Eso fue lo sucedido en el día de ayer, en la presentación de UNO DE TANTOS, en la Capital del Lérez (Pontevedra).
Ni los buenos oficios puestos al servicio del evento, por parte de la flamante Manager ni la predisposición del Equipo humano de la librería Nobel de Pontevedra ni, por supuesto mis voluntariosos movimientos intentando motivar a todos los potenciales conocidos que pudieran acompañarnos, auguraban lo que a partir de las 19,30 horas del día de ayer, viernes, sucedió.
Con puntualidad británica, marcada por helvético cronómetro, los espacios abiertos e la amplia y bien surtida librería Nobel de Pontevedra, se llenó de un público selecto que superó todo lo previsto.
Había pensado que el evento durara menos de media hora. Se encargaron los asistentes al mismo de que su duración alcanzara la hora y media, sin que ni una de las más de medio centenar de personas presentes, se movieran de su sitio.
La mayoría de pie. Comenzó la presentación Erica Martínez, responsable de la Librería Nobel. A continuación Ana Rodriguez Muradás leyó un fragmento de mi estancia en Pontevedra, allá por los años 40. A continuación seguí yo. con un breve discurso. Mi disertación versó sobre lo escrito en mi libro y las razones que lo motivaron. El punto de partida, era sencillo : Leemos para conocernos mejor, sacando las propis conclusiones que nos conduzcan a ser mejores personas.
En la retirada nocturna, un grupo, no quisimos pasar sin dar las Buenas noches al gran Maestro Don Ramón María del Valle Inclán, autor de tantas y tantas obras que nos deleitan con su sapientísima manera de decir las cosas.
Seguiremos los próximos días documentando el acto de Presentación en Pontevedra con personajes que nos honraron con su presencia.
Sí, la vida es muy bella. Tiene algunas manchas, pero son las que nosotros le ponemos con nuestra incoherente actitud y el mal uso que hacemos de nuestras capacidades. Si empleáramos bien nuestra energía, parta hacer el bien, las hebras de las arañas, serían más débiles que nuestros actos. Pero no, tenemos que emplear todo lo bueno que poseemos en crear lo poco malo que somos capaces de hacer y que puede llegar a destruir lo más bello de la creación, el hombre. ¡Señor cuánta maldad! Mejor, ¡Qué poca maldad! Sí con qué poca tinta se echa a perder un traje grandioso que la novia podía lucir con todo su esplendor
Pero dediquemos hoy la atención a la parte bella de nuestro existir. Hace unos días gocé de la compañía de Rubiales, fruto del amor de Papo Rubio y su compañera. Sentía pesar porque pensaba que Rubiales andaba solo, pero no es así. La prueba de ello es el fruto de su amor que ha caido en mis manos. Nunca dicho con mayor propiedad. Hace unos días, al hacer mi recorrido habitual alrededor de mi casa me encontré con un nieto de Papo Rubio. Prematura su ausencia de la casa materna. Si yo no me lo hubiera encontrado cuando hacía poco que había volado, bueno, más que volado, saltado del nido, seguro que hubiera sido pasto de los gatos o de cualquier otro depredador que, con toda seguridad hubiera tenido un apetitoso desayuno o merienda con él. Lo recogí y durante dos días lo alimenté haciendo yo de madre y de padre. Dándole la comida desde mis labios, como si tuviera pico como los pájaros. Se acostumbró y a la tercera o cuarta vez que lo intentamos, como tenía mucha hambre, picoteaba como si nada. Como viera que Rubiales no hacía sino dar vueltas en busca de su hijo, lo coloqué en unas ramas cerca de donde me suponía tienen su nido y ya el padre se encargó de ayudarle a volar hasta su casita. Confío que cuando vuele la próxima vez, ya domine bien el arte del aleteo correcto y no vuelva a caer.
