LA MALDICION DE LAGO

 

LA MALDICION DE LAGO

 

 

El Otoño está inusualmente seco. En nada se parece a sus hermanos de años anteriores.

Las mañanas y los atardeceres son fríos, al igual que las noches, pero durante las horas centrales del día, el sol calienta y al resguardo de cualquier pared, se está de maravilla. Los árboles caduciformes, aún tienen la hoja verde en estos días próximos a la Navidad. El colorido del bosque es tan variopinto como impresionante.

Quedan atrás las duras jornadas de Africa, con los pies lacerados después de largas jornadas por las arenas del desierto. el ajetreo propio de los incómodos viajes y, sobre todo, el peso de los años, todo hay que decirlo. Se impone  la necesidad perentoria de buscar unos días para relajarse.

Hay quien dice de él, que es un hombre “suertudo”, y, aparte consideraciones que no vienen al caso, debe  ser cierto.

Recorriendo la vera del Río Miño, pasado ya Orense, camino del Sur, llegó al pueblo de Razamonde. Los pocos atractivos del  alargado casco urbano,  no llamaron su atención, si no fuera por un letrero de reducidas dimensiones que reza, encima de una flecha pintada con bastante mal gusto. “Balneario de Laias.”

Nada  más sugerente podría encontrar el Caminante que unas aguas termales donde entregarse, sin voluntad alguna, y sentir el placer del abandono físico y mental. No lo pensó dos veces. Dicho y hecho.

No caminó mas de seis cientos metros cuando llegó a una amplia zona ajardinada en medio de la cual se yergue un edificio de planta baja, muy largo y de sencilla y discreta arquitectura.

Pidió hospedaje y a los pocos momentos estaba tumbado en una cama comodísima con un olor a limpio que extasiaba, en una muy amplia habitación, sin preocuparse siquiera de quitarse la ropa.

No lo sabía ni le preocupaba el tiempo que había estado durmiendo. Sentíase relajado y eso era lo que le importaba. Se acercó a los amplios ventanales y corrió las cortinas.  Ante sus ojos se ofrecía un espectáculo increblemente bello. Estaba cayendo la tarde. Los últimos rayos del sol se filtraban entre la floresta creando senderos de plata y oro en la superficie de las aguas del río, remansadas por uno de los incontables pantanos que  regulan el caudal del  Miño. Por doquier saltaban los peces a la caza de los insectos que volaban a ras de agua, produciendo unas suaves hondas circulares que denunciaban la vida que bullía bajo la superficie. El ágil salto de alguna trucha de considerable tamaño, al caer de nuevo a la superficie, era el único ruido que rompía el monacal silencio del atardecer. Había abierto el Caminante las puertas que daban acceso al balcón y hasta que la oscuridad del bosque le devolvió a la realidad, estuvo extasiándose inmerso en aquel paisaje de ensueño.

Bajó al comedor y tomó una frugal cena. Después de orientarse salió a pasear por la orilla del río, cuidadosamente iluminada, hasta que el frescor de la noche lo animó a retirarse.

Pasó el Caminante tres días en el Balneario, como nunca había pensado pudiera hacer. El Tremendo cansancio acumulado durante muchas jornadas, se hizo historia cuando se metió en las sulfurosas aguas, las múltiples sales que conforman su composición, los chorros masajean músculos,  tendones y tejidos y las hábiles manos de unas excelentes profesionales le dejaron el cuerpo para enfrentarse a cuantos caminos le pongan por delante.

Salió de nuevo, el Caminante a la carretera y  le gustó el indicador que decía Eiras. Comenzó a subir la empinada cuesta, pasando por debajo de la Autovía de Las Rías Baixas, serpenteando por entre robles, pinos, viñedos y mimosas. Estas últimas, no sé si tienen categoría de árbol o matorral, están invadiendo toda la zona del Ribeiro, de una forma alarmante.

A eso del medio día, al coronar una pequeña cuesta y salir de una curva muy cerrada dio vista a una diminuta aldea, en la margen derecha de un arroyuelo, quien, a pesar de diminuto cauce e insignificante caudal le da nombre al poblado: Tras do Río.

Suponía el Caminante que difícilmente habría allï donde tomar un refrigerio, sin embargo se adentró por la angosta carretera hasta las primeras casas. Un perro tan feo como descastado, le saludó ladrando sin mucha convicción. Se paró un momento para echar un vistazo al entorno y le gustó. Pequeños y verdes prados, cercados de mimbreras y huertos familiares bien cuidados, protegidos de toda clase de espanta todo, para evitaar que el jabalí los destroce, le hicieron sentirse a gusto. El perro, cansado de ladrar y de que no le hicieran caso, se fue tumbar a la sombra. Desde un balcón, una señora menudita con cara simpática y voz grave, producto de muchas mojaduras, llamó su atención ofreciéndose por si necesitaba algo. El Caminante se lo agradeció, diciendo que lo que buscaba era un poco de comida para reponer fuerzas.

Mal sitio escogió el señor. Aquí no hay ningún comercio donde usted pueda comprar algo. Si no es muy exigente, yo puedo ofrecerle una taza de caldo, precisamente iba a tomarle  ahora. Conocedor el Caminante de la bondad de estas gentes, no dejan de impactarle los gestos que, en más de una ocasión, tienen con él. Aceptó encantado el ofrecimiento y subió a la solaina donde se hallaba la señora.

Ella le franqueó la pequeña cancela de hierro que cerraba la escalera y, un poco nerviosa se apresuró a decirle a su inesperado huésped

El caldo es de pobres y para mí sola no le pongo mucha cosa, porque aun no tengo cerdo y no me gusta derramar la vida.

El Caminante le dijo que no se preocupara, que lo bonito era el gesto que ella había tenido invitándole a su casa, eso es lo que de verdad le alimentaba, lo demás, cualquier   cosa sería estupendo.

La señora le dijo que se llamaba Gloria, que tenía ochenta y un años. Que vivía solita desde que falleciera su esposo y que no paraba. Con los animales o en los huertos siempre tengo que hacer. No entiendo como hay gentes que se aburren cuando a mí me falta tiempo para todo.

Le pidió permiso el Caminante para lavarse las manos. Ella le indicó el baño mientras sacaba de un baúl, una toalla con aroma de membrillos. Se la ofreció. El, mas que secarse, la retuvo un buen rato pegada a su rostro respirando el suave perfume.

Con movimientos impropios de sus años la Señora Gloria puso un plato, cuchillo, tenedor y cuchara enfrente del suyo y le invitó a que tomara asiento, mientras ella llenaba una fuente de patatas, verdura y habas que colocó encima de la mesa. Tomó otra fuente y de la misma olla extrajo un buen trozo de lacón, un pedazo de tocino y una, nada despreciable, parte de cacheira “cabeza de cerdo”.

