OS INVITO DEGUSTARLOS CONMIGO

Estoy seguro que en más de uno, si alguien lee mi Blog, os va dar un poquito de sana envidia lo que os voy a decir. Ayer viajé hasta Xinzo a la casa de unos excelentes amigos, a recoger parte del fruto de una elaboraación de productos de Porco Celta, que ellos prepararon para mí. Les esstoy muy agradecido por el gran favor que me hicieron. Allí en su vivienda, Doña María José, la dueña de la señora de la casa, preparó un yantar que estaba, no delicioso, sino, lo que sigue, como dicen ahora. Un caldo gallego con todos los ingredientes que lo definen. La verdura fabulosa, de sabor, cocción y textura. Las patatas, mimadas, como se merecen que se traten las patatas de Xinzo. Los garbanzos, divinos.  Las carnes de ternera, sin come ntarios. Todo lo relativo al Porco Celta, sí, con mayúsculas, para sacarse el sombrero, si la normal compostura no lo hiciere antes de sentarse a la mesa. Lacón, chorizo de calabaza, chorizo de cebolla, chorizo de carne, señoras y señores, para no levantarse de la mesa e ir de allí, al cielo, único lugar que lo podría superar. Gracias María José. Gracias Manolo por el día que me regalasteis. Ya dije que esto aconteció ayer. No me importó, en absoluto, hoy caminar, en vez de mis diez kilómetros reglamentarios, casi quince, para compensar el “sacrificio” gastronómico que realicé ayer.

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Mira que me gusta, cada mañana, escuchar los trinos de mi amigo el Mirlo y los pío, pío, de mi Pitirrojo, pero hoy hasta me parecieron más armónicos y sonoros. Y es que cuando el espíritu y el cuerpo están bien alimentados, la vida tiene otro colorido y otra dimensión.

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HACE ONCE AÑOS

IMG-20151210-WA0001[1]El día amaneció con nombre y apellidos gallegos. Brumoso, con nubes que ni suben ni bajan. No dejan asomar el sol pero tampoco traen agua. Hasta el mirlo se mantuvo en silencio esta mañana. El Pitirrojo sí apareció en la ventana con su tic nervioso pero se le notaba desganado. Al mirar el almanaque que tengo en la cocina y  ver el día en que estamos, caí en la cuenta de que hoy hace años que Eulalia Cerdira llegó al Centro Geriátrico tal día como hoy hace 11 años.

Como de costumbre, al regresar hacia mi casa, hice un alto en el camino y entré en el Centro Geriátrico de la Fundación San Rosendo , que tenemos en Beariz. Saludé a la Sra. Rosa Barroso, Directora del Centro, a las Auxiliares y a los residentes que había por la sala central. Rosa se disculpa, porque alguien la requiere en la entrada. En efecto. Una señora mayor acompañada de una joven acceden a la sala acompañadas de la Directora. Yo las observo y cuando la señora mayor toma asiento en una de las butacas que allí hay, me acerco a ella para saludarla. Siempre lo hago con todos los internos y si alguna vez, como es el caso, coincide que estando allí llega una persona nueva, la saludo y le deseo todo lo mejor en su nueva residencia. Con la señora iba hacer otro tanto. Muy ceremonioso y utilizando mis mejores modales, me acerco y le doy la bienvenida, haciendo votos porque su estancia sea a medida de sus deseos. Aún no había terminado mi breve parlamento, la señora, dándome un manotazo y con gesto avinagrado me dijo en tono bien sonoro para que yo me enterara:

-¡Apártese de ahí payaso!

Volvió la cabeza hacia otro lado para no verme y musitó algo entre dientes que, de lo único que estoy seguro, es que no fue un piropo hacia mi persona. Le pedí disculpas pero ella me ignoró totalmente. A mí, en absoluto, me molestó. Normalmente cuando llega una anciana o un anciano a un Centro de Mayores, su estado anímico no es el de mayor alegría, pero el de la señora, sobrepasaba todo lo imaginable. La Directora la disculpó, aunque ello era innecesario por razones obvias. Sin embargo la señora Eulalia, sembró en mí una semilla la cual yo estaba convencido que daría frutos en el futuro.

