EL CAMINANTE: LA PRIMERA SONRISA DESPUÉS DE LA PANDEMIA

wp-15954143703151555227922423253001.jpgNo sé cómo se llama ni se lo pregunté. Me regaló una sonrisa y para mí fue el mejor obsequio. Es un Peregrino no CAMINHO DA GEIRA E DOS ARRIEIROS, el primero que veo y creo que pasa después de la maldita Pandemia. No le pregunté el nombre, su identidad la lleva impresa en su sonreír a pesar del sol de justicia que calienta nuestros cuerpos. Viene desde el País hermano, desde la bellísima y ciudad de Braga donde comienza el Camino que lleva a la casa del Apóstol Santiago . No quise entretenerle, era un pecado hacerlo mientras el sol seguía implacable su labor veraniega. Le acompañé unos metros hasta cruzar el río Avia, con un gesto de hermanos, y un abrazo virtual le dije: BUEN CAMINO.

          Alguien que está pendiente de todo lo que sucede en las redes me dijo que podía ser Ricardo Rocha a quien en días anteriores le deseé lo mejor. Personalmente aparenta ser más joven que en su fotografía de perfil. Seas quien fueres, hermano, te reitero: BUEN CAMINO.

EL CAMINANTE: RECUERDOS DE PRIMERAS EXPERIENCIAS (l)

Sin lugar a dudas que el campo es una fuente inagotable de inspiraciones. Caminando este atardecer veraniego por las trochas que habitualmente recorremos mi fiel y adorable compañera y yo, me vinieron a la mente una serie de recuerdos que me apetece compartir. Para justificar que me dedique a pensar caminando en tan buena compañía, es sencillamente porque el silencio es el mejor amigo para hacer camino.

          El primer recuerdo que guardo en el rincón más recóndito de mi cerebelo data del día uno de abril de mil novecientos treinta y nueve. Mi madre me trajo al mundo el veintiocho de Septiembre del año mil novecientos treinta y seis. Echando la cuenta, yo tenía ese uno de abril, dos años y medio justos. Lo recuerdo con una nitidez absoluta. Estaba yo en la carretera, frente a mi casa. No había peligro, pasaba dos o tres coches al día, mejor dicho, el mismo coche se repetía. Tenía las manos metidas en los bolsillos, que no eran tales, no había nada que guardar en ellos, los agujeros servían para meter las manos hasta las ingles y calentarlas. De pie mirando hacia la salida del sol. Las cuatro campanas de la iglesia repicaban hasta atronar los aires. ¿ Por qué? Años después supe la causa: La Guerra Civil de España había concluido.

          El segundo recuerdo, es más triste. Andaba yo entre los tres y los cuatro años. Éramos seis hermanos. Yo era el penúltimo. Había una hermanita más pequeña que yo. Tenía dos añitos. Era preciosa, rubita con unos rizos que enamoraban a quienes los miraran. Yo la adoraba y ella a mí, lo mismo. Un día que trabajaban nuestros padres y hermanos mayores, los que no estuvieran en la mina, haciendo una estivada (quemando y cavando el monte para sembrar centeno) en el paraje del   Chao de Albite, Carmiña, ese era el nombre de mi hermanita menor, no se encontraba bien y la tenían envuelta en una manta al lado del carro. Yo tenía que cuidar de ella y del ganado que pastaba por los alrededores. Después de comer, lo que mamá había llevado para el monte, recuerdo que mis padres hablaron y al momento, mi mamá, la niña y yo, con el carro y el ganado nos regresamos para la casa. Los demás siguieron con los trabajos que estaban haciendo. En llegando y en cuanto quedaron libres del carro mi madre me mandó llevar las cinco vacas las dos ovejas y una cabra a un prado que teníamos en el Iglesario, llamado la Besada. Allá me fui y cuando vi que el sol ya se escondía detrás del Pico, esa era la referencia obligada, eché el ganado fuera del prado y me regresé. Repito, aún no tenía los cuatro años. Al llegar, mi hermano mayor, Manuel y un amigo suyo, Constante del tío Bugallo, me recibieron para ayudarme a meter los animales en las cuadras. Según bajábamos hacia ellas, escuché a mi mamá llorar. La ventana de su habitación daba al pasaje por donde se entraba a las cortes. Les pegunté:

–¿Por qué llora mamá? –Constante que era de natural así de bruto, fue quien me contestó adelantándose a mi hermano. Sin contemplaciones.-

–Por tu hermana Carmiña, que se murió.

