


Ya el sol se había cansado de subir y bajaba bastante rápido a su lecho, para descansar. Salí con ánimos renovados con el fin de realizar mi acostumbrada caminata, cuando a pasar «A Revolta», me dí de bruces con mi amigo y vecino, Julio Janeiro. Julio lo fue casi todo en este mundo que le tocó vivir. Después de unas vivencias propias de la aldea, siendo aún muy joven, ejerció el oficio de panadero y según iba cumpliendo los años iba aumentando sus actividades. Corredor de maderas, aserrador, practicante (ahora ATS) director de banco, apicultor y un sin fin de profesiones más queocuparían todo el dina cuatro de mi ordenador. Entre todas esas cosas, Julio es, además, un buen conversador y como se te ocurra darle pie para iniciar cualquier tema, despídete de todo el programa que hayas podido hacerte, porque no lo cumplirás. Y lo bueno, es que la mayoría de las veces, por no decir siempre, a su lado se aprende mucho. Me salió una pequeña mancha en la sien izquierda y le faltó tiempo para darme el remedio que la hiciera desaparecer. Me dijo que cogiera una hierba llamada «Celedonia» la cortara y con el jugo que suelta, rociara la mancha. Me eché a reir. No se molestó por ello. Y comenzó como siempre que le das la oportunidad de hacerlo. Ya lo dije al principio. «Mira, un día, cuando ejercía mi profesión de Sanitario o de Practicante, me llamó el Médico que entonces teníamos en Beariz y me dijo que teníaque hacerle unas curas a Don Manuel, el Cura. Que le había visitado, pero que visto el mal que tenía, poco podía hcer él como Médico, que yo le visitaría y le haría el tratamiento pertinente para curarlo. Dicho y hecho. Me fui a casa de Don Manuel y le dije lo que el Doctor me había sugerido. El buen Cura me agradeció mi presencia y mi disposición a curar sus posibles males. Me invitó a pasar a su habitación y se bajó los pantalones. Lo que aquel hombre tenía en sus glúteos, muslos y entrepiernas, no es para describir. Una pura llaga. Lo primero que le pregunté, ante lo que estaba viendo, fue si él había depuesto fuera de casa. Su respuesta fue inmediata. Me dijo que hacía unos días tuvo un apretón y no pudo resistirse. Paró el coche y se metió entre la maleza para vaciar su inquieto vientre. Que había mucha hierba que le invitaba para hacerlo. No pude sino decirle que, con mucho sentimiento por mi parte, el remedio para subsanar lo que él tenía, tampoco estaba en mis manos. Era necesario recurrir a una persona, concretamente, eso tenía que solucionarlo Salustiana (Nombre cambiado por respeto a la persona cuyos hijos están entre nosotros). Ella tiene los poderes que pueden curarla. Es necesario que ella lo vea y ponga los remedios adecuados. Don Manuel abrió los ojos que parecían salírsele de las órbitas, al mismo tiempo que contrariado y gritando como un energúmeno, me dijo que de ninguna manera. Esa mujer no podía curarlo, ni él quería ni ella, seguro ue tampoco. Que no se podían ver ni en pintura. Me costó mucho convencerlo para que yo pudiera hablar con Salustiana y ver si ella accedía a poner los medios para curar aquel cuerpo maltrecho. De no ser así, le auguraba un triste desenlace. Después de un buen rato conseguí que me permitiera hablar con la señora de los «poderes especiales». Luego tuve que visitarla yo para ver si ella, que no tenía mejor querencia hacia el cura de la que éste sentía por ella, estaba dispuesta a poner sus «poderes» para curar al viejo cura. La batalla dialéctica fue muy similar a la que mantuve con el abade. Por fin conseguí arrancarle el deseado sí. La preparé haciéndole saber lo que se iba a encontrar y que demostrara la máxima naturalidad. Me lo contaba Salustiana misma, que se quedó de piedra cuando contempló las llagas que aquel viejo cuerpo tenía. Inmediatamente le diagnosticó, sin que él abriera la boca. Le dijo que él había depuesto en el campo, donde había maleza de unas determinadas peculiaridades. Que entre esa maleza había una salamandra («pinta» en gallego) justo en el lugar donde había caido su excremento. El animalito al sentirse molestado por lo que le vino encima le escucpió su veneno y eso era lo que le había producido tal deterioro cutáneo. Que tenía que estar durante 15 días con un tratamiento que ella le preparó con hierbas que ella misma recogía. Todos los días iba la buena de Salustiana ha realizarle las curas y antes de una semana, para sorpresa de todos, los buenos oficios y los poderes sobrenaturales de la otrora mala vecina, puso al viejo cura a caminar con normalidad. Desde aquel momento, Don Manuel y Salustiana fueron dos buenos amigos. Eso sí, el burro en la linde. El con su credo y ella con sus podres paranormales.


