UN PAJARILLO VENGATIVO?

Repuesto del mal momento vivido el otro día, hoy me levanté con ganas de hacer un montón de cosas. La primera que me eché a la cara, fue poner en mejor sitio la leña que tengo preparada para el invierno del 2017. Tenía pensado consumirla este año pero la informalidad de la gente…. Bueno la cubrí con una lona. La amarré con cuerdas para que estuviera bien tapadita, pero los vientos que nos azotaron con furiosa violencia, todo lo desbarató. Esta mañana me propuse hacer con las astillas una torre cuadrada de tres metros de lado para que el aire le entre por todos lados y así consiga secarse y me permita pasasr un invierno calentito al amor de la lumbre.

En esa tarea estaba cuando, por delante de mí pasó algo como una hoja seca cuando sopla el viento fuerte. Levanto la cabeza y, no era una hoja sino Papo Rubio que se posó en una rama baja del Castaño. En cuanto le miré, salió volando y no me permitió ni decirle nada. Al momento volvió pero nunca se acercó lo suficiente como demostración de nuestra vieja amistad. Incluso en sus pío,pío creía entender un reproche por mi infidelidad de unos días fuera. Le puse unos granos a una distancia prudencial y ni los quiso mirar. Confío que entienda mis mensajes como muestra de buena voluntad y pronto las aguas vuelvan a su cauce. Tampoco  Pico Amarillo vino a su escenario donde interpreta su deliciosos conciertos, a pesar de que la mañana era propicia para que lo hiciera. Repito, estoy convencido que pronto las relaciones de los tres volverán a ser cordiales para bien de todos.

En honor a la situación relatada de esta mañana añadiré un hecho del que fui testigo y viví muy intensamente. De ahí mi reflexión que nunca espero nada en compensación de lo que sea, por ello cuando recibo una sonrisa, me considero el mejor pagado de los humanos.

 

 

AMA SIN ESPERAR RECOMENSA

 

Erase una vez un pueblo con un viejo castillo en ruinas, orgullo de sus habitantes. El orgullo que manifestaban todos los vecinos del pueblo, teniendo aquellas ruinas de un antiguo castillo en su pueblo, estaban avaladas por  muchas e interesantes historias que habían cruzado los siglos, cabalgando sobre los atardeceres de muchos veranos en las puertas de las casas, mitigando el calor y al amor de la lumbre de duros inviernos relatando las aventuras y desventuras de los antiguos moradores de la fortaleza.

Doña Urraca, una vez más, protagonizaba las más bellas historias de amor, ya fuera con Alonso Matamoros, apuesto mozo, herido en campaña, razón  por la que no pudo acompañar  a su Señor el Conde de los Hilillos, o con Abid Benalcadi, terrateniente del Perchel cuyas propiedades comenzaban en el Cerro de la Horca, un montículo sobre la margen derecha del Río Tajo, en el inicio de la Vega Arriba y se extendían hasta las inhóspitas tierras de Manroyo, vivero de los más agresivos escorpiones de la comarca. Aquí venían los alquimistas a la procura de ellos y con su veneno  elaborar sus pócimas para curar toda clase de males.

Solo unos retazos de los lienzos de las viejas murallas y de las robustas torres, aguantan las embestidas de los vientos y lluvias, pero ahí siguen, testigos fieles de un pasado que relatan en cuanto el Caminante se siente y apoye sus espaldas contra ellos.

Entre las personas que con más interés relatan y viven la historia de la vieja fortaleza, está Mariano. Mariano y su esposa Amparo, raro es el día que  no dan un paseo por los alrededores del Castillo

Mariano y Amparo son dos seres normales en un mundo que no lo es del todo, por lo que el matrimonio adquiere carácter de extraordinario.

Un día en que Amparo se sintió algo indispuesta, Mariano se fue solo dar su cotidiano paseo por el campo. Un momento que levantó la cabeza vio un grupo de niños que, intentaban gatear por una de las paredes  del Castillo. Por la distancia a la que se encontraba, no podía ver el motivo que impulsaba a los rapaces exponerse de aquella manera. Sin embargo sintió curiosidad y determinó acercarse a. Temiendo que los muchachos pudieran accidentarse, mientras él llegaba, les gritó.

-¡Eh chiquillos, tener cuidado que podeis caeros y haceros daño!