Salí corriendo a la habitación de mi mamá y allí estaba aquel Angelito bello, tan bonita como siempre, sobre la cama. Me arrodillé, la besé y llorando, sin despegarme de ella me quedé rendido. Cuando desperté estaba en mi cama.

Continuará.

 

EL CAMINANTE: GRATO RECUERDO

La imagen puede contener: 1 persona, de pie, sentado e interior

Al abrir esta tarde mi  muro me encontré con esta fotografía que encabeza el escrito. Fue una grata sorpresa ya que en ella se refleja una escena de la comedia de Juan José Alonso Millán titulada «La idea Fija». Intervienen en la obra cinco personajes de los cuales tres, éramos Balboa.  Al inolvidable Manuel Calzada, gran actor, convertido en Venezuela en excelente y fructífero Director de teatro, se le ocurrió la idea de poner en escena, en Caracas una obra del dramaturgo español. Escogió a cinco personas para su interpretación. El desarrollo de la obra se desenvuelve con la obsesión de dos empresarios tan enfrascados en sus afanes de ganar dinero que tienen a sus respectivas esposas muy abandonadas en todos los aspectos. Una de esas esposas es la mía, que la interpreta mi hija Beatriz. La esposa del otro socio es mi otra hija Susana. Según las críticas los hicimos tan decentemente, hasta el punto de merecer muchos elogios. Que conste que no regalamos ningún jamón a la prensa para que nos tratara bien. Lo importante es que nos divertimos y nos abrió el camino para posteriores actuaciones. Hoy me he llevado una grata sorpresa y la comparto con todos vosotros.

 

 

EL CAMINANTE: UN VERSO SUELTO EN LA ESTROFA DE LA VIDA

  Tal vez no sea una muestra de elegancia hablar de uno mismo en el propio Blog. Hoy me apetece romper ese prurito de elegancia y expresarme tal cual lo siento. ¿Por qué me considero un verso suelto?Sencillamente, porque en muchas de mis actitudes no me ajusto a la ortodoxia de la composición poética  literaria que la sociedad exige. Peino, los no muchos cabellos que aún pululan por mi cabeza desde hace ochenta y tres años. Asentada esa realidad, continuo. Sigo yendo a la Universidad, como alumno a mejorar en aquellos temas que debo hacerlo. Me he enamorado de una dama de treinta y cuatro años.img_20200628_133629601 Mantenemos un noviazgo de conocimiento mutuo para si ello es cónsono con nuestros propios criterios, terminar en un matrimonio como cualquier otra pareja. En esto debo hacer una observación que llevo expresando hace ya muchos años y con pleno conocimiento: Las personas somos unos seres mutantes, lo cual me lleva a la conclusión que en el segundo cuarenta y tres somos diferentes a cómo éramos en el segundo cuarenta y dos. No obstante, esta aplastante realidad, mi dama y yo nos damos este tiempo de reflexión y conocimiento de defectos y virtudes que nos adornan, a ella, porque a mí, son mínimas las que mejoran mi figura, tanto humana como de las  otras. Bien, decía que pasado este tiempo de reflexión tenemos pensado unirnos en matrimonio como mandan los cánones. A los ochenta comencé a publicar en serio, Autobiografía, novelas, libros de relatos y sigo escribiendo con febril insistencia, intentando recuperar el tiempo perdido, si es que lo hay, porque cincuenta de ellos, compartidos con una mujer maravillosa que físicamente nos dejó hace ya quince, formamos una familia que hoy sigue siendo modelo de comportamientos en un mundo nada fácil. Hoy mismo, festividad de San Benito, con mi novia, hicimos una peregrinación a su Santuario de Pardesoa de Santiago recorriendo a pie veinte y tres kilómetros bajo un sol de justicia que superaba, a la sombra, una temperatura de treinta grados y realizamos el recorrido entre las nueve y media de la mañana y las seis de la tarde. Y más cosas que podría añadir. ¿Decidme si no bastan para que el título de mi Blog de hoy no pueda llevar el título que encabeza este comentario?wp-15945385492575716399563561241901.jpg

