Sin que tenga una explicación, hay veces que te empeñas en fabricar una frase o una reflexión y la repites como un papagayo, sin darte cuenta que es todo un disparate sin sentido.
Tuve una temporada de bastantes años de duración en que se me ocurrió decir a quien me hiciera una faena que considerara contraria a mis intereses, seguridad o cualquiera otra incidencia, bastante ofensiva El insulto, como tal se puede llamar lo que yo soltaba por mi boca, no era otro que :Cuando tu madre te engendró, tu padre no estaba en casa. Siempre lo decía cuando iba en coche, nunca siendo peatón. La reacción del insultado, ya se puede suponer cómo era. Mejor no la reproduzco. Esas palabras las estuve diciendo, como digo, bastantes años. Ni yo ni los insultados nos percatábamos de la grosería no existía como tal, puesto que la madre, por sí misma no podía engendrar si el engendrador no estaba. Y fue precisamente una amiga quien me corrigió al escuchármelo. Me dijo: Eso que dices es una solemne tontería. Cuando su madre lo engendró, su padre estaba en casa, quien no estaba, era el marido de su madre.
Otra de las cosas que se dice con mucha frecuencia es que: La vida no te regala nada. Una auténtica falsedad. La vida en sí ya es un regalo. Lo que no hace la vida es es regalarte cada situación en que tú necesitas realizar actos inherentes a la propia vida.
Reflexiones para distraer la mente en momentos de no saber en qué pensar.
El agua quiere ser libre. Tan es así, que en cuanto le ponen linderos, lucha por romperlos. A la vera del torrente me puse a verla venir e irse. Venía alegre, jovial, cantarina, sonriente, diría, incluso riéndose y al irse eclosiona y se lanza por los despeñaderos gozando de su libertad. El agua no entiende de barreras ni cárceles. Quiere ser ella misma y no soporta que la quieran controlar. Se finge domesticada. Solo una quimera. llegará su momento. Sí
Ya llegó su momento y se lanza a tumba abierta en busca e su destino postrer Pero antes se despeñará entre riscos y canchales que bruñirá a su paso. Brota el agua del manantial y aflora suave y limpia, de las entrañas de la tierra. Discurre entre árboles y matorrales, jugando al escondite hasta encontrarse en el regato y ladera abajo va juntándose como
hermanas que dispuestas a seguir hasta el final, suman sus risas y cantos que aunan al ímpetu de poderosa fortaleza arrollándolo todo a su paso. Y es su hermana tierra, quien sin brusquedades ni aspavientos la duerme en su regazo y le brinda el amor de su fertilidad. Y abrazadas las dos, agua y tierra, asidas de la mano llegan al final de su camino postrer.
Ya lo cantó el Poeta: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…» No en vano el ser humano es en un gran porcentaje, el líquido elemento. Será por algo, digo yo.
Tuvieron que pasar muchos , muchos años, para que yo me diera cuenta de los archivos del viento. Por más que buscaba y quería justificar situaciones increibles con las que tenía que compartir aconteceres de mi vida, no conseguía encontrar una respuesta a las numerosas preguntas que me formulaba y golpeaban mi mente. Un día me paré a la vera de una encrucijada de caminos y me pregunté. No recuerdo con claridad cómo fue. Sin embargo debió ser una pregunta inteligente porque la respuesta clarificó muchas cosas que estaban en la nebulosa de mi existir: El viento tiene un archivo donde todos los aconteceres de la vida, quedan reflejados. Y así debe ser. Por uno de su pliegues me dejé envolver y cuando me transportó, encontré lo que jamás podía soñar, por atrevido que fuere. Allí, delante de mis ojos, con su rostro nacarado, sus ojos vivarachos, parlanchines y musicales, incluso cuando el silencio se adueña de ellos. Su boca, húmeda, sensual, sugerente, sin ambages, tanto como lo era hace más de 40 años. No podía creerlo. No sabía si era un sueño o era la realidad que el archivo del viento había transportado hasta mí, aquella inefable criatura que, con solo sus sonreir, llenaba los más amplios espacios que se pudieran crear. Era ella, tan dulce como siempre y tan cercana como lo era siendo poco más que una niña. Cuando pude controlar mi asombro, la estreché con mis brazos y ella se inundó de luz y de amor mientras sus boca se hacía mía y yo dejé de controlar mis sentimientos. Maravilloso e insospechado encuentro que solo el viento es capaz de propiciar. No soy capaz de expresar el sentir del momento vivido y necesidad tengo de reposar los instantes compartidos y poder expresarlos sin que la pasión me embargue. Gracias le doy al viento por traerme entre sus pliegues tan maravilloso regalo y disfrutarlo prometo.
En esta fotografía, no os imaginais la emoción que sentía, escribiendo en el libro de visitas que hay en la casa del FENIX DE LOS INGENIOS. Me temblaba el pulso pensar, que en aquel mismo sitio, Lope de Vega escribió cualquier cosa que saliendo de él se convertiría en una genialidad.
Muchas veces he manifestado mi opinión, defendiendo que para el hombre no hay nada imposible, si en conseguirlo pone toda su capacidad. Siempre que me he pronunciado de esa manera, no miraba mucho más allá del piélago de mis ojos ni era plenamente consciente de lo que decía. Y, si lo era, no pensaba más allá de dónde quería llegar en mis pretensiones de conseguirlo. En resumen, que hay muchas cosas que están fuera de nuestro alcance, pero que ello no debe ser impedimento para que, al menos, lo intentemos. Siempre podremos albergar la ilusión de conseguirlo. Todo lo dicho es porque hoy tuve el placer de visitar la casa de Lope Félix de Vega Carpio, más conocido como El Fénix de los Ingenios. La emoción que sentí pisando el mismo suelo que él pisó, al recorrer el pequeño jardín y contemplar los arbustos y árboles que él plantó y cultivó y ver los objetos que él utilizó, os puedo asegurar que es indescriptible. Lope vivió de forma avara, en el apartado de disfrute que el destino puso a su alcance. No paró en mientes de vivir a plenitud, Que se le puedan achacar, tuvo un mínimo de 17 hijos. En el mundo seglar, primero y dentro del mundo sacerdotal, después, no dejó que pasara por sus proximidades un segundo que no aprovechara para imprimirle su personalidad. Prolífero en todos los órdenes, escribió incontables obras de teatro, piezas literarias en todos los estilos, destacando en cada uno de los que trataba. Desafiando todas las leyes de la prudencia y de la sensatez más elemental, me arrogué la osadía de beber en el mismo pozo en el que él lo hacía. Cuando sentía en mi rostro el frescor que subía del pozo, no pude evitar la emoción de identificarme con lo que Lope Félix debía sentir en los meses de estiaje.
Se lo agradezco y le prometo seguir mientras las fuerzas me acompañen y Dios me lo permita.