Estábamos ya abocados al invierno y el otoño estaba siendo muy duro, por cuya razón, al día siguiente de llegar Eulalia a la Residencia, me fue sumamente difícil encontrar una rosa. Recorrí todos los jardines de tres o cuatro aldeas. Todos los rosales estaban secos. Si alguno tenía los restos de una flor, en cuanto intentaba cogerla, se deshacía Por fin, en un rincón de un jardín, protegido por una tapia, encontré un capullo rojo carmesí increible. Estaba sujeto al tronco del rosal por una ramita delgada y seca. Con sumo cuidado, como si de un huevo con la cubierta sin solidficar se tratara, lo iba a cortar, cuando me di cuenta que lo podía destruir. Me fui a casa, cogí unas tijeras y regresé a la procura del rojo y delicado capullo. Conseguí tenerlo en mi mano intacto, pero en cuanto lo deposité en el asiento del coche, el rabito se divorció del capullo. Un alambre fino suplió a la insolidaria rama. Rodeé la florecilla con unas ramas verdes y me fui a la conquista de mi arisca dama. Llegué junto a ella. Estaba sentada. Ni miró quien le daba los buenos días. Conseguí ponerme en frente de sus ojos y comencé a recitar unos versos de San Juan de la Cruz. Soportó  sin decir nada unos segundos. Al fin levantó la mirada y yo le ofrecí mi diminuto e improvisado ramo. Lo tomó en sus manos sin decir palabra. Yo permanecí  callado y en cuclillas frente a ella. Al fin mirándome a los ojos me dijo muy quedo, como si quisiera que solo yo la oyera

-Gracias. Acerqué mis labios a su mejilla y le dí un beso. Ella me correspondió con otro. Allá, en lo más profundo de un sentimiento adormecido, pareció asomar una sonrisa.

Siete años estuvo Eulalia en la Residencia San Antonio de Beariz, de la Fundación San Rosendo. A todo el que quería escucharla, le contaba que el amor más grande de su vida lo había encontrado a los 85 años en Beariz. El nombre de su amor, del hombre que más la quiso y que más la respetó, según sus propias palabras, ya lo puede suponer la docta lectora y el documentado lector. Se enfadaba cuando llegaba yo a la Residencia y dedicaba unos segundos a quien fuere, antes de darle a ella un beso. Me contó su vida una y mil veces. Había nacido en el Arenteiro, ese histórico y bello  pueblo ancestral, donde tuvieron su Cuartel General, muchos años, los Caballeros Templarios. Desde muy jovencita tuvo que trabajar para ayudar al sostén de la casa. Uno de los primeros empleos fue cuidar de un niño en Carballino. Este niño se llamaba Mariano y era hijo de un Juez. Un día la mamá del niño, le dijo que tenía que llevarlo a la escuela. Era la primera vez. El niño tenía 4 añitos. Cuando lo dejó al cuidado de la Maestra, Mariano no quería separarse de Eulalia y lo expresaba llorando a lágrima viva. Al fin el niño entró para la escuela y Eulalia regresó a casa. En cuanto estuvo frente a la mamá de Mariano, le dijo que ella no volvía a llevar el niño a la escuela. Que le partía el corazón verle cómo lloraba y  no volvía a llevarlo. Y así lo hizo. Desde aquel día alguien se encargó de hacerlo pero Eulalia, no. Ese niño que se llamaba Mariano y que era hijo de un Juez, que  se apellidaba Rajoy, sigue llamándose Mariano y  sigue apellidándose Rajoy y es el Presidente de todos los españoles.

A los 7 años de estar entre nosotros Dios  llamó a Eulalia a los Campos luminosos de la Eternidad, donde los niños no tienen que llorar por ir a la escuela, ni las niñas jovencitas tienen que trabajar para ayudar al pecunio de la casa. Cuando estaba su féretro en el tanatorio, entré y puse sobre él una rosa roja, casi tan grande como un girasol, para ver si, de esta manera, arrancaba una sonrisa más amplia que aquella   que me dio cuando le regalé el capullito carmesí que tanto me costó encontrar.

