Estremera y sus gentes

El caminante recordando vivencias de antaño.

Han pasado los años, muchos años. Como hoy, hace muchos años, mi hermano mayor me subió al tren en Pontevedra. Nunca lo había hecho hasta ese día. Me recomendó a unos soldados que también viajaban, según ellos, para Madrid, me deseó buen viaje, un abrazo y no recuerdo mas. Aquello sí era viajar. Al día siguiente, cubierto de carbonilla y con los ojos como platos, arribamos a la Capital.

Vi a mi padre en el andén y no esperé a salir por la puerta. Salté por la ventanilla, ignorando mi pequeña maleta de cartón piedra y otro paquete que me encomendaron entregara a mi progenitor. Comí a mi padre a besos y a buscar un taxi que nos llevara a la Calle Drumen.Mi padre le preguntó cuánto nos iba a costar. No se fiaba de los taxistas. Después de una ardua discusión acordaron el precio desde Príncipe Pio en once pesetas. Por la tarde el coche de Ruiz nos trasladó a Estremera. A mí me parecía muy largo el viaje. Cuando llegamos a los Pozuelos me dijo que faltaba poco. Ya él había alquilado una casita que solo tenía una habitación y un hogar para cocinar y producir calor para no aterirnos de frío. La tal vivienda pertenecía a Tino, un señor muy simpático que, me parece recordar, era barbero.

Esos fueron los principios de mi arribo a Castilla y el inicio de mis andanzas por el planeta tierra. No tardé mucho en ganarme el cariño de aquellas gentes que vivían en la misma calle. Recuerdo a todos con mucho placer. El Tío Pericón, un hombre de bien que al igual que sus hijos me trataron como si hubiera nacido en su propia casa. El Tio Nazario y su encantadora familia. Varios hijos varones y creo que solo una hija, bellísima. Creo recordar que se llamaba, y Dios quiera que se siga llamando Angelines. El Tio Inocencio, el de la tienda. Siempre amable. Muy serio pero en todo momento servicial- Don Ventura. Aquel hombre tan serio que no sonreía ni que le hicieran cosquillas, con su pasado un tanto oscuro. El y su esposa que siempre estaba enclaustrada. Y un poco mas retirado de mi “casita” el Tío Julián de la posada y la Señora Elvira, su hacendosa esposa. Grandes cocineros ambos. Bastante valen los tan cacareados Master Chefs que pululan por doquier, a su lado. Elvirita, su pispireta niña. Julio Montejano, el primer melón que me comí en mi vida me lo regaló él. Grande y tan sabroso que aún hoy al recordarlo se me hace la boca agua. El tío Vitorino, amigo del número uno de la tauromaquia, cuyas fotografías empapelaban las paredes de la taberna y, según decían, hasta de la habitación, Luis Miguel Dominguín. Gracias a él, al Tio Vitorino, Estremera tuvo el privilegio de ver torear en su agalerada plaza de toros, a Luis Miguel Dominguín y a su hermano Pepe, ¡¡Ay del osado que se atreviera decir que Luis Miguel no era el mejor de todos los tiempos!! Siguiendo con mis recuerdos, tengo uno muy entrañable para otro de los hombres que en el discurrir de los tiempos tuve siempre como icono, referente en tantas cosas que, aun hoy, traerlo a mi mente, me produce placer. El no es otro que Don Manuel Martínez Aedo, El Poeta. Con su paso, siempre ágil, como si danzara, haciendo jugar su bastón, su inseparable koquer negro, silbando, sabe Dios qué melodía, partecía componer poemas cada vez que iba hacia los Pozuelos o La Madrá. Y así tantos y tantos personajes que sería interminable relatar. Don Teófilo, el bonachón y paternal Cura que tanto hizo porque se comenzaran las obras del Canal de Estremera. El Tío Manzano, el mejor carnicero que vieron los tiempos, matando las ovejas viejas de su hermano el Tío Toribio, haciendo que supiera la carne como si fuera de cordera.

