimo. Había una hermanita más pequeña que yo. Tenía dos añitos. Era preciosa, rubita con unos rizos que enamoraban a quienes los miraran. Yo la adoraba y ella a mí, lo mismo. Un día que trabajaban nuestros padres y hermanos mayores, los que no estuvieran en la mina, haciendo una estivada (quemando y cavando el monte para sembrar centeno) en el paraje del   Chao de Albite, Carmiña, ese era el nombre de mi hermanita menor, no se encontraba bien y la tenían envuelta en una manta al lado del carro. Yo tenía que cuidar de ella y del ganado que pastaba por los alrededores. Después de comer, lo que mamá había llevado para el monte, recuerdo que mis padres hablaron y al momento, mi mamá, la niña y yo, con el carro y el ganado nos regresamos para la casa. Los demás siguieron con los trabajos que estaban haciendo. En llegando y en cuanto quedaron libres del carro mi madre me mandó llevar las cinco vacas las dos ovejas y una cabra a un prado que teníamos en el Iglesario, llamado la Besada. Allá me fui y cuando vi que el sol ya se escondía detrás del Pico, esa era la referencia obligada, eché el ganado fuera del prado y me regresé. Repito, aún no tenía los cuatro años. Al llegar, mi hermano mayor, Manuel y un amigo suyo, Constante del tío Bugallo, me recibieron para ayudarme a meter los animales en las cuadras. Según bajábamos hacia ellas, escuché a mi mamá llorar. La ventana de su habitación daba al pasaje por donde se entraba a las cortes. Les pegunté:

–¿Por qué llora mamá? –Constante que era de natural así de bruto, fue quien me contestó adelantándose a mi hermano. Sin contemplaciones.-

–Por tu hermana Carmiña, que se murió.

Salí corriendo a la habitación de mi mamá y allí estaba aquel Angelito bello, tan bonita como siempre, sobre la cama. Me arrodillé, la besé y llorando, sin despegarme de ella me quedé rendido. Cuando desperté estaba en mi cama.

Continuará.

 

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