Era por la mañana. Entré en la Residencia, como de costumbre, luciendo mi mejor sonrisa. No siempre, ni por todos los Residentes, es recibida con la alegría que yo intento transmitir. Hice un recorrido visual a todos los internos, que disfrutaban de un merecido reposo a su larga y, a veces costosa subida por los caminos de la vida. La mayoría, ya peinan o le peinan, más de los 90 abriles. Hay alguna que ya culminó la difícil cumbre de los 100. De pronto, mis ojos se paran en la imagen de una señora que viste de negro. Me acerco a ella y le pregunto el nombre. antes de escuchar su respuesta, detrás de mí suena la voz gutural y jovial de la Directora del Centro.
–Que te cuente, que te cuente. Tiene una conversación increible. Es un placer hablar con ella.
Le repito la pregunta, inquiriendo su nombre. Con voz sonora y bastante grave, me contesta.
–Y, ¿Quién eres tú para querer saber mi nombre?–Sin esperar respuesta contestó–me llamo Holandina
— Qué nombre tan bonito tienes. Yo soy Pepe. Pepe Balboa. Solo se lo dije una vez. Fue suficiente para que nunca más se le olvidara. Cada vez que le hacía una visita, y eso sucedía todos los días, salvo obligadas ausencias, por viajar fuera de Galicia, nunca más se le olvidó mi nombre. Supe de su deseo de comer pan de millo o de centeno. Era para mí un placer complacerla, siempre que lo hubiera en la panadería o se celebrara alguna feria por las proximidades. Desde el primer encuentro nació una, para mí ilusionante amistad, con Holandina. En su conversación, era muy fértil, elocuente y sobre todo frontal. Siempre decía lo que le apetecía decir. No tenía pelos en la lengua. Había vivido muchos años, con su Antonio, su marido, en Fuencarral.
–Fuencarral, pueblo, porque también hay un Fuencarral, pero calle, pero en Madrid. Pero mi Antonio mi Manolita y yo vívíamos en Fuencarral, pueblo. Compartir con Holandina unos momentos, era disfrutar, era viajar por los espacios de la sabiduría popular, envuelta en una pronunciación perfecta. Su amor por el hombre que compartió con ella una larga y feliz travesía por los caminos de la vida, era latente y ella lo resaltaba siempre que se le daba la oportunidad de hacerlo. Pero ese amor, no era obstáculo para que mantuviera su criterio cuando las discrepancias propias del día a día, pudieran surgir.
–Un día nos fuimos de compras al Corte Inglés–me contaba.–Estuvimos viendo toda clase de cosas. Cuando llegamos, donde se encontraban los vestidos más bonitos del Corte, reparé en uno que me gustó. El Antonio se fue a dar una vuelta para ver otras cosas que él quería ver. Yo le dije a la señorita que estaba en aquella sección que me diera aquel vestido que me gustaba. Me lo dio, Entré en el probador y me gustó. Le dije que me lo envolviera, que me lo llevaba. Volvió Antonio y me preguntó si había comprado algo. Yo, le contesté que sí, que había comprado el vestido que me gustaba.
–¿Cuánto cuesta?
–Veintiocho mil pesetas. De esto hace más de 50 años.
–Tú no estás bien de la cabeza. 28.000 pesetas tú
..-Perdona, yo gano para ello y yo me lo compro. No hay más que hablar del asunto.
–Antonio, sabía muy bien, lo que aquello significaba.
De todo me hablaba Holandina de sus vivencias. Tenía un recuerdo muy especial para las porras con chocolate que tomaba en la Churrería del Sr, Mateo. ¡Qué ricos estaban! Decía mientras se le hacía la boca agua.
Ayer, se durmió Holandina y pasó a la morada de lo Eterno. Manolita, su hija, la vistió de fiesta. La vistió con el traje más bonito que jamás cubrió su cuerpo, el vestido que compró en el Corte Inglés, allá por los años 60 y cuyo precio asustó al bueno de Antonio, pero que ella había ganado, para comprarlo y nada ni nadie, le podría quitar el placer de vestir su esbelto cuerpo y hacer relucir su bello rostro, con aquel vestido de color azul y motivos dorado que aún hacían resaltar más el cimbreante cuerpo de Holandina, una mujer que paseaba su galaica gallardía por el pueblo de Fuencarral. Hasta luego entrañable Dama. Ahora que ya estás en brazos del Eterno, aunque te costaba creer en El, dile que yo también quiero compartir contigo esa eterna estancia, por los siglos de los siglos. Dile que para entrar allí, te pusiste tus mejores galas. El mejor y más caro vestido, que había en el comercio aquel 14 de Febrero de l.962.