Don Santiago Gómez Espita, padre de un montón de hijos, todos guapos. Los mencionados y muchos mas que no cabrían en la revista, hicieron que mis primeros tiempos en Castilla, en Estremera, sin el amor cercano de mi madre, fueran uns tiempos muy felices. Sobre todo en un momento de trasplante tan dificil. Coincidía, precisamente en la época que se construyen los cimientos que han de regir después el devenir de las personas. Al igual que sucede con los árboles cuando se cambian de sitio. Si el terreno es malo y no se cuida en sus inicios, sale torcido o se muere.

En otra oportunidad, que pido a Dios me sea dada, seguiré citando personajes que Estremera engendró, para placer de los que les conocimos. Hoy quiero terminar con dos, cada uno, por razones muy diferentes, marcaron mi existencia.

No sería yo honesto, si en este recuerdo a las personas con las que de una u otra manera compartí momentos muy bellos, no tuviera uno muy especial para un hombre que, según mi humilde parecer, tuvo un comportamiento ejemplar, comprometiendo su propia persona en beneficio de los demás. Me refiero al Sr. Camacho, Antonio Camacho, alias “Marria”

Y yo conocí los hechos que enaltecen la persona de Antonio Camacho, antes de conocerlo a él. Años después, sin darle demasiada importancia y sin resabios de ninguna clase, el mismo Antonio me los corroboraba, en nuestras muchas charlas en los amaneceres en los riscos de Manroyo o cuando el sol se iba para los pagos gallegos, en los guijarrales del Maquilón. Camacho fué nombrado por votación popular, alcalde de Estremera, en plena Guerra Civil. En un momento que grupos de los mas diversos pareceres pululaban por doquier. De Carabaña, de Brea, de Fuentidueña , En fin de los pueblos más próximos y no tan cercanos, venían gentes con muy malas intenciones. Todos los días aparecian por las cunetas algún cadáver a quien por la noche le habían dado “el paseo” Se suponía y más de cuatro sabían, que las monjas del convento de Estremera estaba escondidas en una cámara de algunas casas. Intentaron por todos los medios localizarlas para darles “el paseo”. Y no solo a ellas, sino a otras muchas personas que intentaban “despachar” Antonio Camacho, defendió, él que era un republicano convencido y “ateo” (En su cartera llevaba siempre una Estampa del Santo Cristo de Limpias, a quien, según él mismo me confesó, rezaba todas las noches para que protegiera a su Gregoria, madre de una numerosa prole) con peligro de su propia integridad, la vida de muchos, que de no ser por él, hubieran sido víctimas de los desalmados, ávidos de sangre .Don Antonio Camacho, prometió y cumplió, que, mientras él fuera Alcalde de Estremera, allí no habría ningún asesinato. Y así fué, y ahora sí, cuando llegaba a ese punto, se sentía orgulloso del deber cumplido y que en Estremera, al contrario que en la mayoría de los pueblos del entorno, no se diera el” paseo” a ninguna persona. Con su voz ajedrezada, me relataba las violentas discusiones en reuniones nocturnas, que sostuvo con otros alcaldes para mantenerse firme en su decisión. Y lo consiguió. Siempre lo he pensado y sigo haciéndolo, que Estremera, no fué del todo justa con tan significada persona.

Y ahora sí, ya remato. Entre escribir estas líneas y visitar la cafetería para tomarme alguna botellita de agua o una manzanilla , estamos llegando a la Estación de Chamartín. ¡¡¡¡Qué diferencia!!!! En mi primer viaje veinticuatro horas y ahora, “na y menos”. Pero no puedo rematar sin tener un recuerdo especialísimo para una mujer sencilla, primaria, analfabeta, pero ¡¡¡Dios!!! Qué gran mujer para mí. Rosario Rodriguez Martinez, hija de la señora María y del señor Julián. Supo criarme como una madre, enseñarme modos y formas que aún hoy, me sirven en la vida. Vigilar mi sueño febril, a los pies de mi cama, muchas noches y orientar mis actitudes en los difíciles años de la pubertad. Fue para mi como una magnífica madre y gran parte de lo conseguido en mi vida, si algo he conseguido, se lo debo a ella. Rosi, para mí siempre fue Rosi, cien años que viviere, no podría agradecerte todo lo que te debo. Estremereña de pro, estoy convencido que desde la Luz del Padre, sigues iluminando mi caminar.

José Balboa Rodriguez es un hombre agradecido a Estremera, donde inició su ser de CAMINANTE

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