Ante todo aquello, el Caminante alucinaba.  Pensó en la frase de la anfitriona “yo puedo ofrecerle una taza de caldo….” Comenzó a comer y según lo iba haciendo manifestaba su admiración por todo aquello que la buena señora había puesto ante sus ojos y al alcance de sus manos para deleite de su paladar. Cada vez que paraba para tomar un poco de aire, la señora Gloria le repetía sin cesar

-Pero coma. Si no come nada. Y beba vino. Este año no es muy bueno pero es que las uvas no maduraron porque el tiempo estuvo hecho un asco pero….

-No diga eso, está buenísimo. Es de lo mejor que he bebido en mi vida.

– Eso sí, no tiene ninguna química, es natural.

Prendado quedó el Caminante de aquella encantadora mujer quien después de ofrecerle una opípara comida aún quería que llenara sus mochilas de viandas para el camino. Con la promesa de que volvería a verla se despidió el saciado huésped que, sin lugar a dudas, hizo honor al buen yantar que le ofreció la generosa y encantadora señora. Ella no se metió en la casa hasta que le vió perderse en  la última curva de la carretera y él aún retrocedió unos pasos, agitando la mano despidiéndose.

Una vieja cañota, de la que solo queda una parte perimetral, al lado de un bello y alargado pazo, hablan del pasado histórico de Eiras. Caseríos a derecha e izquierda hasta llegar a Salamonde, dejando hacia el Este el Castro de San Ciprián de Las, construcciones evocadoras de un pasado ya lejano que vive una palpitante y  reveladora actualidad.

Por doquier se ven mujeres, ya entradas en años cultivando los minifundios plantados de todo tipo de verdura y solo de vez en cuando, muy de vez en cuando, alguna vaca pastando en los prados y una que otra oveja triscando los brotes de riberas y caminos. Algún tractor transportando estiércol o labrando alguna finca para sembrar maiz o cereales.

Absorto iba el Caminante en estas y otras reflexiones, sobre el abandono del agro gallego, cuando a la vera de un muro cultivando su huerto, se alzó la figura de una señora ya entrada en años.  Manejaba la azada como si fuera una moza.

Como el predio se hallara en una encrucijada de cuatro carreteras, El Caminante inquirió de la hortelana hacia dónde se dirigía cada uno de ellos. La aldeana, de gestos solennes ymesurados,  se atusó un poco los cabellos que se escapaban del sombrero con el que cubría su cabeza y mirando al hombre con unos ojos verdes llenos de luz y de nostalgias, le sacó de dudas. Y contnuó:

-Depende de a dónde quiera llegar, pero yo le aconsejo que vaya en la dirección de Lago, la carretera tiene menos tráfico, aunque tampoco por las demás andan muchos coches, pero la de Lago tiene menos. Preguntó el Caminante si realmente había allí algún lago que ameritase tal nombre, a lo que la señora contestó que en algún tiempo sí debía haberlo pero después de la Maldición todo había cambiado. Preguntole el curioso an darín qué significaba eso de la Maldición. La señora, que ya debía estar harta de cavar el huerto, se colocó de nuevo el pañuelo y con la falda del sayón secó el sudor de su rostro y apoyándose en el muro le dijo al Caminante:

-Es una historia muy antigua. A mí me la contó muchas veces mi madre. Antes los hijos y los padres hablaban y se contaban las cosas que se sabían de nuestros antepasados. Ahora ni eso se hace. La juventud no tiene tiempo para nada.

Apoyó el hombre sus mochilas en el muro y se presentó a la buena señora, mientras admiraba sus bellos ojos verdes.

-Pues yo me llamo Veneranda y ya voy camino de los ochenta y ya ve, cuidando la tierra que nos dejaron nuestros padres porque si no lo hacemos los viejos, no hay quien lo haga. Cuando desaparezcamos esta generación, las “silvas” entrarán en las habitaciones donde dormimos.

Pero sobre lo que usted me pregunta de Lago, como le decía, mi madre me contaba que en ese pueblo vivía una familia, el matrimonio y siete hijos. Los padres, sobre todo el marido era muy egoísta, por lo menos eso era lo que decían los vecinos. La hija mas pequeña tenía quince años, se llamaba Nair y la pretendía un rapaz de aquí, de Salamonde. El padre no estaba muy de acuerdo porque el muchacho, que se llamaba Alejandro,  era más bien pobre, él pretendía algo mejor para su hija que, según, era muy bonita. Dicen que tenía una sonrisa preciosa. Cuando reía, los ojos le brillaban como dos estrellas en noche de luna nueva. Era bajita pero tenía una simpatía tan grande que hacía que todos los hermanos la adoraran. Por eso, ellos, lo mismo que el padre, no le gustaba mucho que X la pretendiera, aunque después, viendo que el rapaz era muy buena persona y sobre todo que la quería mucho, lo toleraron mejor. Eso y la insistencia de los dos mozalbetes y que no había mucho dónde escoger, hizo que el padre accediera a las relaciones entre ellos. El mozuelo todos los días que visitaba a la mocita, le llevaba una rosa roja, incluso cuando era muy difícil encontrarlas, él se las arreglaba para agradar a Nair con su flor.

Un día que estaban cociendo el pan, llegó a su puerta un “hermano” (mendigo) pidiendo una limosna. Como dinero había poco o ninguno, para socorrerlo le dijo el hombre a la mujer:

-Hazle una Bica (especie de torta que se hace antes de que la masa fermente)

La buena señora hizo lo que le mandaba su marido para socorrer al “hermano”. Pero cuá no sería su asombro cuando vió que la bica que, normalmente, tiene de treinta cuarenta centímetros de diámetro, comenzó a crecer y crecer que sobrepasó todo lo calculado. La mujer, asustada, llamó a su marido que tampoco salía de su asombro ante lo que estaba viendo. Pero rápidamente su egoismo le hizo reaccionar.

-No, no se te ocurra darle es bica tan grande al pobre, es demasiado. Hazle otra y echa menos masa.

La mujer obediente se dispuso a cumplir lo mandado por su marido pero de nada le sirvió. La segunda bica, a pesar de tener menos masa, aún creció más que la primera. El hombre ante lo que estaba viendo, ordenó a su mujer que nada de darle la bica entera al mendigo. Con un trozo bastaba.

La mujer cortó  un trocito de la torta y salió a la puerta donde pacientemente el “hermano” había esperado la limosna. Cuando la mujer tendió la mano para dársela, él la cogió y extendiendo su brazo hacia el campo gritó con una voz muy potente LAGO SU LAGO, LO DE ARRIBA PARA ABAJO.

El Caminante escuchaba con suma atención el relato  de la Señora Veneranda, quNo bien terminó el Hermano de pronunciar la terrible maldición, se escuchó un ruido muy , muy grande, como si hubieran explotado muchos barreno a la vez. Se quedó todo a oscuras y cuando se volvió a ver, solo se veía tierra negra y agua, ni casas, ni personas ni animales ni árboles, solo unos trozos de tierra negra y agua, mucha agua y silencio, todo silencio.