Mañana, prometo adjuntar fotografías suyas.
No me sentí rejuvenecer, al pisar el aula universitaria. A mis setenta más once años, no me sentí, en absoluto, incómodo. Ni siquiera sentarme al lado de jóvenes que, por edad, todos ellos podrían ser mis nietos. Sentí una emoción especial, prestar atención a una profesora que, con una densa formación, impartía unas normas, para que mis conocimientos sobre la materia de que trata el curso, en el que estoy inscrito, sean un poco más amplios.
Posiblemente haya quien pueda pensar, y es muy libre de hacerlo, que esta intromisión mía, en el interés de ampliar mis conocimientos, pueda considerarse una pérdida de tiempo o lo que es peor, que pueda hacerle perder el tiempo a una profesional, que me dedica una pequeña parte, la que preciso, de su valiosísimo, tiempo en explicarme algunos de llos conceptos, por los que tengo interés. A quien así piense, le puedo asegurar,, que está en un craso error. Intento estar pendiente de todas las preguntas que se se le hacen a la profesora, por parte de cualquiera de mis compañeros. Y cuando yo realizo alguna aclaración sobre las dudas que pueda yo tener, siempre intento que su aclaración, sea útil a muchos de mis colegas.
No quiero cerrar este comentario, sin decir a todas las personas que tengan inquietudes de ampliar sus conocimientos, sobre cualquier materia que le interese, que no tengan el mínimo reparo de romper cualquier tabú que se le pueda pasar por su cabeza. Es maravilloso contrastar que lo de los años, para determinados conceptos, no es sino un razonamiento inventado por el hombre, en un momento de aburrimiento. Aburrimiento que sufría, en ese instante, quien lo inventó. La mente, siempre debe tener las puertas abiertas, para que todo lo que venga, pueda entrar y enriquecer es espíritu, en el conocimiento.
Casas viejas deshabitadas. Cuadras vacías, sin puertas. Acceso
Desde un lugar discreto, monté la guardia. Si era allí, Poquita Cosa no tardaría en salir o entrar, dependiendo de si estuviera fuera o dentro, como es lógico. Después de varios meses sin caer una gota de agua, comienza a llover.
La recibo con mucho gusto. La necesitamos. Mis sospechas se confirman. Por una callejuela que desemboca en la calle principal, que en realidad es un camino, baja corriendo Poquita Cosa. Casi ni respiro, por si, mi aliento, ella lo percibe y evita, lo que tanto deseo. Acelera el paso y se dirige hacia la puerta, de la que yo sospecho. Corre y, en efecto, se mete por el agujero que yo pensaba, que era su puerta particular. Sin perder un segundo, me voy hacia la puerta, ansioso por ver lo que hay dentro. Poquita Cosa, no solo ha elegido un lugar íntimo, además la puerta tiene tarabelo y llave. Me convierto en un asaltador de cuadras y consigo abrir, después de mil dificultades.
Ya dentro me encuentro con, dejo de hablar y que lo digan las imágenes. El blanco y el gris, sé de quién son hijos.
El negrito, ese no es si es que se pasó de playa, tomando el sol o bien, al padre no conseguí verlo nunca.
A lo mejor es de una generación remota, dicen que hasta la antepasada doce, puede dejar huella de su existencia
Este es el padre de…..no hay duda
Este es el padre del gris marrón
Pero ahora, los muy sinvergüenzas, ni señales de vida dan. Si Poquita Cosa no buscara y Pepe no proveyera….Son unos malos e irresponsables padres. en cuanto ella dejó de darles placer, la ignoraron y la dejaron que se arreglara como Dios le diera a entender. ¡¡Qué injusta es la vida donde el egoismo es el santo imperante!! Y cuánta similitud hay entre ……… Ahora, hasta que le busquemos una casa que garantice un buen cuido y mucho cariño, no les faltará de comer. Acaricié a Poquita Cosa cuando la felicitaba, por ser madre y no os imaginais, lo cariñosa y contenta que se puso. ENHORABUENA FELIZ MADRE.