La bella Tabernera trae un juego de cartas nuevo. Lo abre ante la atenta mirada de los dos contendientes. Ella misma sortea el orden de inicio. Le toca empezar, a mi rival. Da las cartas con una habilidad de auténtico tahur del Misissipí. Yo le observo, no porque dude de su honradez, sino para ir estudiando los gestos de su curtido rostro y poder descubrir las reacciones cuando vaya cobrando durante el juego. Comienza la partida. Senén gana el primer juego. Yo gano el segundo. venciendo cada uno el que le tocaba dar las cartas, llegamos al cinco iguales. De mutuo acuerdo decidimos tomar un «pisco labis». Nos sirve la Tabernera unos vinos con unas lonchitas e jamón de Porco Celta que nos alegra los sentidos. Rompiendo el más elemental protocolo, invitamos también a nuestra anfitriona que no desdeña la oferta. Terminamos el merecido descanso y nos proponemos reanudar la contienda. Yo le ofrezco la posibilidad de permutar los asientos. Senén se me queda mirando y me sorprende con una oferta que me hace pensar. -¿Qué te parece si dejamos rematar la partida en otro momento? Si accedes te cuento lo que me pasó con un Fraile de San Francisco, la víspera de mi boda. La oferta encerraba enjundia, por lo menos era novedosa. Le dije que sí. Que aceptaba su oferta, con la condición de que la partida se reanudaría en la primera ocasión que nos encontráramos. Nos pusimos de acuerdo en todo y comenzó su relato. – La víspera de nuestra boda, allá por los principios de los sesenta del siglo pasado, como era de riguroso cumplimiento, mi novia y yo teníamos que realizar el Sacramento de la Penitencia.
Ella se confesó. El Fraile me invitó a que yo me acercara al Confesionario. Me preguntó los pecados que tenía. Yo le dije que ninguno. Que no tenía ningún pecado que contarle a él. Además, si los tuviera, no se lo iba decir. Tuvimos una dura y muy larga discusión. Ninguno ganó la batalla. Pero el Fraile se agarró tal cabreo que me dijo que no me creía. Que me podía marchar pero de penitencia tenía que rezar 80 Padrenuestros. Aquella noche me harté de rezar hasta que me quedé dormido. -Pero ¿Rezaste los 80 que te mandó el Fraile? -Le pregunté. -Yo no sé hasta cuántos recé, pero muchos. Tantos que tardé bastantes años sin rezar otro.
LA LIEBRE DE LAS ÁNIMAS Tiene el genial escritor gallego, Blanco Amor, una obrita de teatro sumamente divertida que se titula, si mal no recuerdo, La liebre de las Ánimas. Ahí me quedo. Ahora volveré. Hoy compartí mesa y viandas, que no mantel, porque puse mantelitos individuales que son más fáciles de limpiar, con unas personas a las que me une, amén de lazos familiares, una muy cordial amistad. Durante la comida surgió un tema cuyo diálogo voy intentar reproducir con la máxima fidelidad. Decía, le pondré un nombre al azar. Por ejemplo; Casimiro
El padre y el hijo se quedaron mirándose uno al otro y el padre rompiendo el silencio, sentenció, «Domonios, hijo, cómo corre la liebre de las Ánimas del Purgatorio»
Buenas noches, Mamá. Una vez más, siento la necesidad de hablar contigo y recordar algunas de nuestras cosas. Estoy seguro que los dos nos divertiremos comentándolas. También habrá lugar para los recuerdos amargos. De todo ha habido en tu vida Mamá. Te puedo decir, Mamaiña, que he puesto el listón de mis exigencias muy alto, sin embargo me siento tan bien que pido a nuestro Dios, al que tú me enseñaste a querer y respetar, que no quiero ser más feliz de lo que soy. Como todas las personas, tengo mis momentos altos, medios y bajos, pero tú me enseñaste que con ellos hay que vivir y a cada uno darle un tratamiento. Y es lo que hago. Desde que María del Pilar, mi Esposa, se fue contigo, físicamente, porque su espíritu, su personalidad, su esencia de persona, igual que tú, sigue entre nosotros, es ella la que nos sigue orientando cuando la duda quiere tomar carácter de compañera en nuestras decisiones. Tienes unos bisnietos que son maravillosos. Jóvenes, con sus inquietudes. Adolescentes con sus sueños. Niños que revolotean en busca de cosas nuevas para encontrarle sentido a sus juegos. Todo un mundo maravilloso en el que tú, Mamá, tienes una vigencia constante. ¡Qué fácil es la vida, cuando tienes las referencias adecuadas, aprendidas en el amor de una Familia maravillosa que tú formaste! Cada uno de nosotros va poniendo su granito de arena del color y tamaño que la vida te va exigiendo, pero qué fácil es colocarlo en el momento y lugar adecuado, teniéndote a tí como referencia. Te podía contar un sin fin de cosas, según te prometí al comenzar esta carta, pero el sueño me dice que mañana continúe, que no te canse. Le haré caso, pero te prometo que reanudaré pronto contarte cosas que te sorprenderán. Un beso Mamaiña. Buenas noches. Te adoro.
En las mesas los contendientes ponen su capacidad de memoria al servicio del mejor jugar. Las discusiones entre los contendientes dejan minimizadas las sostenidas entre Atenienses y Espartanos. Como suena.