Cuando al atardecer Alejandro fue a ver su amada Nair, al coronar la pequeña loma que daba vista al poblado, donde su corazón todos los días aceleraba las pulsaciones, se paró en seco. Pensó que soñaba. Se pellizcó y al ver que estaba despierto, sonrió y se dijo a sí mismo cómo podía ser tan despistado y equivocarse de camino, porque lo que estaba frente a él no era Lago. No era posible que la casa de su amor y todas las demás casas, hubieran desaparecido de golpe Allí no había nada, ni casas ni caminos ni perros ladrando ni gentes que  fueran de uno a otro lado. Solo tierra negra y agua. Despavorido echó a correr como un loco hacia la zona donde debería estar la casa de su amada Nair. No le importó mojarse,  meterse hasta donde el agua casi le  cubría, pero allí no había un vestigio de lo que él buscaba. Se quedó así paralizado, sin moverse, sin darse cuenta que las aguas iban desapareciendo hasta que sus pies se quedaron en seco.

No supo nunca cuánto tiempo estuvo allí, quieto, llorando desconsoladamente, con su rosa en la mano. Ya era de noche. La luna llena estaba casi en lo alto del cielo y vió que entre unas piedras quedaba un charco de agua. Se acercó a él, vió su cara descompuesta, casi difuminada en el espejo grisaceo de la noche. Se tambaleó, sus piernas no le sostenían. Lloraba sin lágrimas, con desgarro, la garganta no tragaba la saliva y los pulmones no respiraban aire. Se ahogaba. Le dio un beso a la rosa y la depositó en el charquito.

Sin dejar de llorar cayó rendido. Cuando se despertó ya estaba amaneciendo. Le dolían los ojos. Miró hacia el pozo y le vio rodeado de piedras primorosamente colocadas. Un brocal perfecto. Se acercó hasta él y miró hacia el agua. Ahora el pozo era muy  profundo y en lo más hondo, allí estaba la rosa que él había arrojado. Roja, muy roja, con los pétalos muy abiertos y con brillos refulgentes, como si quisieran sonreir, iluminar la oscuridad. El silencio era total. Solamente el ruido de sus lágrimas al golpear la superficie del agua lo rompían. Ahora lloraban sus ojos lágrimas que escocían, escocían con sabor acre, a muerte.. De pronto oyó un sonido estremecedor. Unas campanas repicaban desde lo mas profundo del pozo. Repicaba la campana ronca, la que tenía el tañer de rota, sonaba la que se metía entre los oidos haciendo rechinar los dientes Después el silencio. Solo se oía el silencio. El silencio con sabor a muerte lo invadía todo

Dicen que todos los días veintiuno de marzo, a las doce de la noche, las campanas repican atronando los valles, los cerros y las cañadas. Dicen, quienes lo han visto, que todos los catorce de febrero, cuando el nivel del pozo llega a ser muy bajo, y la falta de agua amenaza con secar la rosa,  el mozo, vestido con sus mejores galas, con ropas blancas, se apoya en el brocal del pozo y mirando la rosa, las lágrimas, llorando a su amada hacen que el nivel del agua se restablezca.

Muchos siglos han pasado desde que los hechos que Mamá Veneranda narró y las gentes de los pueblos que rodean el lugar donde estuvo Lago, siguen contando con mucho respeto la historia de la Maldición de unas gentes que dejándose llevar del egoismo consiguieron que desapareciera un bello pueblo y dejando patente, una vez mas,  que solo el amor sigue prevaleciendo sobre todos los males de una humanidad deshumanizada.

 

 

 

INTROITO

De vez en cuando, con el diario de los aconteceres de cada jornada, iré intercalando algunos de mis relatos. Por eso el título de hoy se llama introito. El cuatro de diciembre ha transcurrido sin ninguna novedad que resaltar, dando por hecho que cada segundo que vivo es un cántico a mi ilusión de hacerlo, por el regalo que me hace la vida permitiendo que disfrute con ella. Por resaltar algo diré que hoy se llevaron un cerdito Celta, de la Explotación que pesaba 231 kilogramos. Cuando me desprendo de alguno de ellos me da mucha pena, lo que demuestra mi incapacidad para negociar con aquellas cosas que quiero. No debía ser así, pero así es.

Hoy subiré una leyenda que me contaron unas señoras encantadoras del Ribeiro y que me impactó mucho. Para escribirla, recorrí paso a paso, todos los rincones y visioné muchas de las cosas que tuvieron y tienen, su protagonismo en el acontecer de los hechos que se relatan. Tales como el pozo, los rosales que hay en su derredor, las piedras, los parajes, en fin disfruté viendo muchos de los objetos y sitios que ya exisstían hace muchos, pero que muchos años. Ahí os va.

LA VIDA EMPIEZA CADA AMANECER

Seguramente me mostraré reiterativo, pero es que no tengo más remedio que agradecer el vivir. Solo eso, vivir. Si vives y le pones a la vida los ingredientes que te hagan los momentos agradables, si cada momento tiene su cometido, elegido con ilusión y ganas de darle significado, no le debes pedir más. Pero eso sí, llenar cada segundo, con un contenido que justifique su existencia. No se debe perder el tiempo en banales razones que dejen los espacios sin el placer de recordarlos. Todo aquello que realices debe ser lo suficientemente atractivo que, después, el recordarlo, te haga sentir satisfecho. Eso motivará tu sensibilidad para no bajar el listón de tus preferencias, por el contrario les dará sentido para superarlas. No se debe esperar al final de la jornada para conseguir los objetivos, hay que alcanzarlos desde las primeras instancias, cuando todo está en pleno vigor para alcanzar todo aquello que te propongas. Si así lo hacemos, nuestro ánimo impedirá que bajemos la calidad de nuestro sentido de vivir.

Hoy el clima ha contribuido para que la jornada fuera propicia, para no dejar nada en los recovecos de la mochila. Temperatura primaveral, un sol que invitaba a disfrutar de todo y, hasta el viento, al atardecer se mostró tal cual , para recordarnos que estamos en el Otoño.

Al anochecer, se calmó el viento y le abrió la puerta a una fresca y deseada lluvia que los campos recibieron con sumo  agrado. A mí me invitó a entrar en el Pabellón a realizar mis pasos de Zumba. Digo bien: Mis pasos. Porque realmente mis pasos, no son realmente los más ortodoxos para escenificar la belleza y el dinamismo frenético de la danza. Se hace lo que se puede. Buenas noches.

ACLARACION

Comentaba ayer, el placer que supone para mí despertarme con un beso, bien de mañana. Dos razones avalan ese placer. Uno, que sentir el beso, es señal evidente de haber sobrevivido a la noche, lo cual, cuando lo primeros que se cumplan, serán 80 juveniles años y segunda razón, que durante cuarenta y tres años, para despertarme, el beso me lo daba, la irrepetible mujer que me tuvo por esposo. Desde muy niño, y ello fue una constante en mi existencia, nunca pensé alcanzar esta edad que Dios me ha regalado. El caso es que cada día estoy más enamorado de la vida y cada día le pido al Creador que me permita seguir disfrutando de ella. Digo bien, disfrutando, dentro de unos límites de cordura y con las limitaciones que imponen los deterioros normales de los años.