La otra mañana lo hacía debajo de unas sillas que se hallan en la acera. La llamo y la respuesta es la misma. Me mira, mueve el rabo en señal de saludo y sigue su camino. A veces, si intento acercarme a ella, acelera el paso, haciendo que su vientre cargado de vida, cada día se le nota más, se mueva con garbo de futura madre.
Reepito, su comportamiento conmigo me extraña y me preocupa. Intento sondear las razones que puedan crear esa situación y, tomando un café, escucho a uno de los señores que compartían barra que habla de una perrita que anda por la calle y él intenta agarrarla porque quiere bañarla. Loable intención. Pero Poquita Cosa, tiene sus propios criterios sobre la higiene y le huye. Tantas veces lo intentó como ella se escapó. He ahí la razón que tiene ella de no permitir que nadie se le acerque. Su vientre anuncia un pronto parto.
Hoy, invitándolo a mi casa, encendí el hogar, por si viendo salir el humo de la chimenea, se anima y acelera un poco el paso. Ni por esas. No, no estoy ansioso porque llegue, estoy asustado porque no viene. Los colores con que él pinta el paisaje, deberían seguir el proceso natural. Al igual que a las personas, al paisaje se le transforme el color por el procedimiento natural. Que el verde se convierta dorado, lo mismo que mi cabello negro a dorado antes de convertirse en una auténtica escarcha en noche gélida de Enero. Tengo miedo, tengo miedo a los fuegos que aún pueden venir a vestir de luto nuestros incomparables paisajes Dicen que la Naturaleza es sabia, a veces uno tiene que dudarlo. También puede ser que la maldad y el poder destructivo del hombre sean más poderosas que la sabiduría de lo que siempre hemos admirado y creido. Muchísimas veces he repetido, ante quien lo ponía en duda, que en Galicia llueve siempre que se necesita. Se me duerme el argumento y pierdo hasta la fe en mis aseveraciones. El que sigue su proceso es mi vida. Por alguna razón nací recién estrenado el Otoño y mi devenir se va ajustando a los tiempos. A la imagen me remito. Mi hermana nació un poco antes.
Ella fue la que me acunó en mis primeros años. Me enseñó a caminar los primeros pasos y, son su admirable creatividad, me enseñó a soñar despierto. Ahora, cuando la acaricio y la beso, le dice a quien la escuche y si no hay nadie, se lo dice a sí misma: «Que señor más bueno» Me desgarra el alma. Si le pido un beso me lo regala, no me lo da. Yo quisiera que me riñera, que me abrazara, que me besara, que me pidiera cosas como lo hacía en mi niñez. Ahora solo me mira, pero no me ve. Eso sí, el amor que le tengo, no merma, pero tampoco encuentra destino. Va y no llega. Regresa al recuerdo
Me dejo ir y lo que contempla mi vista es bello. Nadie lo duda. Pero algo se descoloca. No es lo que procede. ¡Que no es lo que procede! Y ¿Qién soy yo para decir lo que sí o no procede a la Madre Naturaleza? Cierro los ojos y me abandono. Será la manera de no pensar lo que no debo. Solo una aclaración antes de cerrar los ojos. Las fotografías son de hoy.
La verdad es que ignoro si existe el verbo «zumbear». Sin embargo por la actividad que se desarrolla, practicando una de sus acepciones, que es pasárselo bien, si no existiere, yo lo aplico a determinados momentos de mi vida. En este último viaje a la Capital del Reino, mi hija Beatriz me invitó a que la acompañara a una de sus múltiples ocupaciones, fuera de su profesión. En previsión de cualquier contingencia, yo me llevo, por donde quiera que ande, mis equipos para no quedar fuera de juego si el momento lo propicia. En mi maleta metí la ropa de zumba, en Beariz también lo practico. Desde luego ocupa tan poco la malla y el jersey, que sería un delito que surgiera la oportunidad de bailar y por falta de medios, no lo hiciera. Total, que me fui con mi hija a clase de zumba.