Los mozuelos al oir la voz de Mariano, tiraron lo que tenían en las manos y salieron corriendo, bajando por la falda de la colina donde estaba asentado el viejo Castillo, como alma poseida  del diablo, exponiéndose a romperse los huesos, lo que, con toda seguridad hubiera ocurrido si sus elásticos cuerpos no aguantaran todos los trompicones que tuvieron que soportar. Bajaban por la colina como auténticas bolas de goma. Mariano contemplaba la escena entre asustado y perplejo.

Nuestro hombre quedó tranquilo cuando los vio llegar al fondo de la ladera y  cómo echaron a correr a toda velocidad, sanos y salvos. Tranquilo, después de la tensión vivida con los chavales, continuó su paseo para recargar sus ya viejos pulmones de aire puro y así dormir sin roncar y tener una calidad de vida mejor.

El no soporta los bares ni entiende que la gente se encierre en un local lleno de humo para, en la mayoría de los casos, hablar de “ tontainas “, como el dice.

Al llegar cerca de la tapia que estaban escalando los muchachos, vio, en el suelo, algo que se movía entre las hierbas y se acercó para saber lo que era. Su sorpresa fue grande cuando comprobó que lo que allí había no era otra cosa que dos “ Pichoncitos “ de paloma que, con toda seguridad, los niños habían sacado de su nido y que al ser sorprendidos por Mariano, tiraron al suelo entre la maleza, cuando iniciaron su huida.

Los pichones eran muy pequeñitos y sus carnes amoratadas, apenas estaban cubiertas de una pelusa muy fina y, en alguna zona del cuerpo, muy larga y por unos plumones tan pequeños que apenas eran perceptibles. Creedme, eran horriblemente feos. Pero a Mariano no le pareció así,  porque inmediatamente los cogió en sus manos y al ver que estaban titiritando de frío los cobijó entre su ropa, mientras miraba hacia los restos de la muralla por si podía encontrar el agujero donde estaba su nido. En la vieja pared había muchos orificios y ninguno era alcanzable para él, tanto por su poca agilidad como por los muchos años que ya peinaba, así que optó por lo menos malo. Como lo pensó lo hizo.  Y desabrochándose la camisa, metió junto a su pecho a los dos animalitos que temblaban de frío.

Cuando llegó a la casa su mujer se extrañó de verle tan pronto de regreso y él rápidamente la puso al corriente de lo acontecido. Metiendo la mano debajo de la camisa y sacando los dos palominos se los mostró dejándola boquiabierta, pero inmediatamente ella reaccionó y tomando los animalitos en sus  manos se acercó a la estufa que tenía encendida.

El matrimonio no tiene hijos por lo que el uno es el niño de la otra y la otra es la niña del uno, respetándose mutuamente y queriéndose de una manera entrañable. Se ayudan en las tareas domésticas, compartiéndolo todo y muy especialmente el tiempo, ese patrimonio maravilloso que la mayoría de los humanos derrocha, emplea mal o pierde tontamente.

-Por favor – Pidió Amparo a Mariano-Ve al patio y trae uno de los tiestos pequeños. El que tiene varios agujeros .

-Mariano salió rápidamente en busca de lo que su mujer le había solicitado y una vez que estuvo de nuevo a su lado, ella le dijo:

-Tráeme el paquete de algodón que está en la cómoda de la alcoba.

Hizo Mariano lo que ella le dijo y una vez que estuvo al lado de su esposa con el mazo de celulosa, tomó la improvisada veterinaria un buen puñado y poniéndolo dentro del tiesto, con mucho cariño, preparó un nido que calentó arrimando la maceta al fuego hasta que consideró que estaba a la temperatura ideal, momento en el que depositó dentro los dos pichones quienes, después de unos movimientos de extrañeza y de acoplamiento, debieron considerar acogedor porque inmediatamente se  tranquilizaron acurrucándose el uno al lado del otro.

Amparo y su marido no dejaron de contemplar sus nuevos huéspedes y repetidas veces  se preguntaron si no sería bueno hacer un nuevo esfuerzo y localizar su nido, pero después de estudiar detenidamente lo que pensaron , comprendieron que aquello era una misión poco menos que imposible.

-Además – Dijo Mariano –Aunque lo encontráramos, los padres ya los aborrecerían porque tienen nuestro olor y eso  a ellos no les gusta, así que desechada esa idea,  tenemos  que hacer lo que tú dijiste antes, quedarnos con ellos e intentar criarlos, lo cual no es tarea fácil por lo pequeños que son.

-Bueno, pues manos a la obra – Corroboró Amparo mientras le preguntaba a su marido con la mirada.