Hoy ha sido un día muy gratificante, como todos pero un poco más. Amaneció orvallando y a media mañana, el Astro Rey se impuso y quedó una tarde primaveral con los colores que le prestó el Otoño. Realmente para disfrutarla. Es lo que estoy haciendo. Os deseo lo mejor. No desperdiciéis ni un segundo. Vivirlos todos como si cada uno de ellos fuera el último.

 

 

 

UN BESO MAÑANERO

Fue un despertar maravilloso. Cuando el sol asomó por detrás del Monte Marcofán,, entró por mi ventana y me dio un beso que agradecí desde lo más profundo de mi corazón. Los que podeis gozar de ese placer, lo entenderéis mejor, y los que desconocéis esa manera de despertar, os aconsejo que busquéis la ocasión y el lugar donde disfrutarlo. Sientes como si el mundo tuviera una tras tienda donde se esconden las cosas sencillas, pero que, en ellas, está el sentido de vivir. Mi casa, que es vuestra casa, está presta a brindaros ese placer. Durante el día todo discurrió dentro de los cauces novedosos que cada jornada brinda al Caminante y ahora, en cuanto cierre la página me voy a Zumba. Treinta y tantas damas y dos profesoras compartirán conmigo y yo con ellas, una hora de gratísimo esparcimiento. Buenas noches.

ITV POSITIVA

Como dije ayer, hoy día 30, a las 12 horas me presenté en el Hospital de la Moncloa, en la consulta del Dr. Azcona Varela, el Cardiólogo que vigila mi Corazón, para comprobar cómo había salido el Holter que me pusieron el mes pasado. En el decir del Dr., salió perfecto. Por ello me da licencia hasta el 11 de Mayo del 2016, para hacer el siguiente control. Con las mismas, desde allí mismo agarré la Autovía del Oeste, y a las 17 horas estaba respirando el limpísimo aire de Os Cotiños. El viaje resultó muy agradable, salvo entre Tordesillas y Puebla de Sanabria. Entre estas dos poblaciones de Castilla León, una pertinaz niebla, me obligó a reducir la velocidad y extremar las precauciones. La casa estaba algo fría, yo diría que enfadada por haberla dejado sola unos días. Le pedí disculpas encendiendo la lumbre y al ratito comenzamos a llevarnos bien, como siempre. Dormí como un leño y por la mañana, por cierto muy fría, a comenzar las tareas rutinarias, pero huyendo de la rutina.

Estoy pasando una de mis ITV

Los médicos y mis aspiraciones, todo hay que decirlo, se han empeñado en que cumpla muchos años pisando este bendito y mal tratado Planeta. De seguir así, pronto estaré en el libro de los Guimnes por el multiuso de los «OLOGOS» Revisión de Oftalmólogo, del Estomatólogo, Otorrinaringólogo, Cardiólogo, Urólogo, Podólogo, Traumatólogo y alguno más que, con seguridad se queda en un rincón de este arrugado cerebro. Pero si todo sigue así, mañana día 30 de Noviembre, regreso a mis Cotiños del alma, donde el cántico del silencio arrulla mis dormires y mis despertares. Confío que ahora, sea cumplidor de mi palabra y mucho o poco, cada día os cuente mis pequeños afanes. Los aires montañeses, perfumados de lavandas, eucaliptos y tojos ensanchan los pulmones y aceleran el riego sanguíneo.

Mis disculpas

Parece que  mi destino está condenado a disculparse continuamente. Ello no me preocupa por lo que significa de reconocimiento de incumplimiento de mis promesas, sí me preocupa por la falta de seriedad, de mi parte, por la poca capacidad de corregir ese defecto. Me disculpé por mis errores en lo concerniente a los desaciertos, fruto de la ignorancia, que cometo en los escritos al subirlos al Blog. No lo consigo como deseara. Prometí ser más fiel a las citas y escribir con más regularidad en esta página. No lo he cumplido. Que puede haber razones que intenten justificarlo. Seguro. Ninguna con la fuerza suficiente que impida mi solicitud de perdón. Hago propósito de enmienda y prometo poner todos los medios a mi alcance, para ser màs fiel a mis citas. Empezaré explicando la Fotografía de Portada. La puerta de mi casa está a cinco metros de las primeras zarzas que se ven en el borde del camino. La fotografía fue tomada en el invierno del 2014. Ese paisaje es que se me ofrece bastantes días, durante el invierno. En las demás épocas, tanto por el colorido como por la variedad del paisaje, las vistas son un cántico a la vida.

 

 

 

 

Corona de Espuma

La Bibloteca de Neptuno

Todos los días hacía el mismo recorrido, daba igual que hiciera frío o calor, fuertes vientos o lluvia. A la misma hora, por la mañana y por la tarde. Desde su casa al acantilado, con un libro entre las manos, caminando como si no tuviera prisas por llegar a ninguna parte. No levantaba los ojos de las letras. Tan bien conocía el camino y los obstáculos que sabía estaban en él, que, mecánicamente, los sorteaba. De alguna manera aquel hombre, fuera por su porte, en el vestir, su sobriedad en el caminar o por la puntualidad y rigor con que hacía sus paseos, llamó inusitadamente mi atención.

Recién llegado de Africa, en un estado de ánimo poco o nada optimista, busqué refugio lejos de personas y situaciones que, de alguna manera, pudieran hurgar en la herida. Después de mucho buscar y pensar, me acordé de un pueblo de la costa portuguesa que en alguna ocasión tuve que visitar, primero por razones profesionales y después porque, al conocerlos, me cautivaron, tanto el carácter de sus gentes como la peculiaridad de su costa: Peniche.

Conseguí alquilar una casita baja, muy sencilla en todos sus aspectos, tanto de arquitectura como de espacios. Tenía una finca no muy grande que se podía dedicar a huerta, ya que en ella había un pozo propio que no se agotaba el agua. La rodeaba un muro de poco más de medio metro de altura, construido con piedras pequeñas de origen volcánico, que le daba un carácter algo fantasmagórico, al mismo tiempo que de intimidad, y a la vez, le imprimía una buena dosis de original colorido. Y, lo que era mejor, cubría a las mil maravillas mis necesidades y exigencias, que, como puede suponerse, no eran muchas, ya que lo único que realmente deseaba era oir el silencio, apartarme de todo lo que significara actividad y hallar espacios libres done pudiera encontrarme a mí mismo. Tanto dentro como fuera de la casa se oía perfectamente el susurro de las olas o el rugido del océano, cuando sacaba su furia de gigante embravecido.

En un ambiente, casi de asceta, me entregué a la lectura, a escribir y sobre todo al difícil proyecto de olvidar los recuerdos de los últimos tiempos en Sidi-Ifni y en el Aayun, en las colonias de Africa Occidental.