Ni en los momentos más optimistas, UNO DE TANTOS, hubiera pensado estar en las manos de una de las escritoras más relevantes de la Literatura Universal. Tener la osadía de sumergirse en la vida intelectual, cultural y profesional de Elsa Punset, es tanto como encerrarse en un Museo de Ciencia. Necesitaría muchos folios, solo para enumerar los títulos que atesora. Escritora, Filósofa, Humanista, Musicóloga, Pianista, etc. etc. etc. Sin embargo todos ellos, con estudios profundos en todas sus especialidades, quedan pequeños a la hora de catalogar la grandiosa Humanidad. Elsa Punset, es sobre todas las cosas, una maravillosa y excelente Persona. Sí, con mayúscula. No merece menos. Tanto así que en ella se produce el cierre del círculo, con toda la gama de valores intermedios. Desde su altura inconmensurable como ser intelectual hasta la humildad más sencilla, al alcance de cualquiera que se acerque a ella. No existe en Elsa Punset ni el más pequeño atisbo de grandeza a la hora de tratar a las personas que soliciten su atención. De ahí que el humilde UNO DE TANTOS llegara a sus excelsas manos y con la elegancia innata de que es poseedora, tuviera a bien, presentarlo ante el objetivo de la cámara, cuando la bella y elegante Ana Rodrígez Muradás se lo ofreciera. Algo es común a las dos encantadoras damas. Ninguna de ellas pone barreras al viento o se arredran ante las dificultades. Ana con el, casi infinito, respeto que le inspira Elsa, le ofreció el libro, a la vez que solicitaba de la Ilustre Dama, si a bien lo tuviera y sus múltiples compromisos se lo permitieran, le diera algún día, su benévola, muy benévola, opinión sobre su contenido. Lo emita o no, desde lo más profundo de este usado, que no viejo, corazón de 70+10 años le mando a Elsa Punset mi admiración, con la que cuenta desde hace muchos años y mi agradecimiento más sincero, por sustentar en su mano diestra, con tanta delicadeza, un volumen de mi libro.
Decía en mi anterior escrito que la razón que esgrimía mi hermano Benito para marcharse, no era totalmente cierto. Algo había de ello, traer los restos de nuestro hermano Manuel, muerto en Venezuela, pero el motivo real, es que Benito, huía de sí mismo. ¿Porqué? Sencillamente porque él era novia de una joven, con la cual mantenía relaciones desde su adolescencia. Las malas compañías y el exceso de consideración de mi hermano para con ella, un mal día para ambos, la citada novia escapó con otro, dejando a Benito, tal cual se quedó el Gallo de Morón. Este, sin plumas y cacareando. Mi hermano, compuesto y sin novia. Ya decíamos que a la sazón Venezuela tenía cerrada la inmigración, por lo que mi hermano, cometiendo una incoherencia más, pensando que Venezuela y Brasil, son naciones colindantes, se embarcó para este último país, pensando, siempre según él, que desde uno de ellos sería más fácil pasar al otro. Dato curioso es el que ocurre don este triángulo geográfi
co. La distancia de Madrid a Río de Janeiro es la misma que hay de Río de Janeiro a Caracas. Resumiendo que las tres capitales unidas componen un triángulo con sus tres lados iguales. Por lo que mi hermano había creado una situación, que era una pérdida de tiempo. Pero eso será objeto de otro tratamiento. En algún momento escribiré la historia de mi hermano en esta etapa de su vida. Historia interesante por cierto. Ahora centraré mi atención en el encuentro acontecido estos días. Tan maravilloso como inesperado.

Benito, uno de nuestros hermanos, sin duda el más carismático, el más amante de nuestra madre, el joven que todas las madres del lugar, querrían tener por hijo, tomando como disculpa, ir a la procura de los restos de Manuel, cuando la razón era otra muy diferente, decidió viajar a Venezuela. En esos años, estaba vetada la inmigración al País de Bolívar, por lo que lo quiso hacer a través de Brasil. En efecto, llegó a Santos y allí comenzó una nueva vida. Con el tiempo las comunicaciones con la familia se fueron diluyendo, en tiempo e intensidad, hasta llegar a un extremo de casi total desconexión . Nuestra madre enfermó de gravedad. En los últimos días preguntaba por Benito continuamente. Se agarró a la vida con uñas y dientes. Libró con la muerte de poder a poder, intentando que ésta no se la llevara hasta que su amado hijo viniera. Personalmente hice gestiones personales, primero, a través del Consulado de España en Santos, después. Todo fue inútil. Nuestra madre se fue sin lograr su último deseo. Murió nuestro padre y mi hermano tampoco hizo acto de presencia. Desde que Manuel murió y Benito se se marchó, yo todas las noches de mi vida, soñaba con uno o con el otro. A veces con los dos. Con el fin de rehabilitar el cordón umbilical entre Benito y el resto de la familia, viajé con Beatriz, mi hija mayor, ya que teniendo mi hermano un hijo de la misma edad pensé que ello podía ser una razón más para conseguir ese objetivo. Tampoco ese proyecto produjo los efectos deseado.