LEMBRANZAS

No sé si por cultura, por tradición, por estados de ánimo o por condicionantes encerrados en lo más profundo de mi cerebro, en estas fechas comienzan a tomar posesión de mis ventanales recuerdos que en el resto del año permanecen silenciosos. Hoy cociné unas alcachofas y su degustación me trasladó a Tudela y de allí,  al vecino pueblo de Castejón. Allá por el año 2.000 colaboré en la construcción de una Central de Ciclo Combinado, a las orillas del río Ebro. La obra no ofrecía ni más ni menos dificultades que cualquier otra obra de características similares. Sin embargo, nada más comenzar las excavaciones para su cimentación, aparecieron unos restos arqueológicos que, con el mínimo de responsabilidad, obligaba comunicar a Patrimonio, el hallazgo. Como es natural el Departamento de Arqueología hizo unos estudios sobre el terreno y efectivamente, aquello ameritaba que sobre el terreno hubiera un equipo que hiciera un seguimiento de los trabajos que allí se realizaban Un grupo de excelentes profesionales controlaban en cada momento todo lo que iba pareciendo. Entre el grupo, como digo, de auténticos profesionales, destacaba una joven navarrica, Amaparo Laborda,  que por su dedicación se notaba a las claras que no había escogido aquella profesión por casualidad. Realizaba los trabajos con auténtica devoción. Cuando había muestras, en medio del fragor de los trabajos de máquinas y obreros, de algo que pudiera tener relación con algún resto arqueológico, era digno de admiración con qué mimo y profesionalidad realizaba las labores para detectar lo que allí pudiera aparecer. Ella me enseñó a respetar la Historia, no escrita de nuestros antepasados, que es también la nuestra,  reflejada en toda clase de utensilios y restos que permanecen en las entrañas de la Madre Tierra y que la desidia y la barbarie, con frecuencia, ignora y destruye. En ella, en Amparo Laborda, hoy, quiero rendir un homenaje de admiración y respeto a los profesionales de la Arqueología que, con su profesionalidad, no siempre bien entendida, enriquecen nuestro acerbo cultural, haciendo que nos conozcamos mejor y tengamos más conocimientos sobre nuestros orígenes.

DIA CON ALGO DE NOSTALGIA

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Hoy, festividad de la Inmaculada, amaneció un poco brumoso el ambiente. Hacía bastante frío, pero mucho menos de lo que es habitual en estas fechas. Al despertarme no vi en la ventana a mi Pitirrojo, pero sí oía los trinos del Mirlo cantarín en lo alto del Castaño. Cogí mis pequeños prismáticos, abrí la ventana, ya que el Pitirrojo no estaba y localicé en la rama más alta, el negro plumaje del Mirlo. Apenas hice ruido, ni me asomé al exterior, sin embargo, en cuanto dirigí los prismáticos hacia donde él estaba, dejó de cantar y no volvieron a sonar sus trinos hasta que cerré la ventana y me retiré un poco de ella. No le gusta que le miren cuando canta. Si quiero escucharle, tengo que respetar su soledad. Así lo haré. A los pocos instantes, cuando me disponía a vestirme, apareció el diminuto pajarillo del pecho rojo y resto de  plumaje aceitunado. Estaba la escena al completo. Este debía haberse despertado con apetito porque no hacía más que limpiar el pico frotándolo de lado contra las piedras que conforman el cuadro de la ventana. Me senté en la cama observándole a él y escuchando la melodía que interpretaba su congénere en lo alto del viejo castaño. Cuanto más frío hace, mejor interpreta sus melodías. Un día, cuando tengamos más confianza, le preguntaré quién se las compone. A lo mejor es él mismo. Tal vez algún día lo sepamos.

Para que se me entienda mejor, tengo que explicar que mi pequeña y  querida casita, está situada en el extremo de la aldea. No tengo ningún otro vecino a quien molestar ni que me moleste. De ahí que, como ya he dicho, el silencio y la soledad son mis compañeros inseparables y a fe que hacemos un trío muy soportable. De vez en cuando nos visita el viento con sus notas graves y amenazadoras. Frecuentemente le acompaña la pertinaz lluvia y cuando ambos se ponen de acuerdo, suelo tomar dos decisiones, o arrimarme al hogar con buena leña calentando el ambiente o encerrarme en mi alcoba y dormir. Reconozco que he llegado a convertir en Nanas muchas de las borrascas que nos llegan desde el Atlántico. Es muy placentero  hacerlo, al principio cuesta un poco pero a todo se acostumbra uno. Solo no se consigue aquello que no se intenta con tesón e inteligencia. De ésta no tengo mucha pero de lo otro, para regalar en cantidad. Buenas noches sufridos y admirables amigas y amigos que me soportais. ¡¡Cómo os lo agradezco!!