Y el destino quiso que uno de los remedios que más y mejor me acomodaba, que más distracción me producía, era aquel hombre de puntualidad exquisita, aspecto señorial, enjuta figura, pausado caminar, que, cada día y a la misma hora, hacía el recorrido camino del acantilado.

Su rigor en el horario, también me acomodó a mí. Sin darme apenas cuenta, yo estaba, en el preciso momento que él cruzaba por el frente de mi casa, pendiente del hombre de gorro de marinero que dejaba entrever el pelo blanco que cubría sus sienes y que la luz del sol hacía brillar de una manera muy particular. Su paso para mí era como una liturgia, a la cual asistía sin que, ni yo mismo, entendiera la razón que me inspirara tanto respeto, no exento de una morbosa curiosidad que sin embargo en ningún momento deseaba satisfacer.

En alguna ocasión observé que, al cruzarse con otra persona, saludaba muy correctamente, pero sin levantar la vista, al menos en apariencia, de la lectura. A mí me sucedió en varias ocasiones, sobre todo cuando el oleaje era tan intenso que me apetecía verlo en primera línea, haciendo que las olas me salpicaran el rostro. Era superior a mis fuerzas, pero me apetecía desafiar el violento oleaje y reirme de sus malas intenciones de arrastrarme a las entrañas del océano, pero que no conseguía, sobre todo porque siempre me colocaba en la roca que estaba un poco más alta que aquella donde rompía. Sin embargo me ilusionaba saber de mi inmunidad y disfrutar del frescor de su caricia.

Sentía un placer especial, colocarme encima de aquellas rocas laminadas, a las que terminé por llamar La Biblioteca de Neptuno, tal es la semejanza con unas descomunales pilas de libros que emergen de las profundidades del océano, colocados en posición horizontal. Es un paisaje alucinante, el ideal para que el Dios de los Mares venga cada noche a leer en las páginas de aquellos gigantes papiros encuadernados en noches de luna llena y cosidos con los hilos de estrellas que huyen, a sabe Dios dónde, durante miles de años de erosiones, y escritos por seres que habitan en cascadas de arco iris, que cabalgan envueltos en mantos azules coronados con diademas de diamantes, tachonados con incrustaciones de rubíes, que suben de las profundidades, con los verdes esmeralda de los atardeceres y el azul oscuro de amaneceres sosegados.

Contaba hasta cientos, las olas que llegaban, una detrás de otra. Esta jugando al escondite en las gruesas arenas de la pequeña playa que se alimentaba de las erosiones de las rocas más blandas, aquella abrazando los grises acantilados que se atrevían adentrarse en el mar. En cada una de ellas podía verse el mensaje que transportaba de las experiencias vividas allende los mares, en su largo navegar Las que se introducían en las profundidades cavernosas del acantilado, eran las más tenebrosas, imponían pavor y yo las seguía con especial curiosidad e interés, esperando que al salir de las entrañas del acantilado, trajeran cabalgando sobre sí cualquier monstruo, rescatado de, sabe Dios dónde.

Cuántas veces me ví reflejado en aquellas ondas bravas a su llegada, y domadas después de sus embestidas contra las rocas. Sentía mis carnes romperse con lacerantes dolores e inmediatamente restañarse y volver sobre los mismos pasos.

Un día, recuerdo que era domingo, por la tarde, llamaron a mi puerta. Una señora, requería mis servicios para atender un vecino que se había encontrado mal y por ser festivo no había asistencia en el centro médico. Me extrañó mucho el requerimiento porque yo a nadie había dicho cuál era mi profesión. Por supuesto que inmediatamente tomé mi maletín, con lo más indispensable, y acompañé a la señora hasta la casa donde se encontraba el presunto enfermo.

Nada más llegar a la cancela de madera que cerraba el paso, para acceder al pequeño jardín, me percaté que la casita era donde veía entrar al paseante diario, hacia y desde la costa. Aunque nunca le había visto de cerca y si alguna vez nos cruzamos, solo nos hicimos un saludo cortés, inmediatamente le identifiqué.

Estaba echado en un sencillo sofá que había en el pequeño salón y me miró esbozando una sonrisa de agradecimiento. La señora que me acompañaba me acercó una silla y me senté al lado del enfermo. Le pregunté qué le había ocurrido y qué síntomas tenía. Me respondió que hubo un momento, sin un motivo aparente, subiendo una pequeña cuesta, comenzó a faltarle la respiración y sentía su corazón latir a velocidad de vértigo. Se paró un poco y después de dos o tres minutos se tranquilizó y pudo seguir caminando hasta llegar a su casa, pero se quedó muy preocupado porque nunca le había sucedido. Me dijo que tenía setenta y siete años y que padecía los problemas de salud propios de la edad, pero que en general se encontraba muy bien. Me contó que caminaba mucho, aunque despacio y que le encantaba respirar los aires puros que venían de la mar porque, además del olor a yodo y a mil cosas más le relajaba de una manera increible. Le dije a la buena señora que le preparara una manzanilla. No le dí ningún medicamento porque realmente se encontraba bien, tanto de tensión arterial como de color y pulsaciones.

Me quedé charlando con él un buen rato. Era un excelente conversador que invitaba y gustaba escuchar.

Después de prometer visitarle al día siguiente, me despedí, no sin antes decirle, tanto a él como a la vecina que no dejaran de llamarme en cualquier momento que pudiera hacer falta.

En vez de ir hacia mi casa me apetecía acercarme al acantilado. La tarde estaba serena y la mar muy calma. Una suave brisa marina traía el sabor a moluscos y ese olor siempre despertaba en mí un sentimiento de añoranza llevando la mente a los primeros años de mi infancia en la marinera Pontevedra. La Pontevedra de principios de siglo XX olía en todos sus rincones a pescado y sobre todo a marisco. Y ese era el aroma que ahora la tenue, casi imperceptible brisa, acariciaba la superficie del agua y traía de la mar, hacia tierra adentro. Según me acercaba a la orilla, iba pensando en el hombre que había requerido mi presencia en su casa y de nuevo estaba de acuerdo conmigo mismo. Aquel hombre tenía algo especial. Su serenidad, su prestancia su claridad en la mirada, irradiaban algo que hacía sentirse bien en su presencia. Era parco en palabras, tanto como certero en sus matices. Pero había algo más allá en el fondo de su actitud que tenía aún mayor fuerza de atracción. De alguna manera me sentí ganado, sin que, ni por su parte, ni por la mía, se prefijaran razones aparentes para ello.