Existe cierta complicidad entre los participantes y no todos juegan con todos. Tienen sus preferencias, tanto por la capacidad de dominar mejor el juego, como por el carácter de cada uno que se ajuste mejor o peor al compañero seleccionado. Nunca llega la sangre al río, aunque es muy frecuente encontrar alrededor de la
mesas, al mirón de turno que lo único que hace, es envenenar el ambiente con sus comentarios al final de cada jugada. Pero todo ello contribuye a pasar mejor un momento de ocio entre amigos y estrechar más la convivencia

Hay en el diario vivir de las personas, infinidad de elementos a los cuales ignoramos y que, sin embargo, tienen un enorme significado. He centrado mi atención, en el día de hoy, en la humilde y con frecuencia mal utilizada cuchara. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, la cuchara es un instrumento que consta de un mango y una pala hueca que se utiliza para comer o servir alimentos poco condimentados. Sin embargo pocos o nadie se ha dedicado a considerar su enorme generosidad. Pocas personas o ninguna se han parado a elogiar su enorme generosidad. Hay Muchos instrumentos que utilizamos para nuestra alimentación. Cada uno tiene sus características y muy diversas peculiaridades, pero pocas o ninguna se introduce en nuestra boca cargada de alimentos y al descargar, sale tan limpia. Siempre nos da, sin pedir nada a cambio. Incluso, jamás regresa de su viaje de aportación con restos de lo transportado. Sale limpia, correcta, servicial, presta siempre a seguir deleitándonos con aquello que nos gusta. Práctico y loable el servicio que nos presta tan sencillo y poco valorado instrumento.
A partir de este momento, cada vez que utilice una cuchara para alimentar este insatisfecho y desconsiderado cuerpo, te prometo, querida cuchara, que desde la fábrica donde se elucubran los más peregrinos sentimientos, te resarciré mandándote un mensaje de agradecimiento por tantos servicios prestados, sin que por ello te dijera nunca: Gracias amable cuchara por haber sido tan buena conmigo y, para mi fortuna, aún continuas siéndolo.
Hoy me levanté con la pretensión de darle un palo a la novela que bulle en mi cabeza y ya empezó a caminar por las sendas de mi ordenador. Pero, al igual que ocurrió con el perro de uno de mis relatos en ARDUINA, próximo libro a salir, mi cabeza derivó por otros derroteros, por los que habitualmente no suele caminar. Ellos no son otros que los de la pedagogía. Y, es que a veces es necesario dedicar un tiempo a tan alta expresión. Le comentaba yo, a un experimentado y muy competente de la profesión de la abogacía, ciertos pensamientos que pasan por mi cabeza sobre personas que ejercen cargos políticos en ámbitos de nuestro entorno. Y él, con muy buen criterio me decía que yo estaba en un error. Argumentaba su aseveración con una pregunta que me formulaba. ¿»Tú crees que un intelectual de alta o media categoría podría desempeñar un cargo político? Imposible. Un político, lo que tiene que aprender es a decir todo aquello que sus conciudadanos quieren oir y, además decírselo con las palabras que ellos quieren escuchar.» En efecto. Estoy totalmente de acuerdo con las palabras de mi amigo. Pero ello no es obstáculo para que mi capacidad de pedagogo, en el día de hoy, se limitara a eso. Pienso y así lo digo,que es necesario, condición «sine quanom» que todo político que desempeñe cargo de gobierno, sea cual fuere su escala social, tiene que salir fuera de su entorno, de vez en cuando, para ver qué es lo que sucede por otros pagos. No puede bastarle lo que publiquen los periódicos, cuya veracidad, en la mayoría de los casos, se limita al precio y la fecha. Ya no
digamos lo que mandan las radios a través de sus ondas. ¿De lo que muestran las televisiones? Ni se me ocurre mencionarlo. No, no basta. El político que ejerce, en teoría, una de las funciones más bellas que puede desarrollar persona alguna, tiene que salir. Sí, salir y esponjarse. Llenarse de experiencias de todo tipo y luego ver las que son provechosas para aquellos que le dan su razón de ser. Y cuando, a través de esa honestidad y experiencia, comprobar que su capacidad de esponja, de asimilar enseñanzas y llegar al límite de sus legados, darse por satisfecho y felicitarse del deber cumplido. Por doquier he sembrado hoy mi espíritu didáctico. Emulando el mensaje bíblico, fuente donde todos deberíamos beber, es fácil entenderlo.
«El hombre viejo debe dar paso al nuevo. Renovarse o morir.» No se es viejo por los años vividos, uno tiene la edad de la piel que acaricia. Se pueden tener muchos años y ser joven, se es viejo cuando no se sabe o no se intenta renovarse. A los 70+12 que peino, tengo la necesidad y, hasta creo, que la obligación de expresar lo que pienso, si no lo hago, ¿ cuándo lo pienso decir? Aún sabiendo que hace unos días celebrábamos la festividad de Juan el Bautista, el que predicaba en el desierto, otras muchas cosas impartí por donde me quisieron escuchar. La arena, igual que el papel, lo aguanta todo. Buenas noches.