EL CAMINANTE: DE BURGOS A SILOS.

Abandonamos Burgos y siguiendo por la Estepa Castellana, después de saludar al de Vivar, nos dirigimos a Santo Domingo de Silos. Atravesamos el pequeño valle de Tapadillo. Hace más de setenta años que visité por primera vez este pueblo castellano y no puedo decir que en el discurrir del tiempo su evolución haya sido espectacular. Tampoco lo necesita para que su nombre se escuche por doquier, basta que entre sus muros albergue el Monasterio de los Benedictinos.

Una vez dentro del Monasterio y más concretamente en el Claustro no puedo evitar que Gerardo Diego se adueñe de mi persona y me haga repetir el mejor soneto escrito por pluma humana al Señor que preside el cuidado jardín.

Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ Que acongojas el cielo con tu lanza./ Chorro que a las estrellas casi alcanza/ Devanado a sí mismo en loco empeño./ Mástil de soledad, prodigio isleño:/ Flecha de fe, saeta de esperanza./ Hoy llegó a tí, riberas de Arlanza/ Peregrina al azar, mi alma sin dueño. / Cuando te vi señero, dulce, firme,/ Qué ansiedades sentí de diluirme/ Y ascender como tú, vuelto en cristales./ Como tú, negra torre de arduos filos,/ Ejemplo de delirios verticales,/ Mudo Ciprés en el fervor de Silos.

Después de recitar por enésima vez este poema, mi prosa siente pudor y solo se atreve a decir que contempléis las fotografías de algunas de las muchas maravillas que alberga esta Abadía.

De Silos nadie se puede despedir, porque allí se queda una buena parte de uno mismo.

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