-Mujer, lo que sí puedo asegurarte, es que estos animalitos todavía no comen grano, por lo que hay que pensar en algo más apropiado para alimentarlos.

-Sí, pero qué?- Preguntó ella.

-Sopas de miga con leche. Empapa un poco de pan a ver qué pasa. – Así comenzó la crianza de los dos pichoncitos a los que “bautizaron “ con los nombres de Carolina y Filomeno, aunque siempre les llamaban Carol y Filo.

Amparo y Mariano volcaron sus atenciones en los dos animalitos. Para que los pichones notaran menos, la diferencia de sus nuevos papás, con los reales, Mariano ponía la comida en la boca y  acercando los palomos a  sus labios, consiguió que ellos comieran al igual que lo hacían de los picos de sus progenitores.

Carol, desde el primer día puso más interés en comer y Filo se criaba más enclenque, pero los dos comenzaron a desarrollarse de tal manera que sus padres adoptivos sentían auténtico placer al contemplarlos y ver que cada día se les notaba cómo crecían. Algunas veces les creaban dificultades por los empachos que cogían, pero rápidamente eran subsanados los problemas y se restablecía el orden.

Y llegó el día que los palominos pelusones, de carnes azuladas y muertos de frío, se convirtieron en dos lindísimas palomas con plumajes brillantes que reverberaban a la luz del sol.

-Bueno – Dijo Mariano una noche cuando acabaron de cenar – Hay que decidirse de una vez. O los metemos en una jaula, cosa que de  ninguna manera queremos, o los soltamos y que se vayan por esos mundos de Dios.

-Claro Mariano, ya lo sé. En una jaula no, por Dios, se morirían de pena. Ellos tienen que ser libres, pero es que no me hago a la idea de perderles. Les hemos tomado tanto cariño que no quiero ni pensarlo. Se han convertido en parte de nosotros mismos. ¿ O es que no lo entiendes?

-Mujer cómo no lo voy entender si tu sabes que otro tanto me ocurre a mí, pero tenemos que decidirnos. Si te parece bien mañana los soltamos y que se vayan con las demás palomas del pueblo. En la Torre de la Iglesia, en las ruinas del Castillo o en cualquier otro lugar, pronto encontrarán amigos.

-De acuerdo –Asintió la mujer con voz entrecortada – Pero sigo sin quererme hacer a la idea.

-Se acostaron pero ninguno de los dos conseguía conciliar el sueño. Ambos pensaban en los pichones criados con tanto cariño y que al día siguiente iban darle suelta para no volver a verlos nunca más y sobre todo exponerlos a los peligros de los predadores y lo que era peor, a las salvajes actitudes de los hombres, con sus trampas y sus escopetas que disparan a todo lo que se mueve.

Se levantaron por la mañana con los ojos hinchados y con  ojeras propias de una noche de  pesadillas. Se prepararon el desayuno y mientras ella lo servía, él le echó el trigo a los palomos.

Tomaron el refrigerio sin decirse ni una palabra y ambos miraban hacia el rincón donde las dos palomas estaban tomando también su almuerzo. Carol ahuecaba las plumas de su cuello haciéndole emitir destellos bellísimos tornasolados, mientras se acompañaba de sonidos graves de arrullo, arrimándose mucho a su compañero, sabe Dios con qué aviesas intenciones, ya que al contrario del significado de sus nombres, Carol era macho y Filo hembra.

Terminaron el desayuno en silencio, como habían comenzado. Diferente a lo que acontecía cada mañana, en vez de recoger la mesa, se quedaron quietos, como intentando parar el tiempo, callados, observando las dos palomas que ajenas al drama de sus amos, estaban dando buena cuenta del grano, persiguiéndose y queriendo comer cada una la parte de la otra.

Viendo Amparo que aquella situación no hacía sino complicar más las cosas, se levantó de repente, como impulsada por un resorte y cogió a Filo, que era el que estaba más próximo a ella. Mariano, imitando a su mujer, hizo lo propio con Carol y ambos se dirigieron a la puerta de entrada. Parecían los dos muy decididos.

Una vez en la calle se miraron uno al otro y cada uno apretó contra su cara la paloma que sostenía en sus manos. Ellos se dejaron acariciar. Fue un movimiento instintivo, afectuoso, sin premeditación, salido de lo más profundo de los sentimientos guardados en los pliegues donde se hallan los sentirse que afloran solo en los momentos grandes de los seres vivos.

Como sin darse cuenta abrieron sus manos y aquellas dos palomas comenzaron a volar.