 

EN GALICIA SIEMPRE QUE SE NECESITA, LLUEVE

Un día me lamentaba yo, de la sequía que estábamos padeciendo. Una amiga mía que me escuchaba, me dijo: No te preocupes, en Galicia siempre que se necesita, llueve. Es natural, si así no fuere, Galicia dejaría de ser Galicia y fíjate la cantidad de años que lleva, siéndolo. En efecto. No sé si por darle la razón a esas cabezas pensantes que se reunen en París, por lo del cambio climático, o porqué razón, llevábamos una temporada que los anticiclones no nos abandonan y mandan las nubes para la Gran Bretaña. Esta mañana, para que mi amiga siga tenido razón, mi encantador Pitirrojo, tuvo que arrimarse las al cristal de mi ventana, para no mojar su aceitunado plumaje. No llovió mucho, pero ya empapó la tierra y rehabilitó los pastos para los herbívoros que andan por montes y prados. Corzos, jabalíes, caballos salvajes y algunas vacas que vienen de otros pagos,porque, lo que es por aquí, no hay ni un animal que colabore en la limpieza del agro. Pero buen la lluvia llegó y, aunque la atmósfera estaba  limpia, si había alguna partícula de bióxido de nitrógeno por ahí vagando, le dio una colleja y la mandó a paseo. Qué afortunado soy teniendo una región tan bonita, un pueblo tan maravilloso, tan pequeño y tan grande para mí, una……. No como León Felipe “….que lástima que yo no tenga Comarca, Patria, tierra provinciana….”   No tenía ni un País ni una ciudad ni un pueblo. El pobre no tenía casi nada. Pero tenía una inteligencia poética que yo quisiera para mí.

HA VUELTO

Notareis que se repite el título del sábado. La razón no es otra que el toque desafortunado de una tecla y el desconocimiento supino de las nuevas técnicas, por mi parte. Total, que ya sabeis cómo terminó la jornada del día 5 y la de hoy, Domingo empieza con un tiempo, para los que no tienen responsabilidades ni se las aplican, magnífico. Un sol radiante, buena temperatura, inadecuada para el mes de diciembre, por etas latitudes, pero así es. Estaba yo desperezándome, cuando percibí un “pío pío” que llevaba algún tiempo sin oir. Miré para la ventana y allí estaba, mi amigo el Pitirrojo que durante muchas mañanas me despierta con su monorrítmico piar. Llevaba algún tiempo sin venir a mi ventana y lo echaba mucho de menos. Tuve miedo de que fuera víctima de algún depredador o le hubiera sucedido cualquiera otra desgracia. Para mi suerte, nada de eso aconteció y, de nuevo, aquí lo tengo. Su cántico no es muy variado, pero a mí me resulta de lo más bello. Con su tic nervioso, como si le dieran calambres de continuo y su airear las plumas para sacudir no sé que materia depositada en ellas, me me encanta verle en mi ventana. Mi sobrio Petirrojo en la ventana y mi armónico Mirlo, en lo más alto del roble que está pegado a mi casa, llenan todas mis aspiraciones de vecindad. Ellos saben que los admiro, los escucho y los respeto. Por si no encuentran comida por el campo, les pongo siempre algo donde sé que ellos pueden verla. Nunca la comen, pero cuando llegue el duro invierno y vengan las nieves, a lo mejor, les viene bien que su agradecido amigo, que lo soy, les provea de viandas para soportar el frío. Ya iremos viendo. Comida no les ha de faltar. Y si tengo que dejar abierta la leñera para que se refugien, también la dejaré abierta. Los amigos tienen que ayudarse. Gracias mi querido Pitirrojo por regresar. Gracias por volver a piar en mi ventana.

HA VUELTO

El sábado, día 5, me fui A la Cruz del Incio, en la provincia de Lugo. Allí hay una Residencia Geriátrica de la Fundación San Rosendo y en ella están internados Margarita y Paco. Margarita y Paco son dos consuegros míos, con los que comparto tres maravillosos nietos, Diego, Pablo y Adrián. Son maravillosos por sí mismo. El primero ya terminó Económicas, el segundo es Médico y el tercero estudia Ingeniería Informática superior y Dirección de Empresas. Departí con ellos dos horas, muy agradables. Los encontré muy restablecidos, a pesar de sus dolencias. Después de cumplir los 80, pienso que lo que nos llega, es eso…..

Regresé. El día estaba espléndido. Mi caminata diaria. Alimento a los cerditos y escribir.