Sumido en mis pensamientos ni cuenta me dí que estaba sentado en una de las pilas de libros de la Biblioteca del Dios Neptuno. Miraba las tranquilas olas que venían a dormirse bajo las arenas grises de la playa y ese dulzor acre, que se amasa con la mezcla de sal, yodo, sueño y silencio, me produjo un sopor que me obligó a levantarme y seguir caminando. Lo hice sin rumbo.. Por mi cabeza comenzaron a desfilar personajes y situaciones, algunas de las cuales no quisiera recordar, sin embargo eran las que más intensamente martillaban mi mente. Otra vez me serví de mi vecino, el paseante diario, con su libro entre las manos y su paso lento. No sabía porqué, pero algo me hacía pensar que aquel hombre era portador de vivencias muy interesantes, saliéndose del común denominador de las personas.

La suave brisa amainó y el atardecer invitaba a dejarse llevar por los caminos de la mar y dedicarse a engarzar collares con las estrellas que el sol tallaba en la superficie del agua.

Como prometí, al día siguiente, a eso de media mañana me acerqué a ver a mi circunstancial paciente. Le hice una revisión rutinaria y lo encontré muy bien. Me contó que había pasado la noche muy tranquilo y que, en ningún momento, se había repetido nada de lo acontecido el día anterior. Estuvimos hablando de varios temas, demostrando en todo momento una exquisita pronunciación y un dominio muy laudable de los temas que se trataban. Sobre todo los concernientes a la mar. Me contó que fue marino muchos años, jefe de máquinas de un buque mercante y hasta en sus años mozos estuvo embarcado en un ballenero, pero poco tiempo. Recordaba con claridad meridiana muchas de las travesías y lo cómoda de su profesión, mientras las máquinas funcionaban bien. Le daba tiempo para la lectura por eso se convirtió en un devorador de libros, en especial, los que trataban de Sirenas y Tritones. Me señalaba sus estanterías repletas de toda clase de volúmenes, en especial los relacionados con las historias de los Mares Nórdicos. Destacaba, por lo mucho que había sido utilizado, La Odisea por la que, él mismo me confesó, sentía auténtica pasión. Muy especialmente en el cántico donde Homero relata el momento en que Ulises amasa con sus fuertes dedos el bloque de cera para taponar los oídos de sus compañeros para que no escuchasen el ´subyugador canto de las Sirenas. Libros de las islas Shetland, donde tanto abundan los relatos de las Reinas de los mares. La Leyenda de los heraldos del Rey Cristian IV cuyos mensajeros capturaron un Tritón y se lo obsequiaron como presente. La Leyenda del Comerciante de Nogorod, llamado Sadko, quien se fue un día al borde del agua a llorar sus penas por lo pobre y necesitado que era. Tan pobre que solo le quedaba un instrumento musical llamado gusli con el cual comenzó a tocar una serenata que llevaba tocando desde su más tierna infancia. Tan bien lo hacía que, desde lo mas profundo de las aguas, emergió Morskoi, el Rey de las profundidades, quien en agradecimiento le colmó de riquezas y bienes. Por unos momentos apartó su flemática actitud y pareció emocionarse hablando de los temas legendarios de la mar, que para él tenían una gran dosis de realidad. Luego me habló de cosas de su profesión. Que, una gran parte del tiempo era liberado, pero cuando se producía alguna avería, las cosas se complicaban. Lo curioso, decía no eran las averías graves las que creaban problemas, para ellas siempre había repuesto, lo malo eran las pequeñas roturas, las averías tontas que obligaban a solucionar el problema en el momento, fabricando, incluso, las piezas en el mismo barco, buscando soluciones de lo mas peregrinas.

Se hizo la hora del almuerzo. Me invitó a comer. Se lo agradecí pero decliné la invitación, dejándolo para otro día.

Aquella relación fue tomando cuerpo hasta convertirse en una amistad sincera de mutuo respeto y correspondencia. Lo que nunca hicimos fue salir juntos a caminar, eran unos espacios que ambos intentamos no invadir en un pacto silencioso e inquebrantable. Era como si ambos tuviéramos necesidad de unos momentos a solas en conversación con el mar y los acantilados.

Pasaron varios meses y nuestra amistad, cimentada, sobre todo en el respeto mutuo, iba consolidándose día a día,

Una tarde del mes de noviembre, sentados en el saloncito de mi casa, me dijo que tenía interés en que yo leyera unos escritos que él tenía. Era una especie de diario, desde la fecha en que él llegó a vivir aquí a Peniche. Que me agradecería que le diera una opinión de todo ello, como médico y creía sinceramente que todo lo que cuento pudo realmente ocurrir o pudo ser fruto de una mente algo enfermiza.

Le expresé mi gratitud por la confianza que me demostraba pero intenté disuadirle de hacerme portador de sus vivencias íntimas. Insistió y no tuve más remedio que aceptar su oferta, que, en mi fuero interno me agradaba porque presentía que debía ser algo muy interesante.

Después de comer, tomé el cuaderno que estaba primorosamente cuidado y lo abrí. La primera página estaba en blanco. En la segunda había una anotación en la parte superior alusiva a las intenciones que le animaban a escribir lo que quería contar. Parece ser que empezó a relatar los hechos unos días después de…., pero haciéndolo como si comenzara el primer día…….

Dieciocho de Diciembre.- Por la mañana salí a dar mi cotidiano paseo. Estoy leyendo por cuarta vez, La Odisea de Homero. Llego al sitio donde hago mi primera parada. Justo al lado de un pequeño monumento a los desaparecidos en la mar y que jamás han vuelto. Hace algo de viento de tierra y decido bajarme por el sendero que da acceso a la pequeña playa que he denominado La Sirenita, por su forma, muy parecida a la Reina de los Mares. Aquí abajo estoy al resguardo del viento y se está muy bien. Estoy sentado en una pequeña roca a la que llegan las tranquilas olas sin salpicarme.

Han pasado dos horas y la mar comienza a moverse con alguna intensidad. Me subo hacia la mitad del camino y de nuevo tomo asiento sin dejar la lectura. Cuando llego al momento en que Penélope es acosada por los hombres que dan a Ulises como muerto, de pronto me recuerdo que hace años que algo parecido ocurrió a la que fuera mi compañera. Cierro el libro y no puedo evitar que unas lágrimas empañen mis ojos. Hace mucho tiempo pero el recuerdo sigue vivo.

Con la mirada perdida en el horizonte, veo el oleaje encresparse con una violencia repentina. Las olas se persiguen con la intención de agredirse. Vienen limpias pero trenzando tirabuzones en alocada competencia. De pronto, en una que conservó su altura hasta casi las mismas rocas me pareció distinguir los ojos y el cabello de una mujer envuelta por la cresta de la ola. La seguí hasta que se introdujo en una de las cavidades del acantilado. Seguí allí, no sé cuánto tiempo más por si volvía a ver aquellos ojos y aquella cabellera de mujer, pero no fue posible.

Regresé a mi casa, pensando si fue una alucinación, fruto de mi estado de ánimo o si realmente había parte de un rostro de mujer en aquella ola que se adentró en la gran caverna. Esa imagen no se alejaba de mi mente.