Una vez que se vieron libres de sus criadores casi tropezaron con el suelo pero con un poco más de esfuerzo del que normalmente necesitan, se rehicieron y al fin remontaron el vuelo y describiendo una curva en el aire se perdieron por detrás del cerro donde se halla el Castillo, en dirección a las “ Bachas “ lugar en el que aun subsisten los viejos hornos para cocer las piedras de las que sacaban el yeso.

De nuevo sus miradas se encontraron pero esta vez una razón poderosa las fijó Como si cada uno de ellos quisiera encontrar en el otro la fuerza que le faltaba en aquellos momentos, se mantuvieron  quietos, petrificados, sin moverse, temiendo convertir, si lo hacían, la realidad de lo que estaban viviendo, en un sueño, o lo que es peor, en una mala pesadilla.

Así estuvieron un buen rato hasta que Mariano, decidido, levantó la vista hacia el cielo por si la ilusión que había concebido se convirtiera en algo tangible.  Pero en el cielo azul, maravillosamente azul, insultantemente azul, como es el cielo de Fuentidueña de Tajo, no había nadie que retornara a la casa paterna. Amparo, contagiada del pensamiento de su marido también levantó los ojos buscando en el aire la figura de los dos seres a quien tanto cariño había dado, pero todo en vano.

Cada momento uno o el otro o ambos a la vez, salían por si se producía el milagro, pero todo fue inútil. Ninguno retornó.

-Es natural – Dijo Mariano al final del día, viendo que ninguna de las dos palomas había regresado al que fue su hogar.

-Seguramente que encontraron sus parientes, o quién sabe, a lo mejor hasta se toparon con sus padres y se fueron con éllos . Es natural.

-Estos y otros pensamientos se estuvieron haciendo para convencerse de algo que no querían aceptar.

-Nosotros hicimos lo que teníamos que hacer y ahora sus vidas les pertenecen. Tenemos que reconocerlo – Se dijeron una y dos mil veces. Eran razonamientos sin ninguna convicción.

Ya estaba anocheciendo y con la casi seguridad de no encontrar nada, salió a la puerta una vez más. De pronto oyó un runruneo que le era infinitamente familiar y temiendo ser traicionado por la ilusión que él mismo albergara todo el día, levantó la cabeza y allí, sobre uno de los pilares que cierran el muro de su patio, estaba Carol que, en cuanto lo vio, se fue a su hombro, comenzando a picotearle la oreja izquierda.

Mariano se quedó, primero, de piedra, incrédulo, y después comenzó a gritar saltando como un niño

¡¡¡ Amparo, mira, mira, mira quién está aquí !!! Ha vuelto, ha vuelto, está aquí Carol, está solo, pero a lo mejor también está Filo.

¡¡¡¡ Mira, mira !!!! – Y salió corriendo hacia la casa encontrándose con su mujer que, a los gritos de su marido, salía corriendo.

Al ver Amparo el ave, lo cogió entre sus manos y comenzó a besarlo con auténtico frenesí y el animal se dejaba hacer, como queriendo recuperar el tiempo perdido.

Mientras Mariano esperaba por si aparecía Filo, su mujer, con la paloma en su “colo”  entró en la casa, pero, pero se hizo de noche y aquél no dio señales de vida.

Al día siguiente, en cuanto amaneció, Mariano se puso a la puerta de su casa esperando el regreso pero ni ese día ni al otro ni nunca jamás, hasta hoy, apareció.Muchas veces creyeron verla sobrevolando la casa y aseguraban que era ella, pues decían conocerla muy bien, pero nunca volvió.

Amparo y su marido siguen esperándolo y tienen plena confianza en que un día retornará y entonces sus corazones rebosarán de felicidad, porque, llenos ya los tienen con Carolina, que en ningún momento del día se aparta de ellos. Los acompaña a la compra, los sigue cuando van de paseo y cuando entran en un sitio donde él no puede hacerlo, se queda en el alero más próximo esperando que salgan para seguir cerca de sus “  papaitos “ del alma. Es un placer de dioses contemplar cómo les manifiesta su cariño, con círculos. Runruneando sonidos que sin duda van cargados de mensajes amorosos.

Mariano ya no va pasear solo para llenar sus pulmones de aire puro. Con él va Carol, que, ya volando, ya andando o posado sobre su hombro, picoteándole dulcemente sus orejas, le acompaña todos los días.

Amparo, Mariano y Carol, forman una familia donde el denominador común es el motor que mueve la vida: EL AMOR.

 

 

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