 

EL CAMINANTE: HA NACIDO UNA ESTRELLA

wp-15931271682072967871543770178081.jpgSuena a pedantería y no están muy errados quienes así piensan. La tal Estrella no es sino mi nueva novela LA FUERZA DE LOS HELECHOS. Como mi personal firmamento es tan insignificante, en cuanto nace algo nuevo, resalta tanto que deslumbra mis ojos, por eso con toda rapidez pongo en conocimiento de mis fieles lectores, la salida a la calle de este libro, en el que, como en los demás, le entrego lo mejor de mí mismo. LA FUERZA DE LOS HELECHOS es un cántico a la mujer. Todos sabéis que lo helechos son una plantas muy abundantes en las regiones húmedas. Su desarrollo es muy rápido y, sin embargo su complexión es muy variada. El mástil estilizado y muy fibroso nace con un núcleo redondeado y muy blando, tanto que, si se le toca con las yemas de los dedos, a la mínima presión, se deshace. Es frecuente hallarlo en los arcenes de las carreteras donde el hormigón asfáltico que los cubre no tiene el espesor ni la compactación que se le da al firme de la zona de rodadura, sin embargo, no deja de ser un elemento compuesto de un betún sólido amasado con gravilla pétrea, formando una capa muy resistente a cualquier tipo de agresión, incluso punzante. Caminante, por las tierras gallegas, párate y observa con detenimiento, en primavera, cuando la naturaleza despierta del letargo invernal, cómo los helechos atraviesan esa capa de hormigón asfáltico de los bordes de las carreteras y se desarrolla en plenitud. Y, si cuando los ves que asoman, los frotas con las yemas de tus dedos, como digo al principio, sin apenas esfuerzo, tus dedos se verán manchados de una pulpa húmeda y tierna. En mi humilde entender, en esa capacidad de salvar dificultades, utilizando la ternura, su fortaleza, su prudente inteligencia, su silencioso sufrir, su darse a sí mismas para fertilizar su hábitat y engendrar vida, veo la similitud de la humildad del helecho y la humilde grandiosidad de la mujer. Siempre se ha dicho que detrás de cada gran hombre hay una mujer. Pienso que no hay ningún hombre que destaque si a su lado no hay un ser extraordinario, una mujer, que lo motive. Es ella la Reina de la Naturaleza, es la Señora de lo creado y si se para, el mundo no se mueve. Los helechos han copiado de la Mujer su capacidad de sacrificio y en todo su vivir lo demuestran. En LA FUERZA DE LOS HELECHOS así lo expreso y en cada instante de mi vida, así lo manifiesto.

