EL CAMINANTE: DIÁLOGOS EN VOZ BAJA.

Tengo costumbre de hablar en voz alta cuando me encuentro sin que en mi proximidad haya alguien. Si alguien me escuchare, podría pensar que hablo solo. Quien así pensara, incurriría en un craso error. No hablo solo, sino conmigo mismo. Es cierto que esas conversaciones las sostengo con los que no pueden transmitirme sonidos fonéticos como los que yo les envío, sin embargo, su lenguaje, para mí, es tan claro y tan fácil de interpretar, que no me cuesta ningún esfuerzo entenderlo. Algunos de mis fieles y sufridos seguidores recordarán que en etapas de mi vida, ésta, la vida, la compartí con tres amigas: Mi Sombra, Mi Soledad y Mi Rumia. Esta última debe su existencia a la calidad de los momentos vividos. Es sabido que los rumiantes, dan sentido a su nombre por el tiempo que dedican a esa necesaria labor: Rumiar. Sin embargo no lo podrían hacer si antes en el lugar donde se alimentaron, no lo hubieran hecho lo suficiente como para después que ameritase la rumia. Del mismo modo, la conversación con mi escogido interlocutor, no podría existir si antes no hubiera vivido situaciones que lo propiciasen. Hoy hablo con la leña que antes fue robusto y sufrido árbol como el que encabeza este escrito, al que llamo “Mi árbol doliente”. No se necesita dar explicaciones por el nombre que le aplico. Vientos huracanados, rayos inmisericordes y algún elemento más poco amistoso, se empeñaron en convertirlo en su víctima propiciatoria. Ayer, árbol sufriente o doliente, que ambas cosas fue, hoy leña en el hogar mitigando los fríos invernales.

Mi conversación no se limita solo a la contemplación de la montonera de leña que es hoy, recuerdo lo que ayer me regalaron, cuando a su lado disfruté de la refrescante sombra envolviendo mis sueños en tules de ilusiones y realidades. Apoyadas mis espaldas en su recio tronco disfruté de los trinos de aves y pajarillos que en ellos construyeron sus viviendas y dieron cumplida cuenta del mandato divino: “Creced y multiplicaos”. No sufro viéndolos en leña convertidos porque ellos y yo sabemos que somos caducos y eternos a la vez. Caducos en nuestro propios vivir y eternos en lo que a los demás proporcionamos. Eso y mucho más nos decimos y ambos los dos seguimos el camino inexorable de lo eterno que es nuestro postrer destino.

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