Son las ocho de la mañana, cuando esto escribo. Estoy acostumbrado haber visto en el campo a ciertos animales, sobre todo pájaros y aves, permanecer en actitud vigilante, unos, mientra los otros comen, beben y practican cualquier otra actividad. Esto lo he observado, sobre todo, en esos ingentes bandos de tordos que en sus vuelos dibujan en el cielo con su oscuro plumaje, infinitas figuras en tamaños y formas. Cuando se posan en un viñedo o en un olivar, alivian de trabajo a los propietarios, con el consiguiente disgusto para campesinos. Todo ello lo contemplé desde una distancia que no se pueden apreciar los matices que brindan la proximidad. Esta mañana, como de costumbre, me asomé para ver si mis amigos Rubiales y Pico Amarillo, habían venido a desayunar. En efecto, allí estaba el hijo de Papo Rubio, desde hoy, con vuestro permiso le llamaremos Rubiales, comiendo con avidez. Permanecí unos instantes divirtiéndome viendo cómo buscaba los granos de arroz y entre éstos, los cocidos. Me hacía reir, por su capacidad de selección. En esas estaba cuando se salieron de entre bastidores Pico Amarillo y su Amada. Los dos se presentaron con la velocidad de la luz. Uno se quedó comiendo, Pico Amarillo madre y Pico Amarillo, caballero él, se subió a una rama baja del viejo roble y desde allí vigilaba para que su compañera, desayunara con toda tranquilidad. Era admirable observar cómo miraba continuamente para todas partes, sin perder de vista los movimientos de su esposa, para transmitirle el mensaje pertinente si acechara algún peligro. Así permanecieron ambos unos cinco minutos, transcurridos los cuales, invirtieron los papeles. Ella se subió a una rama muy por encima de la que estaba Pico Amarillo. A los pocos segundos descendió a la misma en la que se hallaba su pareja y allí se quedó, mientras él bajaba a tomar su alimento. Ni que decir tiene lo admirables que son nuestros compañeros de viaje. Hace unos días hacía un comentario sobre los anónimos sabios que conviven con nosotros sin que siquiera sepamos que están ahí. Están ahí, dando lo mejor de sí mismos para que nuestras vidas tengan más calidad. También los pajarillos nos dan lecciones que debemos aprender para dar a nuestras vidas un sesgo que las haga más racionales, más solidarios y más comprensivas para con los demás.
Cuando escuché sus trinos levanté la mirada y allí estaba él. Al verlo me dí cuenta que durante algún tiempo mi subconsciente percibía un sonido que no llegó a sacarme totalmente de mis pensamientos. Al verlo, le pedí disculpas y le invité a tener unos momentos de conversación. El lo aceptó encantado. Se le notaba necesitado de encontrar alguien con quien compartir los malos momentos que estaba viviendo. ¿Sabría él que yo era el compañero ideal con quien compartir esas reflexiones? Le dejé que fuera él quien primero expresara sus sentimientos. Con trinos que en nada se parecen a los que cada mañana entonaba en el alféizar de mi ventana, mientras picoteaba el cristal, me hacía partícipe de su soledad. Me decía que había perdido una Compañera con la que había compartido etapas tan bellas e ilusionantes que dieron como resultado la crianza de una prole que cuidaron con todo el cariño hasta que les enseñaron a valerse por sí solos.
Ese fue el resultado, pero hasta llegar a ese momento, ambos se ayudaron a construir su casa. Soportaron fríos y calores. Llevaron en sus picos, miles de hierbas hasta hacer realidad un nido de amor, digno donde ella depositó sus huevos que los dos cuidaron con todo esmero para que llegaran a contribuir a su razón de ser, procrear. Y ahora, ahora, cuando los dos podrían compartir el placer de contemplar a sus polluelos volar por doquier y formar sus familias, ella, ya no está. Hasta llegar aquí, sus trinos se entrecortan y, a veces apenas los escucho. Se calla. Espera que yo le dé una respuesta que justifique , si se puede justificar, el porqué de todo ello. Hay un silencio que ambos respetamos. El sabe que yo le voy a contestar. Sabe que lo haré porque no hace sino poner su cabecita de medio lado para percibir mejor mis razonamientos. Lo tengo muy fácil. Empiezo sin ambages. Querido amigo, no me descubres nada nuevo. Todas esas preguntas y muchas más, me las hice yo hace ya más de once años. Tú me lo preguntas a mí que soy infinitamente limitado. Yo se lo pregunté al que todo lo sabe. Le pregunté una y cien mil veces. Más te digo, querido Papo Rubio, me ofrecí para que el inmolado fuera yo y no ella. No te imaginas cuánto de sinceridad había en mi demanda, en mi solicitud de intercambio. De nada me sirvió. ¿Qué cuál fue su respuesta? Que no la tendré en el transcurso de mi vivir, se me dará un momento después de mis últimos instantes de mi etapa terrenal. No, no fue el silencio lo que se me ofreció. El tiene siempre la respuesta justa. Eso sí, la escucharemos, tu y yo, querido amigo, en el momento justo.