EL CAMINANTE: DON BENITO LAMAS FUE MI PRIMER MAESTRO

El primer día que me llevaron a la Escuela. Sí, Escuela con mayúscula, porque era allí donde comenzábamos a caminar en busca de la libertad. La libertad, es el don más preciado por el ser humano, y se consigue con el cultivo de la mente. No existe un ser humano con la mente cultivada que no sea libre. En la Escuela recibíamos las primeras orientaciones para conocernos un poco y saber cómo otras personas se preocuparon en hacer muchas cosas para que nosotros las aprendiéramos. Fue allí dónde comenzó la explanación del terreno para que después sobre él se construyera el edificio que conformaría todo mi vivir. Y fue el señor Maestro don Benito Lamas quien inició esa explanación y colocó las primera piedras del edificio José Balboa Rodriguez. Era, a la sazón, don Benito el Maestro de Beariz. Maestro, palabra sagrada, respetada por todas las culturas de todos los tiempos. Junto a la de Madre o Dios, no hay en el universo del discurrir de los tiempos, vocablo que mereciese ni gozase de tanto respeto como ella, tan cierto como la vida misma. Cuando en los momentos de mayor confusión en los foros del universo mundo había controversias que conducían a debacles de consecuencias impensables y sonaba la sublime palabra: «Magister dixit» no había argumentos ni razonamientos que la contravinieran. «Lo dijo el Maestro», no hay más que hablar. Don Benito era mi Maestro, al que, como digo, debo mis principios de aprendizaje de hombre libre. Como persona tenía ciertas facetas que todos conocíamos a la perfección y explotábamos. Nos creíamos muy listos porque conseguíamos de él ciertas prebendas, y no sabíamos que era él quien jugaba con nosotros haciéndonoslas creer. Por la mañana la clase discurría de forma normalizada, y por la tarde, dependía mucho del humor que él trajera después de echar la partida jugándose el café. Por cómo nos miraba, nosotros le buscábamos las vueltas y él nos las permitía haciéndonos pensar que éramos los alumnos los que llevábamos el gato al agua, cuando él ya lo tenía bien mojado. Nos divertíamos nosotros y se divertía él. Los jueves por la tarde nos tocaba lectura en un manuscrito, inteligente lección la que nos impartía, ya que de ella tomamos muchos la afición a la lectura. Me tocó aquel día la página 123 cuyo encabezamiento rezaba EL PAPA. No recuerdo si tenía acento o no, pero para mí, la letra P con la A, repetidas, solo tenía un significado, y así le definí: EL PAPÁ. Eso yo sabía lo que significaba, tenía uno, lo que ignoraba era si existía alguien que fuera el PAPA. Repito, dije EL PAPÁ. Me gané mi pequeño coscorrón y el calificativo que más le gustaba a él dedicarnos: «Cabeza de melón el PAPÁ, no, el PAPA». Don Benito, además de maestro era de todo en el pueblo: Juez de Paz, veterinario, enfermero, a mí me curó una herida en una ceja que me partió mi hermana Remedios de una pedrada, en otra ocasión, la dentellada de un perro en un muslo. En fin, escribiría y no terminaría contando cosas de don Benito, pero lo resumiré en una sola frase:  Don Benito mi Maestro era una excelente Persona y como tal lo recordaré siempre. Gracias Maestro por enseñarme el camino que debería recorrer para ser libre.

EL CAMINANTE Y SU PRIMO AVELINO RODRIGUEZ.

Avelino era lo menos que se podía comprar en hombre, pero su baja estatura la suplía con un privilegiado cerebro que le permitía ver en lo alto de una torre dos hormigas peleándose y escuchar el sonido de sus puñetazos. Su padre, el tío Julio, era hermano de mi madre. Avelino quedó huérfano a una edad muy joven. Embarcó para América y a su regreso contrajo matrimonio con una bellísima joven, Julia, hija del tío Currucho y la tía Consuelo, con los que también mi padre tenía lazos familiares. Regentaban ambos, a mediados del siglo pasado un restaurante donde servía con elegancia proverbial menús muy variados y sofisticados, aprendidos en el Nuevo Mundo. Era tan genial, mi primo Avelino, para defender su negocio que, en más de una ocasión llegaron clientes a su comedor con la intención de comer un pollo, de lo de antaño y él responder: «No hay problema señores, ningún problema», Ir al corral matar el pollo, dar instrucciones a su esposa y, o a su madre, la tía María do Cabo, entretener él a los clientes brindándole todo lo que sabía que encantaba a los comensales y sin que éstos profirieran la mínima queja por la espera, servirles lo solicitado que superaba con creces todo lo que podían desear. Pero donde Avelino se manifestaba a plenitud, era en el ejercicio del deporte venatorio. Ahí radicaba nuestra mayor afinidad. Él nunca tuvo perros buenos de caza, lo contrario que en mi casa, que, por ser todos cazadores, siempre tuvimos buenos canes de rastreo y seguimiento. Cuando Avelino tenía la ocasión, eran muy escasas, de disfrutar en el campo, me llamaba. Yo no tenía más allá de seis a siete años. Me decía, a la vez que me regalaba un caramelo, casi siempre de café con leche: «Pepiño, llama los perros y vamos a matar un par de perdices» Yo que estaba más ilusionado que él por salir con los perros, inmediatamente los reunía y nos lanzábamos a la procura de «un par de perdices». Solo lo hacíamos en eso, en la ilusión del proyecto, porque las patirrojas, cuando Avelino les disparaba, se marchaban más vivas que antes de los disparos. ¡Los disparos! Esa era otra. Mi querido primo, inteligente, diligente, comercial, sin haber estudiado ni una línea de marketing, como cazador era, no te enfades Avelino, una auténtica calamidad. Yo conocía mis perros y sabía cómo y cuándo tenían la pieza delante de los hocicos. Le avisaba: «Atento Avelino, ahí están las perdices» Él me decía: ¡»Adelante Pepiño, manda entrar a los perros» Yo así lo hacía. Avelino cuando veía salir volando a las raudas avecillas, daba un salto, caía de rodillas, al mismo tiempo que los montes repetían el eco de dos disparos. Más que una escena de caza, aquello semejaba una carrera de perdices que esperaban, para salir volando, el disparo del juez de turno. Fueron muchísimas las veces que acompañé a mi querido primo de caza, si acaso cobrábamos algún conejillo despistado, pero no recuerdo haber colgado en mis perchas ni una perdiz. Eso sí, comí muchos caramelos y me divertí mucho con él. Podría contar cientos de anécdotas compartidas por los dos, tanto en la caza como cuando me mandaba con sus vacas a la Besada o cualquier otro prado. En alguna ocasión volveré a compartir momentos vividos con mi entrañable primo Avelino y con su madre la tía María do Cabo, que nunca me daba los «Reyes» y yo le correspondía con una canción de la que solo reproduciré el principio por respeto a que era mi tía: «Canteichos os Reyes María do Cabo…..