Por la tarde, regresé al mismo sitio. La mar estaba, incluso, mas brava que por la mañana. Seguí sin pestañear, el arribo de todas las olas por si en alguna de ellas llegaba mi ilusionante imagen. Nada de eso sucedió y me fui a casa algo decepcionado. Tardé mucho en dormirme. Si tenía los ojos abiertos esperaba en cualquier momento ver aparecer aquella figura diluida entre la espuma. Sus ojos almendrados y su larga y ensortijada cabellera orlada de una corona de diamantes, me obsesionaba. Si cerraba los ojos, la visión aún era más real. Atronaban en mis oidos el furor de las olas que contrastaba con la ternura que veía en aquel mirar nunca visto. Me preguntaba a mí mismo, qué me estaba sucediendo, cómo era posible que a mis años pudiera sentir emociones tan descontroladas. No hallaba respuesta, porque realmente tampoco la esperaba. Al fin me rindió el sueño, bien entrada la madrugada.

Diecinueve de Diciembre.- A pesar de la desilusión que tuve el día anterior por la tarde, no perdí la esperanza de que se repitiera la visión que tuve por la mañana, por lo cual, en cuanto me fue posible de dirigí al mismo sitio que ocupé ayer. Apenas abrí el libro, no quería perderme la llegada de ninguna ola. El oceano trabajaba con violencia y batía el acantilado con furia descontrolada. Esperando, se me fue el tiempo. No sucedió nada de lo que yo esperaba, ni por la mañana ni tampoco por la tarde.

Veinte de Diciembre.- Rompí mi hábito de la hora del paseo y madrugué un poco más. Llegué a las rocas y me senté en lo más alto. El mar estaba tranquilo. El sol, nada madrugador, subía perezoso haciendo brillar los desgastados salientes del acantilado Las horas pasaban lentas y yo no podía concentrarme en la lectura. Me detuve al lado de un matorral cuyo aroma me invitó a sentarme. El mar siguió en calma y nada de lo que yo deseaba sucedió. Comenzaba a pensar lo que el primer día imaginé que fuera, una alucinación fruto de un estado febril que ni yo mismo detecté.

Veintiuno de Diciembre.- La mar está rizada. No quiero creer lo que yo mismo me digo, sin embargo los acontecimientos dan la razón a mi sentido común. Pero no me resisto, sería tan bonito si fuera cierto….. Algo que no quiero dejar que aflore, habita en el rincón más profundo de mi corazón y no es otra cosa que el miedo a la soledad. Quiero estar solo y sin embargo la soledad me oprime el alma y esa utópica realidad rompería ese sentimiento. Me puse a leer intentando olvidar, por un momento, lo que no quería olvidar. Me concentré en la lectura pero cada rato levantaba la vista hacia el mar. Las olas eran más grandes y se perseguían con mucha insistencia, fabricando enormes tubos de color esmeralda, en los que transportaban incontables cantidades de diamantes y perlas. Al medio día regresé a casa, no quería obsesionarme demasiado con algo que, de alguna manera, ya resultaba evidente, pero notaba que los espacios se agrandaban ante mí. Por la tarde a la hora acostumbrada salí hacia el sitio de siempre y una fuerza interior me empujaba a sentarme en el mismo lugar desde donde vi lo que creí ver y que ya empiezo a dudarlo. De nuevo quise concentrarme en la lectura pero ello no me era posible. Tenía que leer las cosas varias veces para enterarme de los contenidos. Casi me enfadé conmigo mismo y cerré el libro. Un bando de gaviotas volaban jugando a rizar el viento, haciendo tirabuzones por encima de las olas, bajando hasta casi tocar el agua. Las seguí hasta que se perdieron entre las brumas que producían las ondas en su alocado galopar. Los párpados me pesaban como losas y me costaba infinitos esfuerzos mantener los ojos abiertos, a pesar de no tener sueño. Y de pronto. ¡¡La vi!! Allí estaba. Con sus grandes ojos iluminándolo todo. Su cautivadora sonrisa, por primera vez me permitía ver una hilera de blancos dientes, que desprendían destellos perlinos y su cabello, negro azabache, suelto al capricho del viento. Poco a poco siguió emergiendo del tul que la envolvía y me miraba. Una fuerza interior me impulsaba hacia ella pero otra más potente me retenía, impidiéndome que me levantara. Temía, a pesar de su tierna mirada, que, si me movía, se asustara y pudiera perderla. La ola se acercaba con ella a su grupa. Cada segundo la veía más cerca de mí y las sensaciones eran indescriptibles. Un hormigueo placentero invadía todo mi cuerpo y una sensación de infinito bienestar oprimía todo mi ser. Otra ola gigantesca llegó de repente y se llevó por delante a la que llevaba sobre su espuma, al ser que yo mas deseaba contemplar. Me pareció que antes de sumergirse en el seno de las aguas, una de sus manos me saludaba, no como un gesto de despedida sino de querer retenerme en su proximidad, Maldije mil y una veces a la ola que me privó de su presencia, sin embargo, el saber que mi utopía maravillosa, no era tal, sino una palpable realidad, me insufló un huracán de sensaciones incontroladas.

Veintidós de Diciembre.- Ni por la mañana, ni tampoco por la tarde pude ver nada de lo acontecido el día anterior. En varios día todo siguió igual, pero tengo el presentimiento profundo de que en cualquier momento volverá. Sé que así ha de suceder. Lo deseo tanto que no me puede fallar. Si supiera que ella no volvería, la vida perdería para mí todo sentido y no me importaría morir. Más aún, prefería hacerlo, que vivir sin la esperanza de volver a verla. Tanto lo deseo que si ello no es posible,no quiero seguir aquí. Pero sé que ha de venir. Estoy convencido de ello. Lo estoy.

En esos y parecidos términos se expresaba en días sucesivos sin que se cumpliera su ansiado deseo. Yo había tenido un día, anímicamente bajo y tenía ganas de acostarme. Comencé con los prolegómenos para cumplir mi deseo, cuando el timbre de la cancela sonó. Me asomé y era la vecina que atendía a nuestro hombre marinero. Le abrí la cancela y entramos den la salita donde yo hacía mi vida rutinaria. Ella tenía caraa de preocupación y después de disculparse por las molestias que para mi podían suponer el que viniera a importunarme me dijo que estaba muy preocupada porque el Sr. Juan, nuestro hombre había salido como cada día y aun no había vuelto. Estuvimos haciendo elucubraciones para ver los motivos que podían motivar el no regreso a casa y no encontramos ninguno que lo justificara, por lo que sin mas dilaciones cogí una linterna potente que en otros tiempos usaba para pescas y cazas intempestivas y nos fuimos hacia el acantilado. Yo le rogué a la Señora que se quedar a lo que ella me respondió con un no tan rotundo, que no volví a insistir con tal motivo. La mar rugía con fuerza y la luna, en su cuarto creciente, estaba a punto de sumergirse en el lecho que cada noche se le ofrecía, allá en el horizonte.