En su rostro luce la mejor de las sonrisas, intentando contagiar a las entusiasta alumnas, mi presencia no amerita que cambie el topónimo a masculino,. Todas y yo lo intentamos. Alguna se aproxima, pero Sole debe engrasar sus cadera con un aceite tan especial y personal, que solo en las olivas del esfuerzo y ejercicio continuo, se cosecha. Gracias Sole por tu aportación para que las personas que compartimos contigo estos gratificantes momentos, le demos un sentido especial a nuestras vidas. ¡¡¡¡ A ZUMBEAR!!!!
Me costó encontrarla. La busqué por varios sitios que, más o menos, pensaba que puiedra estar, pero todo fue en vano. De pronto, allá, a lo lejos, caminando por el centro de la carretera, divísé un bulto pequeño que se movía. Me dio un vuelco el corazón. Fui hacia él y, en efecto, era ella era mi Poquita Cosa.L
La llamé, pro ni caso me hizo. Insistí. Le ofrecí algo de comida y se resistió, pero al fin accedió a saludarme, bueno, saludarme, no, permitió que yo la saludara. No mostró ninguna alegría por volver a verme. Tendré que ganármela con muestras prácticas y comestibles. Estaba seria, incluso, creo que triste. El vientre, con claras muestras de gestación. En estos próximos días, me voy a preocupar de hacer un seguimiento y ver cómo evoluciona el vientre hasta dentro de unos 40 dís que le faltan para parir.
Le dije que se viniera conmigo, pero me miró con cara de sorpresa y de incredulidad. Entendí que quiso decirme que no era persona de fiar. Que lo mismo estaba que no estaba. De esa manera, ella no me hacía merecedor de su confianza
Acepté sus reprimenda, pero le prometí, que en el cuenco de granito, donde la ponía la comida antes de marcharme, a partir de hoy, la seguirá teniendo. Confío que se restañe esa confianza perdida y volvamos a ser buenos amigos. Aunque a decir verdad, por la carita que puso cuando se lo dije, no las tengo todas conmigo.
Hace poco más de un mes, la galanteaban una jauría de pretendientes. Hoy, sola y abatida, pasea su soledad por calles y caminos. Ni siquiera, el saber que dentro de unos días, gracias a ella, otros seres tendrán vida, le sirve de consuelo. ¡¡Qué bella es la vida y qué ingrata a la vez!!
Difícil superarlo, aunque se intentará. Hace setenta más once años, que una bellísima Dama, dio a luz a un niño que, en sus principios fue muy beneficiado por la Madre Naturaleza. Luego, los vientos y otros elementos enemigos de lo bello, deterioraron bastante. Besos y felicitaciones de los que compartimos casa, estos días en Madrid. Visita programada al Cardiólogo, con resultado muy alentador. Eso sí sin garantía alguna de continuidad. Mi paseo cotidiano de 13 kms. Almuerzo con mi Parte Luminosa y los suyos. Un momento de relajamiento y al trabajo. A continuar con Samuel, el camino de su existencia. Le estoy acostumbrando muy mal, si no le acompaño, ni se mueve. A las 5 de la tarde, hora taurina, no, no fui a la Plaza de Toros.
Una vez más, los buenos oficios de mi efeciente Manager, Ana Rodriguez Muradás, me recordó que tenía que hacer una visita obligada a la Casa de Galicia, en Madrid. La razón no era otra que una muy especial Exposición. A fe que una vez más, Ana tenía razón. En efecto, en la Casa de Galicia en Madrid, un vecino de Beariz, convertido en un prohombre de la Arquitectura y otras cosas más, Daniel Vazquez Gulías, un aldeano de la Parroquia de Beariz que estudió la carrera de Arquitecto, realizando proyectos que siguen y seguirán por muchos años, pregonando su capacidad creativa y el buen gusto para plasmarlo un sus obras. Su inventiva, le llevó, incluso, a elaborar el primer Cava Gallego de la historia. En la visita a la Exposición tuve la fortuna de conocer a la nieta más joven del prócer Arquitecto, Lucila Vázquez Gulías. Durante la conversación, pude descubrir a una gran Dama, joven y bella, cuyos encantos físicos van acompañados de una humanidad encomiable, un amor por su abuelo que la enaltece, además de unos lazos de amistad, entre nuestras familias, que vienen desde muchísimos años ha.