EL CAMINANTE: VISITANDO EL OURAL

20180424_124353.jpg               Esta primera tarde del Verano, acompañado de la mujer con la que comparto mi vida, visitamos el Oural. El Oural es un paraje donde tuve, no hace muchos años, mis cerditos Celtas. Me dió mucha pena ver cómo está, por esa maldad de algunas personas que no soportan que los demás aspiren a realizar algo bueno. Lo que prometían convertirlo en un vergel que enriquecería a todos los vecinos del pueblo, está totalmente abandonado. En el cruce de caminos que hay al principio de lo que habíamos convertido en un parque, me vino a la memoria un recuerdo que nos sucedió a mi socio Serafín, por cierto ya hace unos años que se fue a lo eterno, y a mi. N pude por menos que contárselo a Lorena.

–Estando una tarde viendo el ganado, se presentó una señora de mediana edad, de complexión fuerte y perfil más céltico que la esposa del rey Atila. La acompañaban cuatro hombres de parecidos perfiles y ninguno de ellos se pronunciaba antes de que ella lo hiciera. Luego supe que eran vecinos y amigos. Me hicieron mil una preguntas sobre la vida de los cerdos Celtas. Les respondí a todo lo que mi pobre entender alcanzaba. Al final de la conversación, la señora, nunca supe su nombre, me dijo que le interesaba un cerdo macho para berraco. Ni precio preguntó ni yo le dije. Prometí en una fecha en que fuera posible se lo llevaría. Ese día llegó y le dije a mi entrañable amigo y socio Serafín que aprovecharíamos la tarde del próximo domingo otoñal que habían dicho en la radio que haría buen tiempo, para acercárselo a Bandeira, pueblo donde residía la simpática compradora. Llegó el día indicado y cargamos en el remolque el cerdo que escogimos. Tenía buena estampa, «calzaba buen número» y debía pesar unos dos cientos kilogramos. Con nuestro berraco en el remolque unido al Nissan, una tarde otoñal que invitaba a disfrutar de ella, salimos a cumplir con nuestro compromiso. No teníamos ni idea de dónde podía estar el pueblo al que íbamos. Cuando llevábamos dos horas de viaje conectamos con la señora y ella, de forma magistral nos fue guiando y una hora después llegamos a nuestro destino. Nos recibió con la amabilidad, ya mostrada en otras ocasiones. Nos abrió un gran portón que daba acceso a su corral. Introduje coche y remolque, hice ya dentro del recinto las maniobras pertinentes y algunas más de la cuenta, nunca fui un experto manejando remoques marcha atrás. Al fin logré situarlo en el lugar adecuado. Reclamé la presencia de la compradora, a mi lado y cuál general que manda formar a su tropa dije con el énfasis que ameritaba el momento: ¡Señora, póngase aquí a mi lado y goce de lo que usted ha comprado, y va honrar sus cuadras! La tomé afectuosamente por los hombros, la apreté contra mí y cuando los dos, sin pestañear, fijábamos la mirada en la parte trasera del remolque, grité: Serafín abate ese portón. Mi socio como si de fiel escudero se tratara, cumplió inmediatamente la orden recibida. En mi léxico no hay palabras para describir las caras que se nos quedaron a Serafín y a mí. El remolque estaba vacío. Allí no había ni rastro del cerdo que habíamos cargado en el cebadero. La señora se destornillaba de la risa, mientras yo no salía de mi asombro. Pálido como la muerte. Cara de imbécil retorcido. Inmediatamente me hice cargo de la realidad, de la cruda y grave realidad y llamé a todos los cuarteles de la Guardia Civil de los pueblos por dónde habíamos pasado, poniendo en su conocimiento lo sucedido. «Un cerdo de ese tamaño, suelto en carreteras comarcales y vecinales, en una tarde otoñal y solariega, peligro de máxima gravedad. De inmediato iniciamos el recorrido de vuelta.A los pocos instantes suena el teléfono de Serafín. Contesta y observo que discute con alguien. Le pregunto, me dice que es su hermana que le comunica que se le han escapado los cerdos que tenían en la cuadra de su casa. Vuelvo a preguntarle