Aunque en mi última visita no le encontré nada que no fuera normal a sus años, y que me hiciera pensar en una recaida. A ciertas edades cualquier parte del organismo puede resentirse por el mínimo motivo que se presente. Nuestra preocupación iba en aumento, al mismo tiempo que el pesimismo se apoderaba de nuestros ánimos. El no encontrarlo en el camino de regreso a casa, acrecentaba nuestros temores. Se había hecho muy tarde para que estuviera todavía sentado a la espera de algo, porque , ni podía contemplar la mar, ni, mucho menos leer, ya que la oscuridad era total. Ni siquiera dábamos margen de que estuviera dando rienda suelta a su incontrolada imaginación, porque el relente de la noche y el salpicar de las olas, hacía insostenible la presencia en las proximidades de la orilla. Yo con la linterna iba haciendo abanicos por si se hubiera caído en los márgenes del camino. Pero todo era en vano. No había el mínimo rastro de nuestro hombre. A nuestra derecha, la mar seguía con su enfurecido rugir, haciendo víctima al acantilado de su enrabietado mal genio. Continuamente nos llegaba la lluvia fina que la brisa traía hasta nosotros, mojando nuestros rostros y empapando nuestras ropas. Llegamos al lugar donde Juan solía sentarse a leer o contemplar el horizonte, para mandar su imaginación a recorrer los infinitos caminos de la mar en busca de mil y una cosas que él sabía, encerraba el inmenso océano. Descendimos por la senda, por la que nuestro hombre accedía a la pequeña playa, pero pronto nos dimos cuenta que el arribo era imposible. La marea alta, nos lo impedía. De pronto, del espigón natural que protegía la playita en su lado Este, salió un haz de luz que iluminó todo el espacio que se abría ante nosotros. Una gigantesca ola se batió contra la punta del acantilado, y al retornar, sin que la intensidad de la luna sufriera merma alguna, llevaba sobre su bucle el cuerpo de una mujer cuya belleza sobrepasaba todo lo imaginable. En lo alto de la onda destacaba su exuberante busto, recubierto de refulgentes esmeraldas talladas en la profundidad de los mares por los tritones mas expertos. Su estilizado cuello, orlado con esquirlas de estrellas, engarzadas con rayos de luna llena. Y en torno a su cabeza, de la que pendía una larga cabellera, negra como el fondo infinito del océano, una corona de espuma, burbujas diamantinas que iluminaban su rostro de nácar, donde resplandecían dos luminarias verdes, con caricias de sosegados atardeceres. Sabedora de nuestra atónita presencia, nos regaló una sonrisa, luciendo una hilera de perlas de blancura deslumbrante. Mientras la ola se batía en retirada, aquella increíble criatura se volvió hacia el espigón natural e iluminó con absolutal nitidez, la cara de nuestro hombre, que en éxtasis total, la contemplaba con los brazos extendidos, queriendo asir lo que ella le brindaba. De nuevo la oscuridad más absoluta lo invadió todo. Una espesa nube ocultó la luna. Solo mi linterna hería tanta negrura rasgando apenas el lienzo bruno de la noche. Nosotros volvimos sobre nuestros pasos y una vez que dejé a la señora en lugar seguro, busqué otra senda para acercarme donde habíamos visto a Juan, sentado. No fue tarea fácil pero después de mil peripecias pude llegar hasta él. Me senté a su lado y así estuvimos un tiempo. No sé cuánto.. El no podía hacerlo. Yo no quería ni debía romper aquel estado seráfico en que Juan se encontraba. Cometería un sacrilegio si lo hiciere.

El caminante aprendiendo lecciones de prudencia

Ejemplo de honestidad

Es encomiable la lección que recibes de personas cuyo “statu quo” es de una relevancia tal, que en nuestra España de mis entretelas, sería aprovechado para disfrutar de las mas suculentas prebendas y sin embargo optan por el camino de la honestidad.

En mis últimos viajes por el Amazonas, he recibido multitud de lecciones de todas clases. Algunas de ellas ya intenté transmitirlas en mis relatos anteriores. Tal vez la mas dificil de explicar, sea mi incapacidad para transpolar las sensaciones que experimentas cuando te sumerges en ese mundo de agua y selva e intentas sacarlo para que los demás gocen de lo que tu ves y vives. Es tan grandioso que las palabras se quedan pequeñas para narrarlo y hacerlo sentir.

Pero hay otra parte de ese macro universo Amazónico que tiene mucha mas relevancia, y son sus habitantes. Es increible, desde afuera, entender la grandeza de sus gentes, tanto las que viven dentro del ecosistema de bosques, ríos y meandros, como las que habitan en sus entornos, un poco mas afuera. Ya narré la respuesta que me dió una dama joven, de Marasha, en la ribera de Colombia, cuando le pregunté, cuál era su edad y ella respondió de inmediato, sin que en sus palabras hubiera intencionalidad malsana “¿De cuántos me necesitas, mi amor ?” En su respuesta estaban todos los contenidos, a mi, si se quiere, indiscreta pregunta. Si necesitas una mamá, tengo setenta, ochenta…. Si necesitas una niña, puedo mostrarme como de ocho, nueve……Si necesitas una compañera imagínate que tengo veinte, treinta…..o, los que a ti te parezca mejor.

Ya en la zona de Colombia, y después de convivir con ellos bastantes días y reconocer su hospitalidad y honradez les invité a que de alguna manera tenían que hacer un ejercicio de responsabilidad e impedir que unos cuantos energúmenos creen un ambiente tan desfavorable para los colombianos, con sus comportamientos por Europa, y, en especial en España. Tampoco fueron prolijos en la respuesta, aunque en su brevedad, iba todo el contenido de sus convicciones “Le devolvemos, aun sin quererlo, parte de lo que ustedes nos mandaron cuando la Colonización”

Pero donde mi admiración alcanzó cotas elevadísimas fue en una de las muchas conversaciones que mantuve con un personaje joven , treinta y dos años, de mente muy clara e ilusiones hasta donde la mente humana pueda alcanzar. Es, actualmente Secretario de Minas de un Departamento de Colombia, con rango equivalente a viceministro, con despacho directo, tanto con el Gobernador de Antioquia, como con el Ministro del ramo. Cuando ya nuestra conversación, se desenvolvía a nivel de amistad, me dijo un día, después de preguntarle si se presentaba en las próximas elecciones. No, no me presento, quiero trabajar varios años en mi profesión ( es un buen abogado) para conseguir una solvencia económica y cuando gane dinero, volver a la política, con fuerzas renovadas para poder hacer realidad una serie de proyectos que llevo acariciando ya , algunos años.

No pude evitar que mi mente abandonara aquel paraiso y cruzara los oceanos hasta cualquier punto en el que se halle un político de mi país, donde la mayoría, lo único que busca es un hueco en la Administración para intentar hacerse rico con las prebendas que pueda procurar. Es cierto que no todos son así, pero los pocos malos ejemplos que conocemos, se extienden como las malas hierbas, llenándolo todo.