LA SANTA COMPAÑA II

Ante aquella pregunta, las carnes no me cabían en la piel. Sentía que me rompía. Infinitas veces había pensado en un momento así. Nada de lo pensado tenía que ver con lo que allí estaba aconteciendo. La imagen  que tenía frente a mí no inspiraba miedo. Aquella imagen, no era de hombre ni de mujer. Yo no tenía capacidad para definirla. Es incalculable la aglomeración de conceptos que en fracción de segundos se agolpaban en mi mente. No podía articular palabra. Sentía que me faltaba aire para respirar. quería decir algo pero no podía. Mi boca era un desierto. Mi garganta estaba estrangulada y amenazaba con desgarrarse. La figura que estaba frente a mí, lo percibía todo. Estaba gozando con lo que yo sufría. De pronto fue ella quien rompió el silencio. No sufras.

-Entiendo tu momento. Serénate. Respira.

Yo lo intenté. No era nada fácil. Lo conseguí cuando aquel rostro que tenía frente a mí, esbozó lo que me pareció una sonrisa. Aún así tardé en poder emitir un sonido.  Lo primero que pude articular fue la palabra gracias. Su sonrisa, al oir mi voz, se amplió, o al menos a mi me dio esa sensación. Y de nuevo fue ella, la figura, la que deshizo el nudo gordiano en el que se convirtió aquel encuentro. Ambos permanecíamos de pie. Según pasaban los segundos, aquella figura iba creando en torno a mí una aureola de tranquilidad que yo agradecía por lo que entrañaba de bienestar escénico. Tanto así, que comencé sentirme parte de lo que allí estaba aconteciendo. Incluso intenté pensar. No me era fácil. Qué distinto aquello que esta sucediendo con lo que yo tantas veces había pensado que sería si consiguiera llegar hasta aquel momento. Fueron efímeros segundos que para mí se convirtieron en toda una eternidad. de nuevo, la figura de blanco que solo dejaba ver su bellísimo rostro, tomó la palabra.

-Leo en tu mente todo lo que en estos instantes intentas pensar. Libérate. Déjate ir y no temas.

Su voz seguía siendo un susurro. Como un soplo de brisa sobre una piel acalorada. Eso era lo que producían en mí sus palabras. Yo quería que siguiera haciéndolo, convencido, como estaba de que eran el mejor bálsamo para mi decrépito estado anímico. Su sonrisa, ante mi falta de reacción, se hacía más evidente. Pero no ra ofensiva. Todo lo contrario. Inspiraba cercanía, comprensión.                                                                                                                                                                                                          -Mientras consigues serenarte, te diré algunas cosas que estás deseando saber. Te advierto que nuestro diálogo no es nada fácil por muchas razones que no puedes comprender. No lo puedes comprender porque yo te hablo desde el espíritu, desde lo infinito y tus limitaciones lastran tu capacidad de comprender. Pero hablaremos cosas que satisfarán tu ambición de saber. Además. por esa razón has venido aquí esta noche, a observarnos a comprobar si realmente somos lo que te han contado. Si nos reunimos en este lugar y no en otro. Y porqué esto es así y no de otra manera. Pues mira, los miles de almas que pasaron por delante de tí, conforman una porción de lo que en estas tierras terminaron por llamarnos La Santa Compaña. El nombre es lo de menos. Pocos humanos tienen la capacidad de vernos. Solo nos mostramos en muy determinados momentos y a personas muy especiales. Nosotros abandonamos los cuerpos, la parte del ser humano perecedero, que está sujeto a la muerte, los abandonamos para ir en pos de nuestro destino que es la Luz. Pero la Luz, en la que reside la plenitud, no la alcanzan las almas inmediatamente después de liberarse del cuerpo. Tenemos un periodo de purificación. En nosotros el tiempo no cuenta. Todo es presente. No hay el don de la ubicuidad. En el mismo espacio cabemos todos. Porque siendo todos, somos solo unos. Para que lo entiendas desde tus limitaciones humanas. Somos todos agua. Fuentes, arroyos, ríos lagos mares océanos. Cada uno una gota. Todos, formamos los grandes océanos. A muchos no nos es dado, como te dije, gozar de momento, a plenitud, de la Luz, pero somos luz. Muchos no somos océanos pero nuestro objetivo es el mismo. Cumplimos un destino que nos lleva a El. En esta tierra uí nos llaman La Santa Compaña. Otros definen nuestra situación como el Purgatorio. Lo único verídico es que la proximidad de la Luz nos reconforta y siendo, como somos, parte de ese todo, nosotros los espíritus puros. lo poseemos todo. ¿Tiene un sin fin de preguntas para hacerme. Si estás ya sereno puedes comenzar. Las que sepa que puedes comprender te las responderé, las que no te las dejo en suspenso para cuando llegues a la Luz. Ya te hice saber que en mi estado no existe ni el pasado ni el futuro. Todo es presente. Lo que para tí son miles de años, en mí son un presente. Pero soy el elegido para compartir contigo este momento. ¿Quieres preguntar? Hazlo.

Con una voz que no me oía yo mismo, me armé de valor e intenté  probar mi capacidad de  hablar en tan extrañas circunstancias. Lo primero que se vino a la mente, fue preguntarle quién era. Desde cuándo estaba en la Santa Compaña. Si era hombre o mujer. Qué espiaba, qué culpas tenía para no poder gozar de la Luz a plenitud. Quería, sobre todo, preguntarle por mis seres queridos que ya dieron el paso. Un sin fin de interrogaciones que se aglomeraban en mi cerebro.

 

 

 

 

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