que cuántos, me contesta que uno. Insisto, pregúntale si es macho. Me responde afirmativamente. Dile que entre en vuestra cuadra y que compruebe si están todos los vuestros. Al momento recibe una respuesta afirmativa. Nuestro berraco no viajó en el remolque ni cien metros. Saltó un portón de más de dos metros y se apeó. En lugar de retornar con sus congéneres se dirigió hacia pueblo y María, la hermana de Serafín que estaba dando un paseo, tomando el sol,  al verlo, pensó en principio, que era uno de los suyos. A los pocos días regresó la señora de Bandeira, esta vez con tres hombres. Volvimos a subir al travieso cerdo a su remolque y fue ella, solamente ella, la que se encargó de subirlo por la pequeña rampa y le dio instrucciones muy severas para que no se moviera. A las pocas horas recibí una llamada del feliz arribo del barraco a su nuevo destino y envuelto en una sonora carcajada me mandó este mensaje:

— Está en su nueva casa, muy feliz. En estos momentos cubriendo a una de  sus nuevas novias.

EL CAMINANTE RINDE HONOR Y GLORIA A QUIEN HONOR Y GLORIA MERECE

Hemos llegado al final de un trayecto del camino a recorrer. Un trayecto salvado de la mano de los tres baquianos que nos condujeron con total acierto hasta el final de este tramo. También es cierto que nosotros, los bearicenses de a pie, hemos cumplido al pie de la letra las premisas que se nos iban marcando. Gracias a la magnífica labor de la Guardia Civil, con el Comandante del puesto a la cabeza, el Ayuntamiento, apoyado significadamente por el grupo de Protección Civil y, sobre todo por las pautas que el excelente equipo de Sanidad, con el Doctor Xosé Dobarro a la cabeza, Beariz no ha tenido que lamentar ni una sola baja en esta desgarradora etapa. Desgarradora por las víctimas que han pagado con su vida, unas veces la incompetencia de los responsables que debían tomar las medidas adecuadas y no lo hicieron, otras por….Dejemos ese tema, tiempo habrá de señalar a quienes han cometido actitudes que nunca se debieron tomar.  Para muchos, no comparto ese errado pensamiento, hemos llegado al final del camino. Soy de los pe piensan que ahora entramos en una etapa muy, pero que muy delicada, a fuer de ser sincero, según mi humilde criterio, la más peligrosa. ¿Por qué? Sencillamente, porque ahora depende de nuestra propia actitud el triunfo o el fracaso. A partir de este momento somos cada uno de nosotros quienes debemos hacer aquello que contribuya al bienestar de los demás y al nuestro propio, cumpliendo todo aquello que debemos hacer para no contagiar ni ser contagiados: higiene, mascarillas y todo aquello que pueda terminar en detrimento de la seguridad de todos nosotros. Precisamente por eso, como apoyo para conseguir ese ansiado propósito, yo he puesto a disposición del Ayuntamiento quinientos volúmenes de mis libros para que con el producto de su venta y coordinado con el equipo médico y plena transparencia, se puedan realizar los test necesarios a todos los vecinos de Beariz, y de los pueblos cercanos si el Doctor Dobarro tiene competencia para ello y lo considera oportuno, tanto a los que están aquí como a los que vengan de la emigración. A éstos se les hará en origen y en arribo, de acuerdo siempre con las pertinentes prescripciones facultativas. Ayudémonos todos para cumplir tan ansiado objetivo: que el maldito «bicho» no nos contamine. Una mención especial para las magníficas aptitudes adoptadas por las personas responsables, junto al mencionado equipo médico,  de la Residencia San Antonio de la Fundación San Rosendo que han culminado todas las etapas de la pandemia, hasta hoy, que no haya habido ni un contagiado. Eso solo se consigue con la calidad humana del grupo que compone el personal que hay en el mencionado geriátrico.   Lo he dicho muchas veces y no me cansaré de repetir que, el mejor valor de la Fundación, es el personal que la conforma. FELICITACIONES A TODOS.

EL CAMINANTE: EL TÍO JOSÉ «O CORNÍN»

              Hombre de más honesta palabra no se encontraba por estos pagos de la montaña orensana. No era tarea fácil conseguir un hombre tan cabal en el trato de la compra y venta. Carnicero de profesión, antes de poner su mercancía a la venta, tenía que comprar la materia prima para tal menester. Natural del pueblo El Regueiro, del término municipal de Boborás, un día, me contaba él, al levantarse por la mañana, le espetó a su encantadora esposa la tía Dorinda:

–Rapaza, esta noche he pensado que tenemos que cambiar de aires.

La buena de la tía Dorinda, muy sorprendida se le quedó mirando y le preguntó:

–«¿Por qué tan de repente esa decisión y, por cierto, a dónde quieres ir a parar»?

–Pues mira, escoge, a Soutelo de Montes o a Beariz

–Ah, sin dudarlo ni un segundo, de irnos a algún sitio, es a Beariz.

Quién le iba a decir al bueno del tío José y a la encantadora de la tía Dorinda que, con su decisión iban a escribir una página en el Ayuntamiento del pueblo que escogieron para vivir. Esa fue la razón de que su nieto Manuel, aunque nacido en el Regueiro, se criara en Beariz y llegara a ser alcalde del mismo más de treinta y ocho años. Recuerdo al tío Cornín, como le conocíamos todos, montado en su borriquillo, pero no como otro cualquiera podría hacerlo, no, él iba justo sobre lo cuartos traseros del jumento. Lo raro no era que se montara allí, encima de las ancas, lo chocante es que no se cayera, incluso cuando en su estómago llevaba una cunca de vino, más de la cuenta, situación que se daba con frecuencia. No mermaba su honradez, la picardía utilizada por el común de los carniceros: Donde quiera que una vaca hubiera parido, allí se presentaba el tío Cornín, casi siempre acompañado de la tía Dorinda. Veían el ternero, lo negociaban y, normalmente llegaban a un acuerdo, la dueña y ellos. Una de las condiciones que exigían las vendedoras, rara vez había hombres negociando la compraventa, era la retirada del becerro. Había razones muy poderosas para que se lo llevaran cuanto antes, entre ellas,  aprovechar la leche de la vaca para el consumo de la casa, que la vaca no fuera castigada demasiado por su hijo y apenas pudiera trabajar en las labores agrícolas y otras más. La picardía a que me refería, aquí estaba: Nunca cumplía el matrimonio Cornín con la fecha de retirada del ternero. Cuantos más días permanecía el novillo con su madre, más kilos añadía para su venta. Como lo hacían todos los tratantes, nadie lo tomaba demasiado en cuenta. Habría miles de anécdotas que contar del tío Cornín. Lo resumiré en una breves palabras. Era tan buena persona que todo el mundo le quería y donde su competencia no alcanzaba porque nublara el paisaje una cunca de más, como dije, aparecía la tía Dorinda y no había entuerto que no se enderezara ni becerro que no fuera a parar a la cortaduría del tío Cornín.